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martes, 2 de abril de 2013

Million Dollar Baby


En el año 2004 Clint Eastwood volvió a mostrar al mundo su talento y su capacidad para contar historias muy humanas con una sensibilidad única. "Million Dollar Baby" triunfó en los Oscar consiguiendo cuatro de los siete premios a los que optaba: mejor película, director, actriz y actor secundario; sin duda, todos ellos más que merecidos. En esta ocasión, Eastwood plantea un tema espinoso como es la eutanasia, y lo hace de tal forma que aunque no compartamos su desenlace, reconocemos que lo que nos quiere contar y cómo lo hace, es algo que nos interesa. El desarrollo de la historia, lejos de un debate ideológico se centra en la narrativa desde la humanidad de los personajes, algo en lo que cualquiera de nosotros podría verse reflejado y que por tanto, pone en juego el propio juicio y la exigencia de significado.

Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de boxeo que regenta un gimnasio tan viejo como él y que se cae a pedazos, como su vida. De nuevo Eastwood interpreta a un personaje del cual no vemos a su esposa, pero cuya presencia es patente. Dunn tiene una hija con la que no se habla desde hace años y a la que le escribe cartas que continuamente le son devueltas sin siquiera ser leídas. Además de al gimnasio, Frank acude cada día a misa y disfruta poniendo a prueba al joven sacerdote. Su ayuda en el gimnasio es su amigo Scrup (Morgan Freeman) que fue un gran boxeador al cual le faltó un combate. El gimnasio es un protagonista más de la película, tiene luces y sombras como el resto, tiene quizás demasiados años, pero en su interior alberga la esperanza de que la vida puede ser diferente para todos los que pasan por él.


Maggie Fitzgerald (Hillary Swank) tiene un sueño, ser boxeadora profesional, pero como a los demás parece que se le ha pasado su momento, ya que supera los 30 años de edad. Vemos cómo cada mañana madruga para entrenar, luego trabaja como camarera y come lo que otros se dejan en sus platos. Cuando termina su turno va al gimnasio de Frank a seguir entrenando. Su ideal es el boxeo y hará lo que sea necesario para alcanzar lo que se ha propuesto. Ve en Frank al hombre adecuado para entrenarla, pero hay un problema, y es que Frank no quiere entrenar a una mujer, así que la ignora. Pero Scrup se conmueve viéndola entrenar sola una noche en el gimnasio y le empieza a dar consejos. Ella mejora y finalmente Frank da el paso. Se nos muestra visualmente como el momento en que deja de observar a Maggie desde una cierta altura y desciende a su lado para guiarla en un combate; este paso cambiará sus vidas por completo.


Eastwood nos presenta de nuevo unos personajes que arrastran en sus vidas un dolor que les hace vivir entre esas sombras que tiene el gimnasio, caminar en los claroscuros buscando algo que dé luz a sus vidas y les permita dejar de tener miedo o de sentirse culpables. Frankie Dunn vive determinado por la distancia que su hija ha tomado con él, lo cual le genera un sentimiento de culpa y acude a la iglesia buscando una respuesta, a la vez que entrena a sus chicos intentando llenar su vida dándose de alguna forma a otros. Puede parecer un viejo gruñón y cascarrabias, asqueado con la vida, pero su forma de mirar a los demás no nos dice eso. Vemos cómo lo da todo por su primer boxeador, cómo se compromete con Maggie, cómo no cesa de tender una mano a su hija contra toda esperanza o cómo es su amistad con Scrup. Maggie, por su parte, vive con el dolor por la ausencia de un padre que perdió siendo niña y con la antipatía de su familia (unas personas deleznables, incapaces de dar su vida a algo más que la televisión por cable o Disneylandia) hacia lo que ella ha elegido como profesión; a pesar de todo, Maggie siempre busca ayudarles. Scrup vio truncada su prometedora carrera en el boxeo al perder la visión en un ojo durante un combate y desde entonces vive esperando un último asalto, que le llegará en forma de acto de justicia. Hay otra persona en esta historia que no queremos pasar por alto: el joven que se hace llamar “Peligro”, un chico de Texas al que el novio de su madre abandonó en Los Ángeles sin dinero y que busca en el gimnasio un hogar del que ha sido expulsado. Sin ninguna aptitud o habilidad para el boxeo se pasa los días entrenando (o intentándolo), bajo la mirada protectora y paternal de Scrup, el único que le ha acogido sin pedirle nada a cambio.


