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jueves, 27 de junio de 2013

El show de Truman


En 1998 Peter Weir (El club de los poetas muertos, Master and Commander) nos presentó su particular visión de un Gran Hermano. La película consiguió tres Globos de Oro a mejor actor de drama para Jim Carrey, mejor actor secundario para Ed Harris y mejor música. También tuvo tres nominaciones a los Oscar a mejor director, actor secundario y guión, aunque finalmente no se llevó ninguno de estos tres premios. La triunfadora de ese año fue Shakespeare in love frente a Salvar al soldado Ryan o la más que interesante La delgada línea roja del maestro Malick. También fue el año de Roberto Benigni y su extraordinaria fábula de La vida es bella.

Si algo se nos deja claro desde el principio de El show de Truman es que Peter Weir no quiere hacer trampas, es claro desde el inicio, no busca un final del tipo “vaya, era todo un sueño”. Los títulos de crédito del inicio de la película son los del programa  televisivo en el que Truman Burbank (Jim Carrey) es la estrella principal sin que él lo sepa. Su propio nombre es un juego de palabras que en inglés significa hombre verdadero (True Man). En medio de un mundo ficticio él es lo único real. El director del show es Christof (Ed Harris) –probablemente otro juego con la semejanza de la palabra a Cristo– que comienza la película explicando que nos aburren los actores que fingen emociones, en cambio Truman es real, no actúa, es él mismo y eso es lo que atrae, o como él mismo dice “no es siempre Shakespeare, pero es genuino, es una vida”. Siendo un bebé, Truman fue seleccionado entre varios candidatos para ser el protagonista de un novedoso programa televisivo, nadie le consultó (siendo tan pequeño no tenía conocimiento), pero decidieron lo que su vida debía ser: un entretenimiento para el mundo.


Evidentemente, esta decisión de decidir lo que la vida de otro debe ser, se nos presenta de una forma muy positiva. El propio Christof se siente un padre para Truman, le mira con aparente ternura y habla de cómo cuida de él. De hecho llega incluso a identificarse como el hacedor de ese mundo y su destino, un auténtico semidios. Truman vive en un enorme decorado construido únicamente para él, sus dimensiones son tan grandes que puede ser reconocido desde el espacio, igual que la Gran Muralla China. Sin necesidad de saber lo que Truman siente, esta breve introducción ya nos puede plantear algunas cuestiones realmente importantes. ¿Debe alguien decidir sobre la vida de otro? ¿Y si es para darle una vida en la que no le falte nada material? Una vez más el paraíso en la tierra sólo nos pide una cosa a cambio, nuestra libertad. Los argumentos de Christof para justificar el tener a Truman como una rata de laboratorio no resisten una pregunta: ¿es eso lo que Truman quiere?


Aparentemente la vida en Seahaven es perfecta, o como dice el “mejor” amigo de Truman, Marlon (Noah Emmerich) “nada es falso, sólo está controlado”. El problema es que el hecho de que esté todo controlado lo convierte todo de facto en falso. Toda la gente con la que Truman se cruza a diario desde su mujer hasta el vendedor de periódicos del quiosco son actores, están ahí para interpretar un papel y se relacionan con Truman actuando, fingiendo ser otras personas, no dan a conocer al otro su verdadero yo, lo cual imposibilita que una relación pueda ser tal. En palabras de Shakespeare sería como llevar a su último término su célebre frase donde tildaba al mundo de teatro y a los hombres de actores. En un caso así, todo será perfecto mientras nada se salga de lo establecido, o siendo más cinematográficos, mientras nada se salga del guión. Y veremos de nuevo con esta película que finalmente un imprevisto será lo que posibilitará el cambio en Truman.


