martes, 8 de enero de 2013

Lars y una chica de verdad


Estamos ante una película atípica, que no deja indiferente y que utiliza la caricatura mezclada de un humor extravagante, para hacer llegar al espectador, como en forma de parábola, una historia de amor y afecto como pocas veces se cuentan. Lars (Ryan Gosling) es un chico extremadamente tímido que apenas tiene relación con la gente y que vive sólo en un garaje –por voluntad propia–, junto a la casa de sus fallecidos padres; en la que viven su hermano Gus (Paul Schneider) y su mujer Karin (Emily Mortimer). La preocupación de éstos ante el “autismo” de Lars parece desvanecerse al conocer la noticia de que tiene novia. Si bien, cuando se la presenta, al ver que es una muñeca sexual, la preocupación no va sino en aumento. Es aquí fundamental la aparición de la doctora del pueblo (Patricia Clarkson) que ante el agobio del hermano, que sólo piensa en meterlo en un psiquiátrico; es capaz de mirar un poco más allá de la superficie de Lars y entender que esa muñeca es ante todo un signo, cuyo significado cabrá desvelar en el tiempo. 

Propone entonces un camino, primero de aceptación de Lars tal cual es, y segundo de sacrificio, pues deberán “seguirle la corriente” tratando a la muñeca como si en efecto estuviese viva, igual que lo hace Lars. Lo interesante de la película, es cómo en un pueblo del norte que siempre está nevado, sin grandes paisajes y con personajes más bien freaks y extraños, se consigue una profundidad en la evolución de los mismos y una transmisión de la historia brillante. La aversión de Lars al contacto ajeno podría explicarse, haciendo algunas concesiones, por el hecho de que su madre murió al darle a luz. Si bien esto no determina la naturaleza humana, pues uno es querido por más gente en su vida, sí que se puede establecer una analogía entre el amor que a uno lo engendra antes de que uno mismo decida y el cumplimiento de la propia persona. En efecto, nadie se genera a sí mismo, el nacimiento siempre es consecuencia de un amor previo que engendra, pero Lars al nacer no recibe ese primer abrazo maternal que le permite a todo ser humano querer luego –por eso de que uno no puede dar lo que no ha recibido–. Así, con una metáfora más bien peculiar se transmite una idea para nada deleznable, especialmente si se tiene en cuenta todo el desarrollo de la historia.
Hasta tal punto se refleja esto en la película que el contacto humano directo le produce a Lars dolor físico, como si la alteridad fuera un elemento extraño, cuando, de hecho, es la condición de existencia de toda persona: uno es uno mismo por otro –que le genera– y para otro –con quien se relaciona–. Si bien, su muñeca Bianca, será la vía por la que esa naturaleza humana incompleta quede sanada. Será gracias a Bianca como Lars se relacionará con todo el mundo de nuevo y le permitirá entender el amor y la amistad con los demás, incluyendo el vínculo familiar. Nótese que no es que Lars esté incompleto, pues en sucesivos detalles de la película se nos muestra que está bien hecho, por ejemplo cuando le regalan unas flores a Bianca: “¿Has visto? Son de plástico así no se mueren y duran para siempre. Es genial que las cosas duren para siempre ¿no crees?”. Vemos como Lars es plenamente humano, no está reducido, pero requiere que eso aflore, pues está como enterrado.