De esta forma, podemos ver como el gimnasio es el lugar en el que se cruzan vidas rotas y desahuciadas, una especie de purgatorio en la tierra, en el cual uno puede ser rescatado cuando un mirada más verdadera sale a su encuentro. Frank tendrá en Maggie a la hija cuyo afecto busca insistentemente. Y Maggie recuperará en la figura de su entrenador al padre que perdió, el único que será capaz de enjuagar sus lágrimas y transmitirle que no está sola en este mundo. Ya que este es el drama que viven los personajes de “Million dollar baby”, la soledad, y todos buscan una compañía que les rescate, aunque sea a base de derechazos en un ring.

Cuando todo parece ir bien, Maggie ya está en lo más alto, la gente corea su nombre o el apodo que Frankie le ha dado y cuyo significado le revelerá al final, de pronto Eastwood nos golpea con la misma fuerza e imprevisibilidad que la vida, para dejarnos tumbados y lanzarnos a la gran pregunta sobre el sentido de la misma. A partir del momento en que Maggie queda postrada en una cama sin poder mover su cuerpo, deja de entender que su vida sea un bien, que su existencia tenga un sentido y termina pidiendo a Frank, tras una tenaz lucha por quitarse la vida, que le ayude a morir. Desde esta petición las imágenes van perdiendo luz, simbolizando la oscuridad en la que se adentran los personajes. No se trata de juzgarles sino de dar a entender que la decisión que Frankie tome no tendrá vuelta atrás; no solamente para Maggie, sino también para él. Por ello, una vez que Frank hace lo que Maggie le pide, desaparece, nunca más nadie volverá a verle, y termina en una escena casi onírica en la que le vemos sentando en una bar perdido en medio de ninguna parte, un lugar atemporal y sin una ubicación física.


La película muestra con una cuidada crudeza y con un pulcro realismo cómo incluso el alcanzar el propio sueño no basta, cómo el tesón y todos los esfuerzos humanos encuentran un último freno, una última incapacidad para saciar el propio deseo. ¿Quién no siente la desproporción entre lo que anhela y lo que consigue? ¿Quién, como Maggie, no ha visto la fragilidad de la vida y cómo no depende de uno mismo su cumplimiento? ¿Es que acaso podemos dar razón de por qué late nuestro corazón ahora? ¿Es que hay alguien que por sí sólo consiga darse un segundo más de vida? Son preguntas durísimas, posiblemente sea imposible dar una respuesta sin haber hecho experiencia. Por ello, valoramos en Eastwood una exquisita y delicada honradez en reconocer la inconmensurabilidad de dichas preguntas a la vez que la incapacidad del ánimo humano para responderlas, ni tan siquiera para sostenerlas. De esta forma, Scrup habla de Frankie como un hombre bueno, un hombre que no pudo soportar tanto sufrimiento porque amaba. Sin embargo, acallar ese sufrimiento no lo elimina, casi lo multiplica. Acabar con una vida no da sentido a esa vida. Entonces la pregunta queda abierta, sin tregua para el espectador: ¿qué da consistencia a la vida? ¿Qué vence el dolor y la muerte? Una vez más Eastwood pone las cartas sobre la mesa, no desde el debate partidista, sino desde la humanidad que reside en cada uno y que exige una respuesta.


                                                                                                                Alberto Ribes

martes, 29 de enero de 2013

Sin Perdón


En los años 70 David Webb Peoples (también guionista de Blade Runner) escribió el guión de Sin Perdón, Francis Ford Coppola tuvo una opción de compra sobre los derechos del guión que tras no ejercer expiró, momento en el cual Clint Eastwood se hizo con ellos. Sin embargo, no rodó la película hasta casi diez años después, ya que quería tener la edad del protagonista de la historia. En 1992 Sin Perdón se hizo con los Oscar a mejor película, director, actor secundario y montaje.

Estamos ante la película que para algunas personas termina con el western, algo que se puede entender en una doble vertiente. Por un lado, se puede pensar que la película está tan bien hecha que ya no se podría hacer nada mejor; y por otro lado, se puede pensar que termina con el western porque lo desmitifica. Aceptamos las dos interpretaciones.

Ciertamente “Sin Perdón” es una gran película, lo es por su guión, también por su fotografía, por su banda sonora y cómo no, por unas interpretaciones a la altura de la historia. Por ello, realmente será difícil hacer un western al menos de esta calidad. Sin duda, Eastwood está a la altura de los grandes directores de western como Howard Hawks o el inigualable John Ford. De hecho, enlaza muy bien con una cierta desmitificación que ya se pudo ver en las obras de este último, como es el caso de la que para Spielberg es la mejor película de la historia: “Centauros del desierto”.