Una mañana mientras sale para ir a trabajar, un foco del plató cae desde el techo del mismo para terminar estrellándose junto al sorprendido Truman. Inmediatamente la dirección del programa se pone en marcha para que este hecho no pueda hacer dudar al protagonista del show y nada más encender la radio de su coche escucha en las noticias que un avión que sobrevolaba la ciudad ha perdido una pieza. Problema resuelto, el engaño persiste. En otro momento intentando sintonizar la radio, Truman termina enlazando con las transmisiones que realizan los que controlan el programa y así escucha como alguien va explicando por donde él está pasando y advirtiendo a otros de que se preparen para entrar en escena. Sentado en su coche frente a su casa durante horas, Truman se da cuenta de que constantemente se suceden las mismas cosas, cada cierto tiempo pasan por delante las mismas personas o los mismos vehículos. Todo lo que ve le va diciendo que hay algo que se le escapa, no acaba de entender qué es pero empieza a entrever la posibilidad de que algo no sea real. Sin embargo sólo el intelecto, el raciocinio por sí solo no bastan para mover el ánimo humano. Como hemos dicho otras veces razón y afecto son inseparables.

El deseo de conocimiento está en todos los hombres, la realidad despierta con su constante inabarcabilidad y su belleza el deseo de infinito del hombre, el salir de sí mismo, ese más allá que llevan escritas todas las cosas como nos recuerda el poeta Montale –algo que ya vimos en El bosque–, no se puede hacer nada contra eso. O quizás sí. Conscientes de que la naturaleza humana no está hecha para conformarse con cualquier cosa y sabiendo que a pesar de que el mundo que han creado para Truman es en apariencia perfecto, los productores del programa saben que en algún momento querrá viajar, dado que tal era el sueño de niño de Truman. Así que deciden cortar por lo sano y le generan un trauma haciendo que su “padre” muera ahogado mientras van en barco juntos siendo él aún un niño. Para salir del pueblo debe utilizar el barco o cruzar un puente sobre el mar, así que por muchas ganas que tenga de irse, siempre se encontrará con ese recuerdo que le hará desistir. De nuevo, el poder debe violentar la naturaleza de las cosas para que nada se salga de lo que tiene previsto.


De este modo tenemos un pueblo seguro y limpio, en un entorno idílico, lleno de gente amable que te saluda cordialmente cada mañana, pero nada de esto le basta a Truman. Todo ha sido creado para él, pero aún así no consigue satisfacerle. ¿Por qué? Sencillamente porque nada es real, el hombre está hecho para la verdad y sólo en ella puede reposar y ser plenamente feliz. La única mirada verdadera que Truman ha encontrado es la de Lauren (Natascha McElhone) una chica que conoció estando en el instituto, de la cual se enamoró y le fue arrebatada cuando ella quiso explicarle que el mundo en el que vivía no era real. Desde ese día, Truman intentará reconstruir esa mirada, ese rostro, recortando revistas, y contempla en la soledad de su sótano ese collage que intenta recuperar la vida que esos ojos le prometieron. Es paradójica la alegoría de esos recortes que son incapaces de reconstruir la realidad que es ella respecto a ese mundo hecho también a base de “recortes” que es incapaz de estar a la altura del deseo de Truman.

Basta un instante de vida verdadera, una mirada que nos prometa el infinito que nuestro corazón desea para que el hombre se ponga en movimiento, no importa el tiempo ni los esfuerzos del poder por acallar ese grito de vida auténtica, una vez que ha entrado en nuestra vida todo nuestro obrar se dirigirá a poder recuperar ese momento. Por ello, Truman, estando atento a la realidad como ya hemos dicho, descubre que no es muy real, y teniendo en la retina su encuentro con Lauren, decidirá enfrentarse a los miedos que le han sido impuestos para ir en busca de esa chica. Para huir de Seahaven deberá utilizar un barco, y navegar sin saber a dónde ir, pero sabiendo que el horizonte es la promesa de una tierra nueva por descubrir. Al ver que Truman decide marcharse, Christof pone todo de su parte para evitarlo, llegando incluso a provocar una tormenta en el mar que a punto está de acabar con la vida de Truman, una vida que para él sólo tiene valor mientras esté bajo su control.


