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lunes, 22 de abril de 2013

El hombre sin rostro

Mel Gibson sorprende a público y crítica debutando como director en 1993 con esta película. Basada en una novela homónima, cuenta la historia de amistad entre un profesor y su alumno. Charles E. ‘Chuck’ Norstadt (Nick Stahl) es un niño que alberga el sueño con el que da comienzo la película: ingresar en la academia militar de West Point para ser piloto de aviación. Lo curioso del sueño es cómo cada detalle de éste está inventado, imaginado por él mismo, viéndose a la madre orgullosa y radiante, a la hermana que no le cae bien amordazada, etc. Si bien, a cierto punto se da cuenta de que falta algo, hay un rostro entre la multitud que no consigue ver, alguien a quien busca y no encuentra. Es como si el propio muchacho percibiese que su sueño no puede ser confeccionado por sí mismo, necesita de otro que le ayude, que le introduzca, que le forme, para poder llegar a esa academia. De vuelta a lo real se nos muestra cómo las cosas no parecen estar muy fáciles para él. Sus notas no son buenas y debe pasar un difícil examen al final del verano. Además vive una compleja situación familiar en un hogar con la ausencia de su padre y una familia absolutamente fragmentada, con varias hermanas de distintos matrimonios de su frustrada madre y un constante ir y venir de nuevos amantes de ésta. Chuck es tratado siempre con una condescendencia que, aunque bien intencionada, le resulta profundamente discriminatoria y humillante. Todos están preocupados por cómo la falta de su padre y la compleja situación familiar pueden afectar al niño, volviéndolo un incapaz, al que le cuestan más las cosas que a los demás. Otra vez vemos que las primeras cuestiones del fracaso educativo empiezan por el núcleo familiar.

De nuevo se observa la dinámica donde se trata a la persona no por su totalidad, sino por datos parciales; como un objeto, es decir, se lo objetiviza bajo el prisma de alguna enfermedad, en este caso, psicológica. Ello provoca una reactividad en el chico, que se defiende instintivamente de dichas intromisiones de forma violenta –como cuando decide pinchar las ruedas del coche de su madre en el Ferry– que no hace más que agrandar el círculo vicioso: cuanto más violento y huidizo, más argumentos de preocupación tienen los psicólogos y adláteres. Al niño no le pasa nada más que lo obvio: su madre tiene un problema afectivo gravísimo y en tanto que ni se sostiene ella, menos aún a su hijo; y por otro lado, la ausencia de un padre y de un hogar que permita su correcto crecimiento y enriquecimiento como persona, dificulta que todo lo que lleva él dentro se desarrolle y brille. Chuck sólo necesita alguien que lo quiera como es, que le ayude a crecer y a expresar lo que desea, encontrando en la realidad aquello que mejor responda.

Así Chuck encontrará en el estudio una buena excusa para ausentarse de su casa durante los días de vacaciones. Necesita estudiar, pero a pesar de sus intentos vemos que está completamente desorientado. En su lugar de veraneo existe otra persona que apenas se deja ver y del cual circulan leyendas y ficciones por doquier. Chuck lo verá primero en el Ferry y luego tras una excursión en barca a una cala cerca de la casa del enigmático personaje, en la cual olvidará sus apuntes y libros y a la que deberá volver. Esta casualidad permitirá que Chuck y el profesor Justin McLeod (Mel Gibson) se encuentren por primera vez. Chuck le pedirá que lo ayude a estudiar, pero al inicio el profesor declina la propuesta, aun cuando el niño le ofrece compensarle económicamente: “No podrás pagarme”. Se empieza a ver aquí ya que el asunto no es un tema económico, sino mucho más profundo. Chuck volverá incansablemente a la casa del profesor para pedirle que lo forme hasta que éste accede de una forma peculiar: “Cava un hoyo”.