Lo que sabemos del pasado de William Munny (Clint Eastwood) no es mucho y se nos dice nada más empezar la película, que fue un hombre de mala vida, un pistolero, borracho y mujeriego. Justo en esta primera presentación se nos habla también de un personaje al que no veremos en toda película, pero cuya presencia se nos hará patente en varias ocasiones: la mujer de Munny. Nadie sabe por qué una chica como ella se casó con un tipo como él, nadie sabe qué vio en un hombre violento y desalmado para dejarlo todo y darle su vida. Puede que Munny fuese un gran pistolero, rápido y sin escrúpulos, pero la primera imagen que se nos da no encaja con esa descripción, ya que le vemos arrastrado por el barro separando a sus cerdos enfermos. Es el ocaso de los tipos como él y la búsqueda de algo que dé sentido a sus vidas.


Big Whisky es un pueblo pequeño gobernado con mano férrea por su sheriff, Little Bill (Gene Hackman). Una noche dos vaqueros maltratan a una prostituta hasta desfigurar su cara. La justicia del sheriff no es suficiente para el resto de prostitutas, así que deciden juntar todos sus ahorros y ofrecer una recompensa para aquél que mate a los dos vaqueros. Vemos aquí el primer tema de la película: en un mundo donde la justicia terrenal es insuficiente, en donde prevalece la ley del más fuerte; sólo cabe ajusticiar con violencia. Ojo por ojo y diente por diente. De hecho, una de las grandes razones que justifican al entender de los habitantes del lugar la muerte de los vaqueros es el hecho de haber marcado a una dama. Incluso siendo prostituta sigue habiendo un código moral y social por decirlo de alguna forma, que se debe respetar. En palabras de una de las furcias: “Que dejemos que nos monten como a caballos no significa que nos puedan marcar como a caballos”.

Así las cosas, la noticia corre como la pólvora, llegando a oídos de un joven que aspira a ser un gran asesino y que se hace llamar Schofield Kid, el cual va a buscar a Munny para ofrecerle matar juntos a los dos vaqueros y repartirse la recompensa. En un primer momento Munny declina la invitación, según dice es un hombre reformado gracias a su mujer. Pero contemplar sus cerdos enfermos y la miseria en la que vive le hace cambiar de idea, ya que quiere darles algo mejor a sus hijos. Munny sólo exige una condición a Kid, y es que les acompañará su amigo Ned Logan (Morgan Freeman) y el dinero se repartirá entre los tres.


Poco a poco, Eastwood nos va descubriendo quién había sido Munny a través de leyendas que cuenta Kid. Así conocemos de su violencia y de cómo Logan y él recorrieron juntos el oeste robando y matando. A pesar de que Munny habla constantemente de que se ha rehabilitado, es su amigo Ned el que le recuerda que si su mujer siguiese con vida no se habría embarcado en este negocio. Además, Munny en sueños y delirios tiene pavor a la muerte, no por cobardía, sino como aquél que se sabe en deuda moral con la vida, como aquél que no ha expiado sus pecados y sabe que aún ha de cumplir penitencia, es la clara imagen del reo que no ha conocido expiación, que no ha experimentado una misericordia total frente a su maldad. La redención aún no ha llegado.

El tono de la película es de una aparente nostalgia por un tiempo pasado que llega a su fin, la época de los pistoleros, del salvaje oeste por conquistar, de un mundo sin leyes ni autoridad se está acabando, ya sólo quedan recuerdos y vaqueros a los que les cuesta subirse a un caballo. Además, antiguos pistoleros como Little Bill, ahora están aparentemente al servicio de la ley, aunque sea la ley que ellos dictan. El final del tiempo de los pistoleros es patente en toda la película, lo vemos en varios detalles. El más claro es que todos los pistoleros con fama son ya viejos, Munny, Little Bill y Bob el inglés; no hay ningún pistolero joven con un nombre que infunda tanto temor como los de estas viejas glorias, el único joven que desea convertirse en uno de ellos desistirá. Por ello, son los últimos de una especie a punto de extinguirse. Además, Bob el inglés, no llega a caballo al pueblo, como correspondería a un vaquero, sino que utiliza el tren y se hace acompañar de un cronista que se dedica a recoger y narrar todas sus aventuras pasadas, haciéndolas superlativas para maquillar una realidad a todas luces decadente. Un último apunte, Munny monta una yegua, no un caballo, y monta muy mal.