Finalmente Truman llega al límite del plató de televisión en el que ha vivido toda su vida, la seguridad que lo ha abrigado a diario durante años, y se abre una puerta a lo desconocido. Christof habla por primera vez a Truman, con una voz llena de falsa ternura le explica cómo le vio nacer o dar sus primeros pasos y recordarle que: “ahí fuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que he creado para ti, las mismas mentiras, los mismos engaños, pero en mi mundo tú no tienes nada que temer”. Truman se despedirá con la ironía del hombre libre que ya no teme, saludando al plató como saluda siempre y dando a entender que los artífices del circo no conocen al Truman real, sino sólo al personaje, por ello hace lo que sería esperable: despedirse como parte del show. La última escena no es de menor interés y en absoluto parece estar puesta casualmente.


Ante tal catarsis y con un final casi épico, el comentario de dos telespectadores mientras cambian de canal es: ¿qué dan ahora? Es un dardo afilado lanzado a esa sociedad de masas que somos nosotros, los espectadores. Esos que no viven su vida, sino que ésta está virtualizada a través de una pantalla y lo que vemos y sentimos son las vidas de otros, más aún, falsas vidas. Espectadores ausentes de empatía que parecen no preguntarse por la justicia o la bondad de la vida a la cual se asoman en la pantalla, alienados hasta el punto de convertirse en habitantes de la ficción. Este es el desafío al que se enfrenta Truman, la seguridad de un mundo que no es real, o un mundo imperfecto y desconocido pero que alberga la posibilidad de cumplimiento de la promesa que una vez contempló en la mirada de una chica y que le ha acompañado desde entonces, una promesa que sólo puede cumplirse en una realidad que realmente sí está hecha para él porque es su propio corazón el que así lo revela.


Quizás sea ésta la mejor forma de concluir el ciclo, reparando en que la realidad siempre es positiva, porque aún cuando se presenta como aparente, como ficción, es ocasión para renovar el grito de verdad, de belleza, de sentido, que llevamos todos inscrito en nosotros. El criterio está en nosotros y ya nadie nos lo puede arrebatar. Ni una enfermedad, ni un montaje pueden sustituir la verdad de las cosas. Acaso el único peligro temible sea el propio, que desertemos en la búsqueda del otro, de aquello que da consistencia y sentido a nuestro estar en el mundo, conformándonos con la superficie de las cosas, que nunca colma, sólo adormece.

                                                                                                                             Alberto Ribes

viernes, 5 de abril de 2013

Gran Torino

Con esta película finalizamos el ciclo sobre Clint Eastwood, con el cual hemos intentado profundizar en la búsqueda de lo humano y la trascendencia a través de la cámara del director. Podría decirse que esta película es casi un autohomenaje de director y personaje. De hecho, la confección de la película es simple. No hay grandes nombres actuando, no hay escenarios ampliamente confeccionados, la ejecución es a la par sencilla y directa. Parecería que Eastwood está más bien narrándonos una historia convencional, que está transmitiendo su propia persona a través del film; sus preocupaciones, sus miedos, su mala leche, su postura de tipo duro, su necesidad de significado, la pregunta sobre la muerte en el ocaso de la vida. La película está hecha para el personaje que es Eastwood, con diálogos duros, directos y desternillantes; a la vez que con un mensaje que este director ha madurado durante su trayectoria. Con una hipótesis que lanza como aquel que, en tentativa, transmite a través del cine el significado de la propia vida. Eastwood nos parece un hombre serio, no sólo por su mayor o menor genialidad en la percepción de lo real, sino por la cualidad de haber afrontado mediante la vocación, esto es el cine, el sentido de la propia existencia. Por haber aunado su pasión con la seriedad del deseo humano que cada uno llevamos dentro.