Es interesante ver cómo el factor que mueve el aprendizaje es el deseo del niño. Él quiere ser piloto y para conseguirlo debe conocer una realidad que desconoce y, de hecho, desconoce incluso lo que debe conocer. Por ello la propuesta del profesor se le antoja arbitraria y decepcionante: “¿Por qué tengo que cavar un hoyo? ¡No sirve para nada!”. Vemos aquí el segundo punto de interés: la autoridad y la disciplina. Tal como le espeta McLeod, si quiere que él sea profesor le deberá llamar “señor” y deberá obedecerle. Hay una clara distinción entre el plano docente y discente, sin que ello sea objeción a la amistad verdadera que surge con posterioridad. Para nada la forma de actuar del profesor es caprichosa tal como se demostrará luego. McLeod apela a la libertad del niño y a su deseo, es como si le dijera: si quieres ser aviador debes estudiar y como no sabes, debes aprender. Dado que yo soy profesor yo te enseñaré, pero para ello debes fiarte de mí aun cuando no entiendas, porque precisamente porque no entiendes es por lo que necesitas estudiar, por tanto sólo entenderás cuando te hayas fiado de mi palabra. Contrariamente, el ámbito social y familiar del chaval apelan sólo a su límite, causándole rabia, y a un escenario pequeño, preconfeccionado por ellos y su estrechez de miras, según su criterio de lo que es posible o no; sin darle la oportunidad al chico y a la misma realidad de que hablen, es decir, de ver en efecto la plausibilidad o no de que entre en la academia. Esta mirada sobre la realidad reduce el verdadero deseo del niño y lo hace ir a expensas de los demás, haciendo de él un inútil, efectivamente, cerrando la profecía autocumplida.

Veremos cómo el contraste entre ambas opciones es evidente. El niño a medida que estudia con el profesor aprende, conoce mejor las cosas, se conoce a sí mismo, se hace inteligente; esto es, capaz de discernir (legere) entre (ínter-) las cosas. El meollo de la cuestión cognoscitiva no es de una mayor o menor capacidad intelectual, sino de una postura adecuada ante las cosas. McLeod se demuestra un verdadero maestro en la medida en que hace aflorar lo mejor del interior del chico y le permite ser más el mismo. Además no enseña según su criterio, sino según el criterio de las cosas: dado que el método de conocimiento lo impone el objeto (no es lo mismo estudiar una piedra que una planta o un animal), el profesor lo introduce en lo real según la verdad de lo que estudian. Por ello partirá de lo que es el propio chaval, haciéndole buscar sinónimos de “mierda” dado que es un mal hablado, o lo instruirá en la recitación y actuación del teatro, no en su mera lectura. La prueba es la satisfacción y la alegría que suscita en Chuck. Ello llevará naturalmente al desarrollo de una amistad grande y verdadera entre ellos, donde compartirán sus vidas y el significado de las cosas.

Por un lado McLeod verá la difícil situación de Chuck y por otro, Chuck entenderá por qué su profesor vive como un ermitaño y tiene medio rostro y gran parte del cuerpo quemados. McLeod sufrió un accidente de coche hace años en el que murió uno de sus alumnos. Se le acusó injustamente de haber estado abusando de él y perdió su puesto de profesor, perdiendo también parte de su vida. La imagen alegórica es aquí patente: desde que perdió la vocación y a su mujer (aunque no sabemos cómo, si murió, lo abandonó o se divorciaron), perdió su rostro, casi diríase que aquello que lo hace humano. Por ello los habitantes del pueblo sencillamente lo aceptan, pero no saben nada de él, solo mentiras y cotilleos que van de boca en boca sin ton ni son. Algunos lo califican de monstruo y prefieren ignorarle a conocerle y entrar en relación con él. Se ve aquí una vez más la línea entre la propia idea y la verdad de lo real. Es el contacto con lo real lo que permite a Chuck pasar del mito al logos, dejar atrás la idea que tenía sobre McLeod y descubrir quién es realmente. De esta forma puede llegar a decirle a su profesor que ya no ve sus cicatrices. Mientras el pueblo vive de su imagen, acaban montando una versión de la realidad absolutamente alejada de lo que es y por ende, profundamente injusta. Algo que ya analizamos en el ciclo de ideología: mientras se vive apegado a la propia idea sin conocer de verdad lo real se hace violencia y se es partícipe del mal, porque no se está en la verdad de las cosas.  


Por ello, cual fantasmas del pasado, el estigma de la pedofilia se vuelve a cernir sobre el profesor. Como ya decíamos en la película El profesor, hay una distancia ficticia y autoimpuesta en la relación como “seguro” para mantener la relación acotada dentro de lo estrictamente académico, como muestra la película, fuera de lo real. Tras una discusión familiar, Chuck acudirá a casa del profesor, pues es el único lugar donde verdaderamente es más él mismo. Dado que había mantenido la relación con McLeod en secreto para que no le impidieran ir a recibir sus clases, inmediatamente se genera una sospecha que no está fundada sobre algo real, como decíamos, sino sobre la imagen que ya tienen los habitantes del pueblo previamente metida en la cabeza y sobre la cual intentarán ahormar la realidad que se les presenta. Son incapaces de ver que el niño está bien, es más, que está mejor, que no hay problemas más que en la casa del chaval y que el profesor ha hecho un bien enorme. Sólo esperan de la realidad aquello que confirme lo que ya han decidido previamente, llevando el asunto hasta cotas que rayan el esperpento y lo absurdo.