Aquí surge otro punto que resulta extraño hoy en día, por la dinámica de lo público en nuestras sociedades, pero que es de suma importancia: la dimensión comunitaria. En efecto, es en la comunidad del pueblo donde Lars recobra el valor de sí mismo y entiende quién es. Además, el hecho de que todo el pueblo colabore en la obra común de “curar a Lars”, permite que los vínculos entre todos queden aún más fortalecidos, provocando una humanidad y vida que se hace transparente en el transcurso de la película, especialmente y en forma de resumen, en el final. Cuando una comunidad está unida en una obra común buena, se genera lo que podría llamarse un pueblo; entendiéndose como lugar comunitario donde la vida de cada individuo queda valorada y recogida, condición para su cumplimiento en tanto que esa comunidad mantiene los aspectos fundamentales para la dignidad de la vida como: caridad, belleza, amistad, amor, etc. No sólo eso, es también evidente cómo dicha tarea sería imposible sólo para su hermano y su mujer, desvelándose la interrelación siempre necesaria entre la familia, la propia vida y la dimensión social y de amistad que implica.
Otro personaje interesante es Gus, que hace un camino evolutivo en el que cualquiera de nosotros podría verse identificado. Es un hombre tranquilo, sencillo, bueno, con sus más y sus menos, que vive de una forma podría decirse que llana, sin complicaciones. Tiene su casa, su mujer, espera un hijo. Si bien, como se demuestra ya al inicio, su existencia es francamente superficial, banal; pues no se da cuenta, a pesar de la insistencia de su mujer, de lo evidente y es que a su hermano le pasa algo. El comportamiento de Lars no se explica sólo por el hecho de que sea más o menos “rarito”. Pero Gus parece contentarse con el “todo va bien” que le suelta Lars cada vez que le pregunta. Tanto es así que ante el delirio que presenta su hermano, lo primero que intenta es “cosificarlo”, objetivar el hecho, intentar rebajar a su hermano y su condición a algo mensurable, cuantificable; esto es en lenguaje actual, diagnosticarle clínicamente. Es decir, parece que su hermano sea sólo un objeto con algún tipo de tara que debe ser arreglado por profesionales. Si bien ante el desafío de la doctora -¿y vosotros, también le miraréis como un tarado?- y la inestimable ayuda de su mujer, que presenta ese punto de sensibilidad y afecto que tantas veces se nos escapa; podrá hacer un camino.
Hasta tal punto es así que acaba aceptando a su hermano y pidiéndole perdón por haber huido de casa cuando su madre murió, dejándolo sólo con su padre. Se da cuenta de cómo su postura, aún pudiendo considerarse justa, ha sido egoísta y no ha tratado a Lars correctamente. Es algo en lo que cualquiera hoy podría identificarse: yo me encargo de lo mío, porque ya hay suficientes problemas. Sin embargo, la realidad es mucho más amplia que nuestros cálculos y pretensiones. La película muestra de forma más que peculiar, cómo la verdadera vida no se da entre gentes civilizadamente correctas (parece un pueblo de chiflados), sino en relaciones donde cada uno es tratado con gratuidad y por lo que es, compartiendo la vida en la sencillez de la cotidianidad y dejando que la propia humanidad se desarrolle en la compañía a su debido tiempo. Una lección magistral de dónde reside la fecundidad de la vida en tiempos donde la esperanza recae vanamente en lo que uno cree que puede controlar y no en la aceptación del desafío que la realidad presenta.

 Marc Massó

jueves, 3 de enero de 2013

¡Qué bello es vivir!



En 1946 Frank Capra era ya un director consagrado. Tres de sus largometrajes habían sido premiados con el Oscar a la mejor película, y una de ellas, “Sucedió una noche”, fue la primera película en ganar los cinco Óscar más importantes (a la mejor película, director, actor, actriz y guión adaptado). A sus órdenes se pusieron actores de la talla de Clark Gable, Barbara Stanwyck, James Stewart, Dona Reed, Claudette Colbert o Gary Cooper. Sin embargo, la película que Capra consideró su obra maestra, de la que dijo: “I thought it was the greatest film I had ever made. Better yet, I thought it was greatest film anybody ever made … my kind of film for my kind of people”, no fue bien recibida en un primer momento. Con el tiempo, público y crítica han tenido que rendirse a las afirmaciones de Capra, y reconocer que ¡Qué bello es vivir! es probablemente una de las mejores películas que se hayan hecho nunca.