Sin Perdón” nos habla sobre lo que su título indica, qué sociedad es la que se construye teniendo como cimientos la venganza; y es más, aceptando que los crímenes que uno haya cometido no pueden ser perdonados, y algún día se pagará por ellos. Por eso Munny cree merecer que le maten, y sólo espera a que llegue alguien a hacerlo; de hecho, es lo primero que le pregunta a Kid cuando va a buscarle. Incluso cuando uno intenta enmendar de alguna forma su error, como hace uno de los dos vaqueros que maltrataron a la prostituta (precisamente el que menos culpa tenía) se encuentra con que un atisbo de perdón en los ojos de la víctima es barrido por una ola de violencia y gritos del resto de compañeras.

Nos parece muy interesante el personaje del joven Schofield Kid, que ha crecido escuchando las historias de Munny y otros pistoleros, y quiere ser uno de ellos. Podemos decir que está empapado de un cierto romanticismo que le hace ver esa vida como un ideal a  alcanzar, encontrando aquí una de las genialidades del guión, y es que este joven romántico es corto de vista, lo cual le impide acertar disparando a más de 50 metros. No ve bien hasta que no tiene las cosas cerca, y no entenderá lo que es quitar una vida hasta que no tenga la muerte frente a frente. Cuando Munny, Logan y Kid deben matar al primer vaquero, apreciamos la torpeza de unos pistoleros desentrenados y el absurdo de un asesinato. En primer lugar, Logan no puede disparar, ha dejado atrás esa vida, y se ve incapaz de quitar otra vida más, él es uno que sí ha alcanzado una auténtica redención. Munny no se lo echa en cara, decide hacerlo él mismo, necesitando varios intentos para acertar, hasta que al final el joven muere desangrándose mientras pide agua para beber. Después de este suceso, Logan abandona el grupo para volver a casa junto a su esposa.


Será entonces cuando los hombres del sheriff capturen a Logan, que muere por los golpes recibidos bajo tortura. Al conocer la noticia Munny vuelve a beber por primera vez en muchos años lo que significa que recupera plenamente su pasado para vengar a su amigo; es decir, vuelve a su época de pistolero, a juzgar y valorar la realidad con sus criterios de antes, sin que la vida junto a su mujer pueda aportar ninguna luz para enfrentarse de una forma distinta a este suceso. Durante toda la película, Munny no se ha presentado a la gente del pueblo ni al sheriff con su verdadero nombre, lo hará cuando en la escena final entra para acabar con todos; una escena inolvidable, y que todos esperábamos ansiosos, porque en buena parte y erróneamente, creemos que la justicia es eso y que esa venganza podría calmar nuestro dolor. Mientras, Kid, tras haber matado al otro vaquero (el primer hombre al que mata) se da cuenta del horror de la muerte y decide abandonar, no quiere seguir con esa vida. Quitar una vida es algo muy duro, algo que Munny hacía sin miramientos porque siempre iba bebido. Vemos cómo la conciencia (el corazón del hombre) debe ser adormecido de alguna forma para que las cosas no le afecten entendiendo que el mal es antinatural y por tanto antihumano. El propio Munny reconoce la dureza de quitar una vida cuando le dice a Kid que “cuando matas a alguien no sólo quitas lo que es, sino también lo que podría llegar a ser”.


Ahí se da a entender también el anhelo de la misericordia, de la misteriosa redención de un hombre; pues ¿quién decide dónde reside el valor de su vida? ¿Acaso el mal cometido es determinante o hay algo más allá? Éste es uno de los conceptos básicos que se puede ver con claridad en otras películas como “Los miserables” en el enfrentamiento entre Jan Valjean –el ladrón- y els inspector Jabert –la justicia humana-.

Sin Perdón” es un homenaje al western, muy claro en la dedicatoria a Don Siegel y Sergio Leone, y presente en planos que recuerdan a John Ford, o en el sobrenombre de Bob el inglés, el Duque, que era el apodo de John Wayne. Sin perdón desmitifica al western porque baja del imaginario colectivo a la realidad humana. Presenta personajes de carne y hueso, pone frente a frente la leyenda y la realidad, lo romántico y lo veraz. Es una obra maestra no sólo por su confección, sino porque revaloriza un género a la altura de lo humano, hace trascender en un asesino, en una leyenda del Far West, ese atisbo de infinito, ese grito humano que busca el bien, la plenitud y el perdón; aún cuando todo conspire para acallarlo. Eastwood, consigue que entendamos lo que se presenta como interrogante en la película: ¿qué vio su mujer en un asesino? Puede decirse que acaba con un género porque ya no se usa para reinventar la historia, para el mero goce con un género más o menos pintoresco; sino que cuenta al fin y al cabo la mejor historia que se pueda contar; la vida de un hombre.


                                                                                                      Alberto Ribes