Buena muestra de ello es el tramposo interrogatorio al que someten a McLeod, el cual les dará una brillante lección sobre el amor, la autenticidad, la amistad, el honor y la veracidad del corazón del hombre. Algo que sin duda los jueces, abogados y responsables sociales ni huelen, pues no han hecho experiencia de lo que les dice el profesor. La miseria de sus vidas hace que las palabras que escuchan queden como ecos vacíos en sus conciencias. Como cuando McLeod les recuerda a las autoridades: “soy profesor” (por vocación), a lo que éstas responden (entendiendo la simple profesión): “Pero no comprendo, ¿no le quitaron su plaza?”. Verdaderamente alguien ideologizado se vuelve ciego e ignorante, pues es incapaz de comprender lo que acontece.


Luego se encontrarán Chuck y el profesor en una escena tensa, donde el chico está desorientado por los acontecimientos y llega a dudar de su amigo. En ese punto McLeod no cede: “Mira tu experiencia, dime si te he tocado alguna vez, es más, si crees que podría llegar a hacerlo”. McLeod es profesor hasta el final pues no separa lo que enseña de cómo lo enseña, es decir, de lo experimentable en lo concreto. No hay un ámbito intelectual y otro afectivo, separados: la persona es una y por ello la educación debe serlo. El niño debe partir de lo que aprende y de su experiencia para poder sacar su juicio, entender, hacerse adulto; pero siempre al amparo de una guía. Así Chuck será capaz de comprender que el profesor no es malo, porque toda su experiencia dice lo contrario. Es un ejemplo claro de cómo uno puede alcanzar certezas morales (tan necesarias hoy en día donde parece que sólo la ciencia pueda ser objetiva) y cómo éstas son más imprescindibles que las certezas intelectuales.

En la misma línea vemos cómo el poder político o de la ley, si se quiere, está también presente en la figura del policía. Una vez más es un poder que no se preocupa de ser garante de que el espacio común sirva para que la vida de los que lo habitan se exprese en libertad y se lleve a cumplimiento respecto a un bien; sino que se conforma con mantener un orden. Hasta el punto que será capaz de decirle al profesor que hubiese sido mejor que se hubiera quedado en casa haciendo el ermitaño antes que salir al encuentro del chico con el consiguiente problema (ficticio) que ello ha acarreado. La verdad no importa, sino sólo que las cosas “estén en su sitio”.

Hay otro detalle que habla de la inseparabilidad de la propia vida y anhelos con lo que es la aventura educativa (descubrirlo en la realidad) y la relación con la persona. McLeod recuperará su rostro en la relación con el chico, y Chuck a la vez se volverá adolescente, más adulto, en la relación con el profesor. En efecto, uno sólo puede ser él mismo frente a otro, frente a un tú al que puede nombrar y reconocer. Por ello, cuando el mundo le gira la espalda el profesor pierde su rostro, incluso físicamente; algo que recuerda otra vez a la anterior película, El profesor, donde Meredith dibuja a Henry sin rostro frente a la clase, pues como dijimos, Henry sigue buscando una respuesta a su vida que recuperará en el amor hacia la prostituta. De igual forma aquí la alteridad deviene el signo más potente del culmen afectivo de la persona, que es el amor. Sólo si somos amados y amamos podemos existir con plenitud, tal es la condición humana. Esta evolución se ve con claridad en la carta que le deja al final, donde lo explica todo con brillantez y claridad; y de una forma más simbólica en sus cuadros. McLeod es también artista y se puede ver cómo el cuadro final es un bello paisaje que muestra a Chuck y a él durante una de sus excursiones-lecciones, en contraposición a otros cuadros que se ven en la película y que muestran una oscuridad y decadencia parecidas a las de pintores como Francis Bacon. 