Un primer elemento de prejuicio contra la película de Capra es su religiosidad. Vemos a Dios, un ángel y gente que reza. Sin embargo quedarse en eso para despreciar la película sería tan absurdo o injusto como alabarla únicamente por esos mismos motivos, ya que la grandeza de la obra de Capra sobrepasa cualquier cliché y es perfectamente reconocible para cualquier alma despierta.

Y todo esto nos lleva ya a la película, que no es más que la vida del hombre corriente, es decir, la historia más apasionante que pueda ser contada. La idea le vino a Capra de una felicitación navideña, al contemplarla dijo que esa era la historia que había estado buscando durante mucho tiempo. Bedford Falls es una pequeña localidad de gente sencilla y trabajadora, un lugar en el que cada rostro es una historia y una vida logradas gracias a una compañía concreta, excepto la de un hombre, el señor Potter, que encarna el individualismo extremo aunque paradójicamente necesite de otro que empuje su silla de ruedas para poder desplazarse. Con este guiño, Capra ya nos muestra que el hombre que se presenta como el más autosuficiente, aquel que aparentemente se construye a sí mismo, es en realidad el más dependiente y necesitado de todos. De esta forma la película se nos presenta como una lucha entre dos concepciones del hombre y la vida, la de George Bailey (James Stewart) y la del señor Potter (Lionel Barrymore).


La mañana de nochebuena el tío de George pierde accidentalmente una suma muy importante de dinero que debe asegurar la continuidad de la pequeña empresa de empréstitos de la familia. Precisamente ese día, un inspector de Hacienda se presenta en la oficina para revisar sus cuentas. La desesperación se apodera de George al conocer la noticia del dinero extraviado y ante la imposibilidad de encontrar una solución decide que la mejor opción es suicidarse, ya que según cree y en palabras de Potter, vale más muerto que vivo, dado que posee un seguro de empresa que pagaría las deudas.

La película se inicia con diversas personas rezando a Dios para que ayude a George a solucionar su problema. Luego, en una imagen a caballo entre lo cómico y lo metafísico, vemos dos luces que se nos presentan como Dios y San José hablando preocupados de George. Deciden enviar un ángel para ayudarle, pero tal y como le dice San José a Clarence (un ángel de segunda clase que quiere ganarse sus alas) “para poder ayudar a un hombre primero debes conocer su pasado”. De esta forma, la película es un largo flash back mediante el cual revisamos la vida de George. Descubrimos a un niño y posteriormente a un hombre que desea más que nada descubrir el mundo, y a pesar de que nunca conseguirá salir de su pueblo, toda la grandeza del universo y de la creación encuentran una morada adecuada en un corazón como el de George, que nunca renuncia a hacer de su vida algo extraordinario.



Siendo un niño, George perdió la capacidad auditiva de su oído izquierdo al salvar a su hermano de morir ahogado en un lago helado. Varios años después, cuando ya está a punto de irse a la universidad su padre muere repentinamente y George debe encargarse de la empresa familiar para que no caiga en manos del señor Potter. El día de su boda, cuando por fin parece que podrá salir de Bedford Falls y visitar el mundo estalla el famoso crack del 29 y pone todo el dinero de su luna de miel para que de nuevo la empresa familiar no deba cerrar, pudiendo ayudar así a los desesperados habitantes del pueblo, que eran presa fácil para la avaricia de Potter. Mientras, su hermano va a la universidad, se casa con la hija de un importante hombre de negocios que le da un trabajo, se hace piloto de las fuerzas aéreas durante la Segunda Guerra Mundial, salva a cientos de soldados de morir y regresa como un héroe nacional al que el propio presidente de los Estados Unidos condecora. Seguramente el mundo diría que fue el hermano de George quién triunfó, pero nosotros decimos que ambos lo hicieron si amaron lo que en cada momento se les puso delante.

