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sábado, 6 de abril de 2013

El bosque


Para hacer correctamente esta crítica hay que cargarla de spoilers, así que absténgase de leerla todo aquél que no haya visto aún El bosque. M. Shyamalan, autor entre otros títulos de “El sexto sentido”, “Señales” o “El protegido”, ofrece una atrevida propuesta tanto de las relaciones humanas como de la dinámica del poder y la política en la sociedad. Quien haya visto otras películas del director, se habrá percatado ya, que más allá de los usuales giros argumentales que hacen de sus películas productos siempre sorprendentes, Shyamalan ofrece en el transcurso de los diálogos y los acontecimientos una particular visión con un mensaje implícito más allá, muchas veces, de la coherencia del argumento.

Sólo así se explica que en títulos como “Señales” obvie factores de lógica aplastante, como que seres supuestamente más inteligentes invadan un planeta lleno de agua a la que son alérgicos -¡por favor!-, para centrarse en la dimensión moral y existencial que los sucesos plantean a los personajes –riquísimos diálogos entre Mel Gibson y Joaquín Phoenix-. En la misma línea, no es de extrañar que para que dé sus frutos, cuente en sus repartos con actores de reconocida reputación, en este caso: Joaquin Phoenix (Lucius Hunt), Bryce Dallas Howard (Ivy Walker), William Hurt (Edward Walker), Adrien Brody (Noah Percy) o Sigourney Weaver (Alice Hunt) entre otros.

El bosque cuenta la vida de una comunidad ubicada en un valle de Filadelfia que vive al estilo de las sociedades de principios del siglo pasado. Esta pequeña comunidad vive atenazada por el miedo a unas extrañas criaturas que habitan el bosque que rodea la aldea y con las que hay un particular pacto: mientras nadie se adentre en el bosque ni utilice el color rojo –que supuestamente las atrae, y que tradicionalmente simboliza la guerra (Marte), la agresividad, la sangre–, éstas no entrarán en la aldea ni matarán a nadie. Por lo demás, la vida se desarrolla con normalidad, con un gran sentido de responsabilidad y observación de las normas, así como de obediencia a la autoridad que viene personificada por el Consejo. Éste está formado por los mayores que gobiernan y fundaron el pueblo. Curiosamente, el color de la comunidad, que supuestamente es neutro e implica paz es el amarillo, que en inglés también designa “cobarde”.
Sin embargo, Shyamalan comienza la película sin andarse con rodeos, introduciendo uno de los factores decisivos del film: el dolor. En este caso frente a la muerte de un chico de siete años al que están dando sepultura. Hay ya aquí un dato significativo y es que el padre lo está llorando sólo, mientras la comunidad entera está presente, pero diríase que ausente, pues se encuentra a diez metros tras una valla. Un concepto muy actual, donde la no respuesta frente al significado del dolor hace que éste caiga en un vacío existencial pretendidamente neutral, pero que se demuestra a la postre fatal. Lucius Hunt, profundamente provocado por este suceso, decide pedir permiso al Consejo para poder cruzar el bosque a buscar medicinas, tratando de evitar que eso vuelva a suceder. Lucius es uno de los personajes centrales de la historia, pues es el único que afronta sus exigencias como hombre de una forma distinta a los demás.

Mientras que la comunidad en general se contenta con la aceptación de las reglas impuestas sin dar espacio al desafío que la realidad siempre presenta –por ejemplo con la muerte de un ser querido–, él no se conforma y no elimina o reduce su deseo; quiere ver qué hay más allá del bosque, por qué hay que contentarse con una vida mediocre cuando las exigencias apuntan a que la muerte no puede ser definitiva, a que el dolor debe tener un remedio o un significado. Es claro el momento en que habla con la que será su novia, Ivy, que es ciega, y le dice:
- ¿No te da rabia no poder ver? –a lo que ella le contesta:
- Sí que veo, pero de una forma distinta a los demás.
Se ven aquí, aunque cierto es que la película no los resuelve del todo, dos puntos de interés. Por un lado el deseo irreductible de Lucius, que no se contenta con seguir una norma que no responde plenamente al dolor y quiere ver más allá del bosque, ver si la realidad está a la altura de sus exigencias. Por otra, la visión de Ivy, que por decirlo con palabras de Antoine de Saint Exupéry “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Es decir, el bosque como barrera, no es más que una alegoría para hacer ver que el deseo humano está hecho para ir siempre “más allá”, pero lejos de absolutizarlo en una búsqueda topográfica del tipo “hay un lugar mejor”, Ivy le recuerda que lo esencial está ya en la realidad misma, tal cual se presenta. 