La película finaliza genialmente con una escena análoga a la del principio. Chuck ha logrado ingresar en la academia y tras cuatro años se ha graduado. Las circunstancias no han cambiado en exceso por así decir. Su familia sigue siendo la misma, pero la realidad se presenta mucho más fascinante de lo que parecía en el sueño, entre otras cosas, aunque parezca una obviedad, porque es real. En un cierto momento Chuck buscará una figura a lo lejos y verá la silueta, un rostro amable, de un amigo querido que lo saludará y sin el cual no estaría ahí. Las autoridades no les permiten verse, pero nadie podrá borrar el vínculo amoroso y la plenitud de vida que ha nacido en ellos.
Para terminar sólo recabar en un último detalle: McLeod le enseñará durante gran parte de la película materias más relacionadas con las humanidades que con la aviación, porque hay que aprender lo concreto de cada materia, pero sobretodo hay que aprender a ser hombres, a escuchar y entender el valor de la realidad y el deseo del corazón. Si no hay un propósito para hacer lo que hacemos, ¿por qué querríamos ni tan siquiera aprenderlo? La poesía, el teatro, la literatura o la filosofía son disciplinas que hablan de ese significado y del deseo humano. Hoy en día las humanidades son cada vez más desprestigiadas y olvidadas, nos quejamos de que todo cae y parece que no advirtamos que estamos masacrando nuestra capacidad para ser personas desde la base. Tras el estado de la cuestión que mostraba El profesor, esta es una película que nos muestra los rasgos inconfundibles de un buen maestro y que nos presenta las características más importantes de la buena educación.

Marc Massó

martes, 2 de abril de 2013

Million Dollar Baby


En el año 2004 Clint Eastwood volvió a mostrar al mundo su talento y su capacidad para contar historias muy humanas con una sensibilidad única. "Million Dollar Baby" triunfó en los Oscar consiguiendo cuatro de los siete premios a los que optaba: mejor película, director, actriz y actor secundario; sin duda, todos ellos más que merecidos. En esta ocasión, Eastwood plantea un tema espinoso como es la eutanasia, y lo hace de tal forma que aunque no compartamos su desenlace, reconocemos que lo que nos quiere contar y cómo lo hace, es algo que nos interesa. El desarrollo de la historia, lejos de un debate ideológico se centra en la narrativa desde la humanidad de los personajes, algo en lo que cualquiera de nosotros podría verse reflejado y que por tanto, pone en juego el propio juicio y la exigencia de significado.

Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de boxeo que regenta un gimnasio tan viejo como él y que se cae a pedazos, como su vida. De nuevo Eastwood interpreta a un personaje del cual no vemos a su esposa, pero cuya presencia es patente. Dunn tiene una hija con la que no se habla desde hace años y a la que le escribe cartas que continuamente le son devueltas sin siquiera ser leídas. Además de al gimnasio, Frank acude cada día a misa y disfruta poniendo a prueba al joven sacerdote. Su ayuda en el gimnasio es su amigo Scrup (Morgan Freeman) que fue un gran boxeador al cual le faltó un combate. El gimnasio es un protagonista más de la película, tiene luces y sombras como el resto, tiene quizás demasiados años, pero en su interior alberga la esperanza de que la vida puede ser diferente para todos los que pasan por él.


Maggie Fitzgerald (Hillary Swank) tiene un sueño, ser boxeadora profesional, pero como a los demás parece que se le ha pasado su momento, ya que supera los 30 años de edad. Vemos cómo cada mañana madruga para entrenar, luego trabaja como camarera y come lo que otros se dejan en sus platos. Cuando termina su turno va al gimnasio de Frank a seguir entrenando. Su ideal es el boxeo y hará lo que sea necesario para alcanzar lo que se ha propuesto. Ve en Frank al hombre adecuado para entrenarla, pero hay un problema, y es que Frank no quiere entrenar a una mujer, así que la ignora. Pero Scrup se conmueve viéndola entrenar sola una noche en el gimnasio y le empieza a dar consejos. Ella mejora y finalmente Frank da el paso. Se nos muestra visualmente como el momento en que deja de observar a Maggie desde una cierta altura y desciende a su lado para guiarla en un combate; este paso cambiará sus vidas por completo.