La vida de George ha sido un constante plegarse a la realidad que se le imponía y que aparentemente pisoteaba sus sueños, sus deseos de otra vida y por ello su expectativa de felicidad. Pero, como dijo Luigi Giussani, en la sencillez de su corazón lo ha dado todo con alegría; y una sencillez así es la que puede transformar las vidas que le rodean tal y como sucede con los habitantes de Bedford Falls. George es un hombre que da su vida a lo que acontece, que está abierto, según su deseo de bien a no imponer su criterio, sino a reconocer lo que le viene dado. Así, es capaz de descubrir, de la forma menos pensada, cómo la realidad, en tanto que contiene ya el significado de la propia vida, es adecuada y por tanto a la altura del deseo de felicidad.


Uno puede pensar que George ya es bueno por naturaleza y que por ello puede soportar todo lo que la vida le pone delante, pero en realidad lo que le hace bueno es precisamente acoger todo aquello que la realidad le plantea, no con un buenismo ni una ascética puritana o con una resignación estoica, sino entendiendo que su vida se cumple en la respuesta a aquello que le está sucediendo. Cuando George va a saltar de un puente para acabar con su vida, aparece Clarence (su ángel de la guarda) y después de que el primero le diga que vale más muerto que vivo y que su vida ha sido un fracaso, éste decide ofrecerle una visión de lo que habría sido el mundo sin George Bailey. Así, vemos como Bedford Falls en realidad se llama Pottersville, la mirada de sus habitantes ha cambiado, ya no acoge sino que desvincula, ya no comprende sino que cuestiona, ya no perdona sino que juzga. Lo que antes era una comunidad cuyos lazos se asentaban bajo la callada obra de un amor sincero y gratuito, una preocupación verdadera por la vida y el futuro de cada individuo; ha mutado por obra del selfmade man: el individualismo exacerbado y el consumismo han destruido Bedford Falls hasta el punto que ya no conserva ni su nombre. Sus habitantes son los mismos, pero no son ellos.

La película tiene algunas de las escenas mejor conseguidas de la historia del cine, como el baile de James Stewart y Dona Reed sobre la pista que se va abriendo para descubrir la piscina sin que ellos se den cuenta; o su paseo posterior vestidos con ropa prestada porque la suya está empapada tras caer a la piscina; o la grandísima escena en la que ambos hablan por teléfono a la vez con un amigo, el momento en el que sus silencios y sus miradas confirman lo que ya sabíamos y son el prólogo a su afirmación ante el mundo. Sencillamente, una escena perfecta.


Además, la película contiene cierta simbología interesante de resaltar. Clarence lleva consigo un libro, “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain, de lo que podemos entender dos cosas: por un lado George es Tom Sawyer, un niño que quiere dejar su hogar en busca de aventuras, así, leer a Tom Sawyer ayuda a Clarence a conocer mejor a George. Por otro lado, Tom Sawyer es un niño, y mira el mundo como sólo un niño lo puede hacer, esa es la característica fundamental de Clarence, que tiene la fe y sencillez de un niño y por eso es el apropiado para el trabajo. Existe otro guiño a Twain en la película, cuando el inspector de Hacienda dice que quiere terminar pronto para irse a pasar la Navidad con su familia a Elmira, lugar en el que está enterrado el famoso escritor americano.

Toda la película presenta una amalgama de significación y humanidad que la hacen una obra maestra, de ahí que cuando uno la acaba de ver, auqnue ya la haya visto decenas de veces, es mejor persona; sale con ánimos renovados. El director consigue de la forma más sutil y por eso mismo, magistral, engarzar una historia y unos personajes completamente humanos en su acción y el bien que buscan. Son impagables las escenas de familia, las miradas de George y su amada Mary Hatch (Dona Reed), cómo se acompañan frente a las vicisitudes de la vida, etc.