Gran Torino nos habla de Walt Kowalsky (Clint Eastwood), un veterano de guerra que vive ya retirado y que acaba de perder a su mujer. La película comienza con la temática del óbito, primer punto de dialéctica, primera provocación sobre la densidad de la pregunta, la amargura del sentimiento de pérdida y el contraste con la banalidad del ambiente. En efecto, parafraseando al poeta R. M. Rilke, todo conspira para que el deseo calle, la gente va al funeral sólo para hablar de lugares comunes y con ceremoniosa parsimonia heredada de una tradición desligada de su sentido. Sólo las palabras del párroco parecen centrar un poco la atención para salir del adormecimiento. La familia se muestra una vez más decepcionante, un paradójico cúmulo de individuos gregarios –solos, aun estando juntos, idiotas en el sentido etimológico griego, es decir, ocupados sólo de lo propio–.

Eastwood nos abre ya la puerta a algunos de los temas más actuales que le (nos) afectan. Cómo la ausencia del padre, entendido como alguien con autoridad, un referente que permita entrar en lo real de forma adecuada, genera individuos superfluos. Cómo la familia, antiguo garante de esa base de la sociedad, está ahora desmantelada y ha acabado siendo un lugar formal más de vacuidad. El viejo barrio se cae a trozos, una época, una tradición, una forma de ver la vida están asistiendo a su propio velatorio; diríase que en lenta agonía, mientras que por otro lado, una nueva vida, desconocida y extraña, está ocupando su lugar. Uno no sabe cómo, pero ha acabado viviendo en un barrio que ya no es el suyo. La carcoma del relativismo hace mella y todo aquello que se daba por descontado parece fenecer ante la impasible e impotente mirada de los hombres. Este cambio de época viene de la mano de los inmigrantes asiáticos que están poblando la zona y que han hecho del barrio un sitio un tanto más inseguro y diverso. Algo que está en consonancia con Sin perdón, con la que hay múltiples puntos de conexión (nótese que en esta película también el protagonista es un viudo que soporta la culpa de sus pecados de juventud en la guerra), en la que la llegada del ferrocarril y la caída de los mitos de los grandes vaqueros marcan el final de una época. Parece que lo único que le quede por hacer a Walt sea morir intentando cabrearse lo menos posible. Una perspectiva de vida a todas luces funesta; pero como en la vida misma, con la sencillez de lo cotidiano, Eastwood nos empieza a narrar el renacimiento de una persona en sus últimos momentos de vida.

Thao (Bee Vang), su vecino de al lado, es un joven taciturno y bobalicón, que acobardado por su primo, líder de una de las bandas violentas que intentan hacerse con el barrio, intenta robarle el Gran Torino al señor Kowalsky. Walt frustrará su intento de hurto y ello llevará a un enfrentamiento con la banda criminal a la vez que a un primer acercamiento con sus vecinos. La familia de Thao, avergonzada y según sus contumbres hmong, deciden pedirle perdón a Walt obligando a Thao a trabajar para él. Sue (Anhey Her), la hermana de Thao, se ve también en apuros con otra banda y será Walt quien la ayude, circunstancia que será el inicio de su amistad. Estos peculiares acontecimientos harán permear en la vida de Walt lo impensable, lo imprevisto, empezando a entrar en relación con éstos y viendo contra su prejuicio, que tiene más cosas en común con ellos que con sus propios hijos. En sus propias palabras: “¡Hay que joderse!”. Como vemos no es tanto un alto sentido del deber moral o una genialidad particular de Walt lo que posibilita el cambio, sino algo tan sencillo como abrirse a lo real, acoger lo que tiene delante bajo una hipótesis de positividad.