En otro plano se podría situar también el discurso político de cómo el poder intenta imponerse al ciudadano, debiendo ser éste gobernado por su propio bien. Con un estilo rousseauniano, la comunidad parece un colectivo de “buenos salvajes” que no se han contaminado con la sociedad que corrompe y son por ende, criaturas inocentes y buenas que se comportan según el bien común. Esto es claramente una utopía de trasfondo moralista –pretensión de que seguir unas reglas es suficiente para el ánimo humano–, si bien cargada de las mejores intenciones, esto es, evitar el mal. 
Es decir, la cuestión central y el drama del poder, no es tanto el acotamiento del mal o la organización perfecta, sino si ese mal y la imperfección humana tienen un significado, si hay algo más que no lo reduzca todo a eso. Por tanto el buen gobierno debiera obedecer a la facilitación de un espacio donde el hombre pueda devenir verdaderamente libre y formado para juzgar por sí mismo; más que solapar a lo real un escenario preconcebido con una visión siempre parcial. Pues como se ve en el personaje de Noah, el mal –aún sin ser malicia, porque no está claro que pueda usar completamente y en todas sus facultades su libertad debido a la enfermedad– y el dolor, son parte indisociable de lo real y de lo humano. Es más, sin mal no existiría libertad –opción a elegir– y sin dolor, nada valdría la pena, nada importaría.

Se ve no obstante, el carácter totalmente ideológico, esto es, alejado de la realidad; en que el poder siempre tiene que eliminar algo, siempre hay un punto de oscuridad que o se acepta acríticamente o rompe el “orden”. Así el poder tendrá que relegar el dolor que la vida conlleva como algo incomprensible y sujeto a sumisión, además de cortar con el pasado y delimitar la realidad a lo medible, lo que alcanza al control, es decir, la aldea. Huelga decir, que el instrumento para ello como tantas veces, es el miedo. Hay que inventarse una farsa, porque el pensamiento último es que la realidad está mal hecha. Por tanto, quien detenta el poder –por democrático que el Consejo sea– se hace a sí mismo un semi-dios, juzga lo que es bueno y lo que es malo, lo que debe eliminarse o conservarse.
¿Qué vence entonces el miedo? ¿Qué le permite al hombre ser libre? La historia apunta en la dirección adecuada. Primero una no censura de la exigencia de bien, justicia, verdad y belleza que lleva todo hombre dentro, en este caso, encarnado en Lucius. En segundo lugar, la experiencia de una correspondencia a este deseo de infinito, que se encarna de forma más patente en Ivy. Ya que sin la experiencia de la posibilidad o como mínimo la hipótesis de cumplimiento, las exigencias pueden tornarse en lo contrario, desesperación y huída. La experiencia de su amor por Lucius, de un amor que traspasa lo mundano, que mira más allá de la muerte –“si él muere desaparece todo lo que para mí es vida”–, le hace vencer el miedo, conocer mejor la realidad en tanto que se adentra en ella –descubre la farsa– y ponerse en movimiento: siendo ciega es la única que será capaz de atravesar el bosque para encontrar medicinas.

Es la luz del amor la que vence el miedo, la que vence las tinieblas del pecado, la herida del mal. Citando a Juan Luís Caviaro: “El amor es la luz que identifica, dignifica y da sentido al ser humano; es aquéllo por lo que merece la pena vivir y morir. Los monstruos (los reales y los simbólicos) viven entre tinieblas, incompletos y violentos, inseguros y autodestructivos; ineficaces y realmente ciegos ante esa luz única.”(1) Sin embargo, el razonamiento hasta aquí levanta alguna sospecha, falta algo, parece que nos quedemos en un romanticismo tergiversado con simple final feliz. Si afirmamos que la película es incompleta es por la pregunta obligada: ¿qué pasa si Lucius muere a pesar del intento de su novia? ¿Cuál es ese amor que da sentido al vivir y que traspasa la muerte, del cual el amor humano es signo?

1) http://www.blogdecine.com/criticas/criticas-a-la-carta-el-bosque-the-village
Marc Massó

domingo, 21 de octubre de 2012

American Beauty


Con esta película ganadora de 5 Oscars, Sam Mendes entra por la puerta grande en el mundo del cine. Por un lado, American beauty es una descarnada crítica al american way of life, que a través de la industria hollywoodiense tan bien conocemos. Por otro, es una profundización muy inteligente en el modo de vivir del hombre de nuestros días, en el cual la vida es una monótona nada que debe ser reducida a la tiranía de la normalidad y del pensamiento común: el trabajo, la casa, la mujer, los éxitos, los hijos… Una vida normal, ideal se diría, pero perfectamente vacía. Con todo, hay un elemento diferencial y recurrente, las rosas; que “cosifican” un concepto abstracto como el de belleza concretándolo en todo lo cotidiano en la vida. No por casualidad en multitud de escenas se pueden observar ramos de rosas rojas que acompañan la acción de los personajes, como indicando que lo bello siempre está presente aunque no nos percatemos.