Como muestra de la mentada cantidad de signos cabría citar aunque sea sólo un ejemplo: cuando George se encuentra a su amiga Violeta (Gloria Grahame) en presencia de sus amigos el taxista y el policía. Violeta es una de las chicas más guapas del pueblo, por lo cual los tres amigos se quedarán mirándola embelesados en su partir que está casi a punto de provocar un cómico accidente de tráfico. Acto seguido el policía proclama: “Me voy a casa a ver a mi mujer”. Conmovedoramente, la belleza de la mujer, fácilmente reducible y autosugestionable, es signo aquí de una belleza mucho mayor, de un amor mucho más verdadero, que es el de la propia mujer y no cualquier imaginación propia que uno pudiese ofrecer. Creemos que podemos decir sin miedo al error que Capra ofrece aquí una de las más bellas y singulares contribuciones a la positividad y el valor incalculable de la vida de cada persona. Una película imprescindible y que no en vano se ha convertido en uno de los mejores clásicos de todos los tiempos.

                                                                                                                                    Alberto Ribes

lunes, 17 de diciembre de 2012

Sophie Scholl


Y la piadosa Rosa Blanca/Con su cascada de rizos dorados/Quiere pagar toda la culpa/ Lo que te queda, Rosa Blanca/Dalo a los pobres o sacrifícalo/¡Ve en nombre de Dios!” Estos versos del poeta alemán Clemens Brentano inspiraron el nombre del movimiento de resistencia y oposición al nacionalsocialismo conocido como “La Rosa Blanca”. Como podremos ver, fueron una premonición de lo que acabaron siendo sus vidas.

Hemos querido que fuese esta película la que cerrase nuestro particular ciclo cinematográfico sobre ideologías, ya que en nuestra opinión, muestra cuál es la verdadera postura humana que permite al hombre mantenerse frente a un poder ideológico sin sucumbir a él. A pesar de ello, la película no es, para nosotros, una cinta del todo bien realizada. Aspectos como la música o el montaje no están a la altura de una historia como esta, pero es precisamente la intensidad de lo que se cuenta y algunas interpretaciones muy dignas, lo que permite que uno se enganche a la película y llegue a emocionarse con ella.

El 18 de febrero de 1943 los hermanos Hans y Sophie Scholl son detenidos en la universidad de Munich tras haber arrojado octavillas que contienen un texto crítico con Hitler y el nacionalsocialismo, en él se podía leer: “El nombre alemán permanecerá para siempre mancillado si la juventud alemana no se alza para vengar y expiar, al mismo tiempo; para aniquilar a sus opresores y construir una nueva Europa espiritual”. Esta es la sexta octavilla que los jóvenes de la Rosa Blanca han distribuido y será también la última. La película de Marc Rothemund se inicia con la noche previa a la detención de los hermanos Scholl y se centra en mostrar el interrogatorio a Sophie, el juicio y su ejecución.



Nos parece importante hacer una breve semblanza de quiénes eran los principales miembros de la Rosa Blanca, así como de qué tipo de vida pudo nacer un movimiento de resistencia al nacionalsocialismo tan singular. Los hermanos Scholl crecen en Ulm, en el seno de una familia protestante. Su padre se opuso al nacionalsocialismo desde su triunfo en 1933, pero sus hijos, y en concreto Hans, en un principio se sintieron atraídos. En 1936, Hans fue el encargado de llevar la bandera de su ciudad en el congreso del Partido celebrado en Nuremberg, y fue allí donde entendió que no era aquél el ideal que él deseaba seguir. Al respecto comentó su hermana Inge que: “cuando volvió, apenas dábamos crédito a nuestros ojos y en su rostro se apreciaba una gran decepción. Paulatinamente supimos que la juventud que allí se presentaba como ideal era completamente distinta de la imagen que él se había formado”. Con este hecho, unido a la prohibición de leer a determinados autores, en especial a su favorito Stefan Zweig –por ser judío–, se fue afianzando el rechazo de Hans al nacionalsocialismo. Más que una rebeldía es una constatación: el nacionalsocialismo, como ideología, impide ciertos aspectos bellos de lo real, es reductivo.