Paralelamente Walt guardará relación también con otro “tocapelotas” no deseado por él: el padre Janovich (Christopher Carley). El sacerdote, preocupado por cada oveja de su rebaño, irrumpirá repetidamente en la vida de Walt para que éste recobre la fe, dando cumplimiento a la promesa hecha a su fallecida mujer de que su marido se confesara antes de morir. Vemos aquí otro paso en el recorrido del director: la Iglesia ya no es inexistente, un apósito a lo real o una reliquia del pasado, sino que es una carne concreta, que se encuentra en la vida y con la que Walt deberá afrontar sus dudas sobre la muerte, su inquietud por el pecado y por la moral, cimiento de su persona. La relación con lo real y el propio deseo van pues, ligados a la percepción de una trascendencia y una hipótesis de cumplimiento. Algo que se vuelve a mostrar por la ausencia –que la hace paradójicamente presente– de su mujer (otra vez semejante a Sin perdón). El deseo de volverla a ver, de que su vida tiene sentido, no puede ir desligado de lo real, o dicho en otros términos: el deseo y la vida humanas deben encontrar cumplimiento hoy y ahora. Es de sumo interés ver la evolución de los diálogos de Walt y el párroco, cómo pasan de las ideas a la experiencia concreta, su densidad y cómo ello va permitiendo que Walt salga cada vez más de sí mismo y recobre el amor por su persona; pudiendo llegar a confesarse al final.

La historia transcurre bajo el acecho de la banda del primo de Thao que intentará por todos los medios integrarle entre los suyos rompiendo la unidad familiar. Otra vez se ve cómo los vínculos naturales de amor y de fraternidad (para con la familia o los vecinos del barrio) son constantemente atacados por el mal que basa su acción en relaciones de poder e imposición. Como los mismos de la banda reconocen, están juntos no por un amor a su persona, como un grupo que en su pertenencia facilita el cumplimiento de la vida; sino para protegerse de los demás, asumiendo un axioma bajo el cual la realidad es algo violento que hay que someter y de lo que defenderse. Es el arquetipo propio del individuo narcisista de trasfondo nihilista.

Al mismo tiempo Walt recobrará su paternidad con Thao al que formará y ayudará a ser él mismo, sanando así esa enfermedad que él mismo constata: su ausencia como padre con sus hijos. Lo animará a tener un oficio digno e incluso a sacarse novia. El contraste entre ambos tipos de relación es evidente. El clímax de la película llegará al final, cuando tras apalizar y violar a la hermana de Thao en venganza contra su familia, la banda deja claras sus intenciones. Será entonces cuando Walt deba tomar una decisión adulta en dos flancos distintos pero inseparables: por un lado el deseo de hacer justicia y preservar el bien luchando contra el mal. Por otro lado, cómo encaja eso con los principios morales de bien que son lo único que permitirá una verdadera paz y un verdadero perdón en Thao, que ahora mismo sólo quiere venganza. Usando esta vez una expresión de Juan Pablo II, empieza a intuirse aquí que el único freno al mal es la misericordia.

Nótese el origen etimológico del término, misere-cor-dare, es decir, dar el corazón a los miserables. Lejos de un buenismo activista, el mal sólo puede ser vencido tornando el corazón extraviado y mísero -falto de significado-; pero originalmente bueno del hombre, mediante un amor más grande que lo acoja y le permita recomenzar. Por ello, siguiendo con el difunto pontífice, no puede haber paz sin perdón, ni justicia sin verdad. Walt meditará largamente su decisión, se confesará, irá al barbero, dejará sus asuntos en orden y se hará un traje a medida. Es la postura de un hombre que muere con dignidad, que goza de lo real aun cuando lo más inmediato sería dejarse llevar por el instinto asesino, que es capaz de mirar más allá de sí mismo y razonar cuál es la postura más justa, viendo que, con todo, la realidad es buena, hay cosas que merece la pena preservar.

También la confesión de Walt es curiosa por ser doble. Por un lado confiesa al sacerdote sus pecados, especialmente los que conciernen a la vida con su mujer y su posición como ciudadano. De hecho, el espectador esperaría que Walt sacara a la luz los tormentos que lo acompañan desde la guerra, las personas a las que mató injustamente y el peso de ese dolor que no cesa. Sin embargo, esta confesión se la hará a Thao, casi al final de la película, para prevenirle de convertirse en un hombre cegado por el odio y actuar sin miramientos. Es como si su redención sobre sus pecados más oscuros llegara con su propio holocausto, convirtiéndose en chivo expiatorio, mientras que a la vez, preservando la vida de Thao del mal, obra el bien que todo sacrificio verdadero conlleva.