Eastwood nos presenta de nuevo unos personajes que arrastran en sus vidas un dolor que les hace vivir entre esas sombras que tiene el gimnasio, caminar en los claroscuros buscando algo que dé luz a sus vidas y les permita dejar de tener miedo o de sentirse culpables. Frankie Dunn vive determinado por la distancia que su hija ha tomado con él, lo cual le genera un sentimiento de culpa y acude a la iglesia buscando una respuesta, a la vez que entrena a sus chicos intentando llenar su vida dándose de alguna forma a otros. Puede parecer un viejo gruñón y cascarrabias, asqueado con la vida, pero su forma de mirar a los demás no nos dice eso. Vemos cómo lo da todo por su primer boxeador, cómo se compromete con Maggie, cómo no cesa de tender una mano a su hija contra toda esperanza o cómo es su amistad con Scrup. Maggie, por su parte, vive con el dolor por la ausencia de un padre que perdió siendo niña y con la antipatía de su familia (unas personas deleznables, incapaces de dar su vida a algo más que la televisión por cable o Disneylandia) hacia lo que ella ha elegido como profesión; a pesar de todo, Maggie siempre busca ayudarles. Scrup vio truncada su prometedora carrera en el boxeo al perder la visión en un ojo durante un combate y desde entonces vive esperando un último asalto, que le llegará en forma de acto de justicia. Hay otra persona en esta historia que no queremos pasar por alto: el joven que se hace llamar “Peligro”, un chico de Texas al que el novio de su madre abandonó en Los Ángeles sin dinero y que busca en el gimnasio un hogar del que ha sido expulsado. Sin ninguna aptitud o habilidad para el boxeo se pasa los días entrenando (o intentándolo), bajo la mirada protectora y paternal de Scrup, el único que le ha acogido sin pedirle nada a cambio.


De esta forma, podemos ver como el gimnasio es el lugar en el que se cruzan vidas rotas y desahuciadas, una especie de purgatorio en la tierra, en el cual uno puede ser rescatado cuando un mirada más verdadera sale a su encuentro. Frank tendrá en Maggie a la hija cuyo afecto busca insistentemente. Y Maggie recuperará en la figura de su entrenador al padre que perdió, el único que será capaz de enjuagar sus lágrimas y transmitirle que no está sola en este mundo. Ya que este es el drama que viven los personajes de “Million dollar baby”, la soledad, y todos buscan una compañía que les rescate, aunque sea a base de derechazos en un ring.

Cuando todo parece ir bien, Maggie ya está en lo más alto, la gente corea su nombre o el apodo que Frankie le ha dado y cuyo significado le revelerá al final, de pronto Eastwood nos golpea con la misma fuerza e imprevisibilidad que la vida, para dejarnos tumbados y lanzarnos a la gran pregunta sobre el sentido de la misma. A partir del momento en que Maggie queda postrada en una cama sin poder mover su cuerpo, deja de entender que su vida sea un bien, que su existencia tenga un sentido y termina pidiendo a Frank, tras una tenaz lucha por quitarse la vida, que le ayude a morir. Desde esta petición las imágenes van perdiendo luz, simbolizando la oscuridad en la que se adentran los personajes. No se trata de juzgarles sino de dar a entender que la decisión que Frankie tome no tendrá vuelta atrás; no solamente para Maggie, sino también para él. Por ello, una vez que Frank hace lo que Maggie le pide, desaparece, nunca más nadie volverá a verle, y termina en una escena casi onírica en la que le vemos sentando en una bar perdido en medio de ninguna parte, un lugar atemporal y sin una ubicación física.


La película muestra con una cuidada crudeza y con un pulcro realismo cómo incluso el alcanzar el propio sueño no basta, cómo el tesón y todos los esfuerzos humanos encuentran un último freno, una última incapacidad para saciar el propio deseo. ¿Quién no siente la desproporción entre lo que anhela y lo que consigue? ¿Quién, como Maggie, no ha visto la fragilidad de la vida y cómo no depende de uno mismo su cumplimiento? ¿Es que acaso podemos dar razón de por qué late nuestro corazón ahora? ¿Es que hay alguien que por sí sólo consiga darse un segundo más de vida? Son preguntas durísimas, posiblemente sea imposible dar una respuesta sin haber hecho experiencia. Por ello, valoramos en Eastwood una exquisita y delicada honradez en reconocer la inconmensurabilidad de dichas preguntas a la vez que la incapacidad del ánimo humano para responderlas, ni tan siquiera para sostenerlas. De esta forma, Scrup habla de Frankie como un hombre bueno, un hombre que no pudo soportar tanto sufrimiento porque amaba. Sin embargo, acallar ese sufrimiento no lo elimina, casi lo multiplica. Acabar con una vida no da sentido a esa vida. Entonces la pregunta queda abierta, sin tregua para el espectador: ¿qué da consistencia a la vida? ¿Qué vence el dolor y la muerte? Una vez más Eastwood pone las cartas sobre la mesa, no desde el debate partidista, sino desde la humanidad que reside en cada uno y que exige una respuesta.