La película empieza con una voz en off que resulta ser la del protagonista, que nos cuenta lo que va a ir sucediendo y nos informa de que morirá, lo cual deja entrever que su presencia implica ya, de alguna forma, un más allá. Lester Burnham (Kevin Spacey) es un hombre gris, padre de familia, que comienza su día masturbándose porque a partir de ahí “todo va cuesta abajo”. Como él mismo dice, es un muerto en vida. Con cierta compasión le viene a uno a la cabeza la frase del poeta Cesare Pavese: “Lo que el hombre busca en el placer es un infinito, y nadie jamás renunciaría a la esperanza de conseguir esa infinitud”. Su vida transcurre bajo la asfixia del trabajo, el ninguneo al que le somete su mujer obsesionada por el éxito y la apariencia –nótese el cuidado en las escenas donde la mujer siempre está más alta que él–, así como en la dura confrontación con su hija que, no viendo respuesta a la altura de sus deseos en el ejemplo vital de sus padres, huye de ellos, manteniendo una relación tensa con los mismos.

Cada uno de los personajes encarna un arquetipo de vida, en los cuales, quizás a modo de collage, nos podríamos ver identificados nosotros mismos –pues somos hijos del mismo mundo–, en distintos momentos de nuestras vidas. En este sentido, Carolyn Burnham (Annette Bening) encarna la mujer ambiciosa que lo dará todo para triunfar y en la que todo en su vida es un medio para su egoísta realización personal, incluidos su marido, su coche o las rosas de su jardín –el cuidado de la belleza no nace de un amor, sino de una pretensión que la instrumentaliza–. Jane Burnham (Thora Birch) es la adolescente que muestra una estética siempre apática y gris, oscura, pero a diferencia de su padre, como protección, como rebeldía frente a la superficialidad y falsedad de sus progenitores. Su amiga Angela (Mena Suvari), elemento central de la película por su belleza, por el contrario, encarna el aparente éxito y la falsa seguridad, mentira mediante, que no esconde sino una abismal inseguridad y falta de amor por sí misma. “No hay nada peor que ser vulgar”, es su principal temor; lo cual sólo refleja la carencia de una afectividad verdadera, que no se base en lo aparente y superficial sino en lo profundo de la persona. De ahí que conciba su cuerpo como un mero instrumento también.
La película, como el título indica, trata de la belleza. No critica simplemente la falsedad de los personajes que interpretamos en nuestras vidas movidos por lógicas externas, sino que eso se revela como dato de lo que somos y de nuestra infelicidad. Véanse a modo de muestrario, algunas referencias cromáticas implícitas a la bandera americana en las escenas: la casa es de puerta roja, ventanas azules y pared blanca, el armario de la escena final es blanco, con camisas azules y el vestido rojo de Carolyn; la mesa en la casa es blanca, con un jarrón azul que contiene rosas rojas, etc. Por lo que se deduce que la crítica va a la opulencia desencantada del modelo occidental vacío de significado. De lo que habla la historia es que el hombre está hecho para lo bello y que sólo lo bello, lo extraordinario, aun cuando no se sabe mirar o apreciar bien, es capaz de hacernos ser más nosotros mismos. Sólo así, tras enamorarse de Angela de una forma meramente erótica, Lester decidirá renacer, rehacer su vida y plantearse en serio ser feliz.

Veamos aquí cómo la película lejos de un moralismo que resultaría parcial, introduce la dinámica humana de forma sumamente inteligente y realista. Lester acomete lo que cualquiera consideraría una locura y roza la pederastia, que es querer acostarse con la amiga de su hija. Eso es lo que es capaz de entender él, con su limitada perspectiva de vida –la voz en off constantemente nos recuerda eso–. Pero el punto de interés no es lo bueno o no que sea Lester al intentar cambiar o lo moralmente recto que sea; sino que la belleza, por su singular esencia, ya genera, ya mueve, ya permite que uno cambie. De hecho, no es casual que cada vez que Lester se imagina a Angela en situaciones provocadoras aparezcan pétalos de rosa, como queriendo indicar que la belleza que él imagina es más que eso, que hay una belleza mayor, más potente, que no el simple cuerpo de Angela; que con el tiempo, cualquier realista sabe va a envejecer, como todo. Por tanto sería más interesante preguntarse: ¿qué es lo que permanece, qué clase de belleza y significado necesita el hombre para ser feliz?
Así vemos con perplejidad como un hombre de cuarenta y tantos años, cual enamorado de quince, recupera el gusto por su vida, por gozar de lo que tiene y ser libre de las pretensiones, planes y expectativas que siempre son autoimposiciones y no cosas reales –nótese la distinta postura en la escena del sofá con Carolyn–. Empieza a cuidarse, a hacer deporte, a escuchar la música que le gusta, incluso hasta a fumar porros, en lo que parece ser una huida hacia delante, si bien, más verdadera que su anterior vida. Por el contrario, contrasta la impotencia de su mujer que incluso usando sus mejores técnicas y consejos de autoayuda es incapaz de añadir un ápice de felicidad a su vida. De hecho, su referente Buddy Kane, el “Rey” del Real State (Peter Gallagher) resulta ser otra mera apariencia. Es exitoso, pero su vida es inane, como se constata en su aventurilla post divorcio de éste.