Así, tras encerrar a Thao en su sótano y confesarle que matar a un hombre no se olvida nunca y que no quiere eso para él, parte solo hacia la casa de la banda. Llegando allí él, que sabe que morirá más pronto que tarde debido a una enfermedad que le acaban de confirmar, dará la vida por su amigo. Recordando la frase evangélica de “no hay mejor amigo que el que da la vida por sus amigos”, Eastwood asumirá la figura del verdadero redentor, hará propio el paradigma cristológico y morirá cayendo en forma de cruz mientras la cámara se aleja en un contrapicado vertical, recordando la ascensión de un alma. Hay que fijarse aquí en cómo ha cambiado el director en contraposición con Sin perdón: la escena es deliberadamente opuesta al final de ésta, pues mientras en la primera el protagonista impone su ley matando a todos, esta vez es el justo el que se sacrifica frente al mal para preservar el bien. 
Walt muere en paz, deja que el mal se ahogue en sí mismo, pues por su propia dinámica es inservible frente al bien y la bondad. La banda acabará en la cárcel y sus amigos están a salvo. No sólo les ha protegido, sino que les ha dejado una lección impagable: cuando todo se desvanece sólo queda el amor, el mal nunca vence. Walt ha podido hacer este camino, cumplir su vida aún en la aparente derrota de la muerte, porque ha entendido que, en efecto, la muerte no es una derrota, no es un final; sino que es el culmen de una vida cumplida. Algo que no es un dogma abstracto, sino que él ha entendido a través de su experiencia. Ya puede reencontrarse con su mujer como un hombre que ha amado verdaderamente, hasta el extremo. Algo que ningún pecado previo puede manchar, pues ha sido redimido. Una vez más, el mundo, las historias de las personas, nuestros sentimientos y anhelos más hondos, nuestro deseo de justicia, bien y verdad sólo se entienden desde la perspectiva de un más allá. Eastwood es un director que trabajando no se ha desligado de su humanidad, algo que hace de sus películas un visionado obligado para todo amante de este arte.
Marc Massó

jueves, 3 de enero de 2013

¡Qué bello es vivir!



En 1946 Frank Capra era ya un director consagrado. Tres de sus largometrajes habían sido premiados con el Oscar a la mejor película, y una de ellas, “Sucedió una noche”, fue la primera película en ganar los cinco Óscar más importantes (a la mejor película, director, actor, actriz y guión adaptado). A sus órdenes se pusieron actores de la talla de Clark Gable, Barbara Stanwyck, James Stewart, Dona Reed, Claudette Colbert o Gary Cooper. Sin embargo, la película que Capra consideró su obra maestra, de la que dijo: “I thought it was the greatest film I had ever made. Better yet, I thought it was greatest film anybody ever made … my kind of film for my kind of people”, no fue bien recibida en un primer momento. Con el tiempo, público y crítica han tenido que rendirse a las afirmaciones de Capra, y reconocer que ¡Qué bello es vivir! es probablemente una de las mejores películas que se hayan hecho nunca.

Un primer elemento de prejuicio contra la película de Capra es su religiosidad. Vemos a Dios, un ángel y gente que reza. Sin embargo quedarse en eso para despreciar la película sería tan absurdo o injusto como alabarla únicamente por esos mismos motivos, ya que la grandeza de la obra de Capra sobrepasa cualquier cliché y es perfectamente reconocible para cualquier alma despierta.