Los hermanos Scholl junto con su amigo Otl Aicher dedican tiempo a reunirse para hablar de arte, literatura y música. Su pasión por la belleza, en todas sus manifestaciones, será el punto fundamental sobre el que se asienta toda su lucha contra Hitler. Gracias a la mediación de Otl, entrarán en contacto con dos hombres de una gran talla intelectual, Carl Ruth y Theodor Haecker, que serán a la vez maestros y amigos. La educación y el estudio serán dos pilares fundamentales en sus vidas, pues en tanto que la realidad se les abre como lugar de cumplimiento, su conocimiento se convierte en la postura más razonable para afrontar sus anhelos. El punto que marcará el paso de una resistencia pasiva a la acción es el encuentro en la universidad entre Hans Scholl y Alexander Schmorell, un joven nacido en Rusia que nunca renunció a sus orígenes y fue educado en la fe ruso-ortodoxa.



Poco después se les unirá Willi Graf, un joven que en 1933 es el abanderado de un movimiento de jóvenes católicos, que les conoce a través del encuentro en una reunión con amigos. Esta forma de conocerse la resaltó Reginna Renner, miembro de la Rosa Blanca, con estas palabras: “a través de uno conocíamos a otro. Era una red de relaciones”. Christl Probst, un joven de 23 años casado y padre de tres hijos, se une a ellos ya que es amigo de Alexander Schmorell. Probst será juzgado y condenado a muerte junto a Hans y Sophie Scholl, recibiendo horas antes de su ejecución el bautismo y la comunión de manos de un sacerdote católico. Serán ellos los que redactarán las primeras octavillas y las distribuirán. Sophie se unirá a ellos cuando se traslade a vivir a Munich para realizar sus estudios universitarios, por ello no participó en la redacción y distribución de las primeras octavillas.


En la película, como ya hemos dicho, todo empieza con la impresión de la sexta y última octavilla en un estudio, Hans, Sophie, Alexander y Willi dedican horas a hacer copias y preparar sobres para enviarlas por correo, que era su forma habitual de distribución. Esa vez, les sobró un gran número de hojas y es entonces cuando Hans decide que las dejará en la universidad. A la mañana siguiente Hans y Sophie Scholl son detenidos después de haber distribuido cientos de octavillas en la universidad de Munich. A partir de este momento la película se centra en Sophie, es el suyo, el único interrogatorio al que asistimos. En un primer momento, niega cualquier participación en la preparación o distribución de las octavillas, pero con el fin de que su hermano no cargue con la culpa y para poder proteger al resto de amigos, decide confesarse culpable.

El interrogatorio es la confrontación entre dos formas de entender la vida y al hombre. Por una parte, vemos al oficial de la Gestapo, profundamente ideologizado, frío y convencido de que es el Estado, encarnado en la persona de Adolf Hitler, el que le da al hombre su dignidad y su razón de ser. Por ello, la vida del hombre no puede ser otra cosa que el servir dócil y fielmente al Führer y al nacionalsocialismo. Fuera de ese cometido, la vida del hombre no tiene sentido y por ello todo aquél que se aleje de esta misión o incite a otros a hacerlo debe ser apartado y eliminado. El hombre, en el nacionalsocialismo, debe ser útil para el Estado, de no ser así deviene un inútil, una carga que nadie tiene por qué soportar; naciendo de este razonamiento la práctica de la eugenesia con discapacitados y enfermos mentales. Son constantes las alusiones que hace el oficial de la Gestapo durante el interrogatorio a lo agradecidos que deberían estar los jóvenes alemanes porque el Führer les permite estudiar, y por ello deberían mostrarle absoluta lealtad, de lo contrario serán sólo unos parásitos que se aprovechan de la buena voluntad del Estado.