Sin embargo, entra en escena el vecino Rick Fitts (Wes Bentley), un joven, dícese que perturbado por su extraña manera de comportarse. Va siempre con una cámara para poder capturar la belleza que detecta a través de su penetrante mirada. Paradójicamente, el tarado, es el único que es capaz de mirar de verdad, de darse cuenta de la belleza que hay en todas las cosas, de que hay algo detrás de todo lo que vemos que lo sostiene, que lo hace infinitamente misterioso y bello –recurrimos a la escena de la bolsa, ¿quién la hace bailar?–. Es así, con esta verdad en la mirada, que se dará rápidamente cuenta que la única original es Jane, pues es la única que aún conserva el deseo de que las cosas sean buenas, aún no ha sucumbido a la mediocridad democráticamente aceptada. He aquí la paradoja, en el mundo donde la nada domina, los personajes verdaderos son los "extraños".
La diferencia en las relaciones entre ellos dos que se enamoran y las demás relaciones de la película es evidente. Ellos están juntos porque sus vidas crecen, entienden más, la realidad se hace mejor estando juntos. De hecho hablan de la belleza, del sentido de las cosas, de sus deseos más profundos o de la muerte. Incluso sus desnudos, no son eróticos meramente, son más intimistas, en el sentido de que es un desnudo preferencial: me desnudo porque contigo puedo, porque soy yo mismo, no para excitarte. Cabe recordar que Jane es capaz de desnudarse con Rick aun cuando no le gustan sus pechos y que empleará el dinero que tenía ahorrado para solventar tal situación para huir con él. Por el contrario Carolyn sólo huye acostándose con Buddy mientras que Lester busca a tientas una autenticidad que no conoce, en sus fantasías con Angela.

Así, Lester recuperará su paternidad y entenderá al final, cuando pudiendo tomar a Angela, que se encuentra deprimida, no lo hace y recupera el nivel educativo de su persona acogiendo a Angela y consolándola, entendiendo que Angela no es para su goce y disfrute, sino que es una persona con dignidad e igual deseo de bien que el suyo, y que sólo uno es más él mismo cuando sirve y quiere (el origen de ambas palabras es común) al otro. Hay otro personaje de interés, el coronel Frank Fitts (Chris Cooper), el cual no sería descabellado pensar que representa de alguna forma el poder, la autoridad, la ley. No en vano ha sido formado en la rigidez del código militar y además posee armas, lo cual infiere poder, capacidad de quitar o permitir la vida.
Es interesante porque no aceptando su propia homosexualidad –pues va en contra de los principios por los que siempre se ha regido– y tras una lamentable confusión al pensar que Lester se beneficia sexualmente de su hijo, acaba matando a Lester. Por un lado se ve como la norma de por sí, el poder establecido, en ausencia de la experiencia y el encuentro con las personas concretas, no permite la libertad del hombre y lo tiene que matar, pues todo lo que queda fuera de la norma, no existe, o mejor, no debe existir. Por otro lado, el malentendido nace de la confusión al presenciar escenas parciales, a través de ventanas o grabaciones, esto es, alejadas de la experiencia personal, dejando lugar a la interpretación, que se demuestra errónea. He aquí un apelativo a la experiencia y la libertad y no al adoctrinamiento y al dogma.

Podría parecer que el final con la muerte no es un final feliz que tanto gusta al espectador superficial. Pero el director, pensamos, con este recurso consigue un efecto increíble, pasando por un lado la pelota al espectador provocándolo –al huir del happy ending preconcebido–, y por otro recogiendo la historia y los personajes presentes en ella de una forma maravillosa. El monólogo de Lester nos informa que desde el cielo (donde está la cámara) las cosas se ven con más claridad –“veremos como somos vistos”, parafraseando a san Pablo– y que la sobreabundancia de Belleza recoge perfectamente, misericordiosamente, nuestros irónicos y tantas veces patéticos intentos de ordenar nuestras vidas, lanzando el desafío al espectador: “[…] y no puedo sentir más que gratitud por cada instante de mi estúpida y pequeña vida. No tienes ni idea de lo que estoy hablando, estoy seguro. Pero no te preocupes. Algún día lo sabrás”. Quizás sea hora de empezar a buscar y dejarnos cautivar por la Belleza, en definitiva, a ser libres.

Marc Massó