Y todo esto nos lleva ya a la película, que no es más que la vida del hombre corriente, es decir, la historia más apasionante que pueda ser contada. La idea le vino a Capra de una felicitación navideña, al contemplarla dijo que esa era la historia que había estado buscando durante mucho tiempo. Bedford Falls es una pequeña localidad de gente sencilla y trabajadora, un lugar en el que cada rostro es una historia y una vida logradas gracias a una compañía concreta, excepto la de un hombre, el señor Potter, que encarna el individualismo extremo aunque paradójicamente necesite de otro que empuje su silla de ruedas para poder desplazarse. Con este guiño, Capra ya nos muestra que el hombre que se presenta como el más autosuficiente, aquel que aparentemente se construye a sí mismo, es en realidad el más dependiente y necesitado de todos. De esta forma la película se nos presenta como una lucha entre dos concepciones del hombre y la vida, la de George Bailey (James Stewart) y la del señor Potter (Lionel Barrymore).


La mañana de nochebuena el tío de George pierde accidentalmente una suma muy importante de dinero que debe asegurar la continuidad de la pequeña empresa de empréstitos de la familia. Precisamente ese día, un inspector de Hacienda se presenta en la oficina para revisar sus cuentas. La desesperación se apodera de George al conocer la noticia del dinero extraviado y ante la imposibilidad de encontrar una solución decide que la mejor opción es suicidarse, ya que según cree y en palabras de Potter, vale más muerto que vivo, dado que posee un seguro de empresa que pagaría las deudas.

La película se inicia con diversas personas rezando a Dios para que ayude a George a solucionar su problema. Luego, en una imagen a caballo entre lo cómico y lo metafísico, vemos dos luces que se nos presentan como Dios y San José hablando preocupados de George. Deciden enviar un ángel para ayudarle, pero tal y como le dice San José a Clarence (un ángel de segunda clase que quiere ganarse sus alas) “para poder ayudar a un hombre primero debes conocer su pasado”. De esta forma, la película es un largo flash back mediante el cual revisamos la vida de George. Descubrimos a un niño y posteriormente a un hombre que desea más que nada descubrir el mundo, y a pesar de que nunca conseguirá salir de su pueblo, toda la grandeza del universo y de la creación encuentran una morada adecuada en un corazón como el de George, que nunca renuncia a hacer de su vida algo extraordinario.



Siendo un niño, George perdió la capacidad auditiva de su oído izquierdo al salvar a su hermano de morir ahogado en un lago helado. Varios años después, cuando ya está a punto de irse a la universidad su padre muere repentinamente y George debe encargarse de la empresa familiar para que no caiga en manos del señor Potter. El día de su boda, cuando por fin parece que podrá salir de Bedford Falls y visitar el mundo estalla el famoso crack del 29 y pone todo el dinero de su luna de miel para que de nuevo la empresa familiar no deba cerrar, pudiendo ayudar así a los desesperados habitantes del pueblo, que eran presa fácil para la avaricia de Potter. Mientras, su hermano va a la universidad, se casa con la hija de un importante hombre de negocios que le da un trabajo, se hace piloto de las fuerzas aéreas durante la Segunda Guerra Mundial, salva a cientos de soldados de morir y regresa como un héroe nacional al que el propio presidente de los Estados Unidos condecora. Seguramente el mundo diría que fue el hermano de George quién triunfó, pero nosotros decimos que ambos lo hicieron si amaron lo que en cada momento se les puso delante.

La vida de George ha sido un constante plegarse a la realidad que se le imponía y que aparentemente pisoteaba sus sueños, sus deseos de otra vida y por ello su expectativa de felicidad. Pero, como dijo Luigi Giussani, en la sencillez de su corazón lo ha dado todo con alegría; y una sencillez así es la que puede transformar las vidas que le rodean tal y como sucede con los habitantes de Bedford Falls. George es un hombre que da su vida a lo que acontece, que está abierto, según su deseo de bien a no imponer su criterio, sino a reconocer lo que le viene dado. Así, es capaz de descubrir, de la forma menos pensada, cómo la realidad, en tanto que contiene ya el significado de la propia vida, es adecuada y por tanto a la altura del deseo de felicidad.