Mientras unos acotan y delimitan lo real según el propio ideal, la Rosa Blanca concibe la realidad como don, es decir, como dato gratuito positivo que hay que acoger, en la medida que ahí ya está todo. Su oposición es pacífica precisamente porque no van contra algo –eso es la consecuencia-, sino que afirman una realidad que les está siendo arrebatada. Entienden que el mal nunca puede vencer, ni como fin ni como medio. No triunfa en ellos la rabia o el rencor, a pesar de que sus vidas sean arrebatadas. Ello sólo es posible desde la perspectiva de un amor más potente, desde la posición de aquél que ya se siente salvado. Como en el brillante testimonio de Christoph Probst, uno sólo puede morir sereno al dejar esposa y tres hijos sabiendo que la muerte no es el fin, que hay algo más allá de las propias capacidades de uno que puede cumplir las vidas de los seres amados y la propia.



Frente a todo este sistema, encarnado en el agente de la Gestapo, encontramos a Sophie, que ha crecido amando todo lo bello y a la que constantemente vemos ensimismarse mirando el cielo y dejándose acariciar por los rayos de sol. Estamos ante una chica menuda, aparentemente débil y vulnerable, dubitativa en algún momento, pero es esta pequeña muchacha la que ha hecho temblar a todo un sistema ideológico aparentemente bien engranado. Es esta joven de mirada sencilla, la que pone nervioso a su interrogador, y con él a todo el poder nacionalsocialista que teme por encima de cualquier cosa a los hombres libres que se saben hijos predilectos de un amor más grande y no esclavos de un sistema o de una idea. Ella y sus amigos, representaron una amenaza tan real al poder de Hitler y a su perpetuación, como lo fue el poder militar de los aliados, porque su lucha se dirigió al lugar que el poder sólo podrá tratar de adormecer, pero que nunca podrá conquistar: el corazón del hombre, su deseo de plenitud. De hecho, no es casual que sus procesos penales y ejecución se llevasen a cabo en tan sólo 4 días.


Sophie y sus amigos, quisieron despertar al hombre adormecido, dar valor al cobarde, perdón al que hubiese errado y mostrar un camino de verdadera liberación. Como la misma Sophie asevera ante el interrogador, cualquier vida humana tiene un valor incalculable. Por ello, su testimonio es posiblemente lo más necesario en estos momentos, por su capacidad de abrazar cualquier atisbo de belleza y encontrar en él un motivo para vivir, por su valor para enfrentarse al mal sin ser vencidos por el mismo mal, por su forma de entender que el cumplimiento de su vida no estaba en el éxito de su resistencia sino en la lealtad con su humanidad.


Su vida no está sujeta al mero cálculo económico, pragmático, utilitarista o del mal menor. Su razón, su persona, su corazón están abiertos a la amplitud de lo real, su amor por lo verdadero les hace ser leales con su deseo y no reos de las soluciones reducidas de un ideal. Su vida es relación con aquello que trasciende la muerte y da sentido al vivir, son personas que tienen una certeza mayor que cualquier comodidad o supervivencia. Sólo así, en el último cigarrillo, podrán confesarse con una sonrisa los tres que van a morir: “Nada ha sido en vano”. Van a morir, pero lo hacen sabiendo a qué dan la vida, de otra forma ¿para qué se querría vivir si no se tiene un sentido? La realidad siendo como es atroz, no acaba con su humanidad, sino que la despierta aún más, los mueve, es el acicate, la prueba que les permite entender si lo que están viviendo vale la pena, si es real o no. Hay quien está dispuesto a dar la vida por algo y hay quien está dispuesto a quitarla.


Por ello, creemos con Romano Guardini que: “El honor que tributamos a estos hombres que han dado su vida por la libertad será un simple gesto si no intentamos entender dónde se juega para nosotros la exigencia de una libertad igual, y si no estamos dispuestos a realizarla”.  Si nos tomamos en serio  estas palabras, sabremos que no todo está perdido, que el mal y el dolor no tienen nunca la última palabra y podremos subir al patíbulo sabiendo, como Sophie Scholl, que todavía brilla el sol.

                                                                                                                                    Alberto Ribes