Uno puede pensar que George ya es bueno por naturaleza y que por ello puede soportar todo lo que la vida le pone delante, pero en realidad lo que le hace bueno es precisamente acoger todo aquello que la realidad le plantea, no con un buenismo ni una ascética puritana o con una resignación estoica, sino entendiendo que su vida se cumple en la respuesta a aquello que le está sucediendo. Cuando George va a saltar de un puente para acabar con su vida, aparece Clarence (su ángel de la guarda) y después de que el primero le diga que vale más muerto que vivo y que su vida ha sido un fracaso, éste decide ofrecerle una visión de lo que habría sido el mundo sin George Bailey. Así, vemos como Bedford Falls en realidad se llama Pottersville, la mirada de sus habitantes ha cambiado, ya no acoge sino que desvincula, ya no comprende sino que cuestiona, ya no perdona sino que juzga. Lo que antes era una comunidad cuyos lazos se asentaban bajo la callada obra de un amor sincero y gratuito, una preocupación verdadera por la vida y el futuro de cada individuo; ha mutado por obra del selfmade man: el individualismo exacerbado y el consumismo han destruido Bedford Falls hasta el punto que ya no conserva ni su nombre. Sus habitantes son los mismos, pero no son ellos.

La película tiene algunas de las escenas mejor conseguidas de la historia del cine, como el baile de James Stewart y Dona Reed sobre la pista que se va abriendo para descubrir la piscina sin que ellos se den cuenta; o su paseo posterior vestidos con ropa prestada porque la suya está empapada tras caer a la piscina; o la grandísima escena en la que ambos hablan por teléfono a la vez con un amigo, el momento en el que sus silencios y sus miradas confirman lo que ya sabíamos y son el prólogo a su afirmación ante el mundo. Sencillamente, una escena perfecta.


Además, la película contiene cierta simbología interesante de resaltar. Clarence lleva consigo un libro, “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain, de lo que podemos entender dos cosas: por un lado George es Tom Sawyer, un niño que quiere dejar su hogar en busca de aventuras, así, leer a Tom Sawyer ayuda a Clarence a conocer mejor a George. Por otro lado, Tom Sawyer es un niño, y mira el mundo como sólo un niño lo puede hacer, esa es la característica fundamental de Clarence, que tiene la fe y sencillez de un niño y por eso es el apropiado para el trabajo. Existe otro guiño a Twain en la película, cuando el inspector de Hacienda dice que quiere terminar pronto para irse a pasar la Navidad con su familia a Elmira, lugar en el que está enterrado el famoso escritor americano.

Toda la película presenta una amalgama de significación y humanidad que la hacen una obra maestra, de ahí que cuando uno la acaba de ver, auqnue ya la haya visto decenas de veces, es mejor persona; sale con ánimos renovados. El director consigue de la forma más sutil y por eso mismo, magistral, engarzar una historia y unos personajes completamente humanos en su acción y el bien que buscan. Son impagables las escenas de familia, las miradas de George y su amada Mary Hatch (Dona Reed), cómo se acompañan frente a las vicisitudes de la vida, etc.


Como muestra de la mentada cantidad de signos cabría citar aunque sea sólo un ejemplo: cuando George se encuentra a su amiga Violeta (Gloria Grahame) en presencia de sus amigos el taxista y el policía. Violeta es una de las chicas más guapas del pueblo, por lo cual los tres amigos se quedarán mirándola embelesados en su partir que está casi a punto de provocar un cómico accidente de tráfico. Acto seguido el policía proclama: “Me voy a casa a ver a mi mujer”. Conmovedoramente, la belleza de la mujer, fácilmente reducible y autosugestionable, es signo aquí de una belleza mucho mayor, de un amor mucho más verdadero, que es el de la propia mujer y no cualquier imaginación propia que uno pudiese ofrecer. Creemos que podemos decir sin miedo al error que Capra ofrece aquí una de las más bellas y singulares contribuciones a la positividad y el valor incalculable de la vida de cada persona. Una película imprescindible y que no en vano se ha convertido en uno de los mejores clásicos de todos los tiempos.

                                                                                                                                    Alberto Ribes