                                                                                                                Alberto Ribes

jueves, 3 de enero de 2013

¡Qué bello es vivir!



En 1946 Frank Capra era ya un director consagrado. Tres de sus largometrajes habían sido premiados con el Oscar a la mejor película, y una de ellas, “Sucedió una noche”, fue la primera película en ganar los cinco Óscar más importantes (a la mejor película, director, actor, actriz y guión adaptado). A sus órdenes se pusieron actores de la talla de Clark Gable, Barbara Stanwyck, James Stewart, Dona Reed, Claudette Colbert o Gary Cooper. Sin embargo, la película que Capra consideró su obra maestra, de la que dijo: “I thought it was the greatest film I had ever made. Better yet, I thought it was greatest film anybody ever made … my kind of film for my kind of people”, no fue bien recibida en un primer momento. Con el tiempo, público y crítica han tenido que rendirse a las afirmaciones de Capra, y reconocer que ¡Qué bello es vivir! es probablemente una de las mejores películas que se hayan hecho nunca.

Un primer elemento de prejuicio contra la película de Capra es su religiosidad. Vemos a Dios, un ángel y gente que reza. Sin embargo quedarse en eso para despreciar la película sería tan absurdo o injusto como alabarla únicamente por esos mismos motivos, ya que la grandeza de la obra de Capra sobrepasa cualquier cliché y es perfectamente reconocible para cualquier alma despierta.

Y todo esto nos lleva ya a la película, que no es más que la vida del hombre corriente, es decir, la historia más apasionante que pueda ser contada. La idea le vino a Capra de una felicitación navideña, al contemplarla dijo que esa era la historia que había estado buscando durante mucho tiempo. Bedford Falls es una pequeña localidad de gente sencilla y trabajadora, un lugar en el que cada rostro es una historia y una vida logradas gracias a una compañía concreta, excepto la de un hombre, el señor Potter, que encarna el individualismo extremo aunque paradójicamente necesite de otro que empuje su silla de ruedas para poder desplazarse. Con este guiño, Capra ya nos muestra que el hombre que se presenta como el más autosuficiente, aquel que aparentemente se construye a sí mismo, es en realidad el más dependiente y necesitado de todos. De esta forma la película se nos presenta como una lucha entre dos concepciones del hombre y la vida, la de George Bailey (James Stewart) y la del señor Potter (Lionel Barrymore).


La mañana de nochebuena el tío de George pierde accidentalmente una suma muy importante de dinero que debe asegurar la continuidad de la pequeña empresa de empréstitos de la familia. Precisamente ese día, un inspector de Hacienda se presenta en la oficina para revisar sus cuentas. La desesperación se apodera de George al conocer la noticia del dinero extraviado y ante la imposibilidad de encontrar una solución decide que la mejor opción es suicidarse, ya que según cree y en palabras de Potter, vale más muerto que vivo, dado que posee un seguro de empresa que pagaría las deudas.

La película se inicia con diversas personas rezando a Dios para que ayude a George a solucionar su problema. Luego, en una imagen a caballo entre lo cómico y lo metafísico, vemos dos luces que se nos presentan como Dios y San José hablando preocupados de George. Deciden enviar un ángel para ayudarle, pero tal y como le dice San José a Clarence (un ángel de segunda clase que quiere ganarse sus alas) “para poder ayudar a un hombre primero debes conocer su pasado”. De esta forma, la película es un largo flash back mediante el cual revisamos la vida de George. Descubrimos a un niño y posteriormente a un hombre que desea más que nada descubrir el mundo, y a pesar de que nunca conseguirá salir de su pueblo, toda la grandeza del universo y de la creación encuentran una morada adecuada en un corazón como el de George, que nunca renuncia a hacer de su vida algo extraordinario.



Siendo un niño, George perdió la capacidad auditiva de su oído izquierdo al salvar a su hermano de morir ahogado en un lago helado. Varios años después, cuando ya está a punto de irse a la universidad su padre muere repentinamente y George debe encargarse de la empresa familiar para que no caiga en manos del señor Potter. El día de su boda, cuando por fin parece que podrá salir de Bedford Falls y visitar el mundo estalla el famoso crack del 29 y pone todo el dinero de su luna de miel para que de nuevo la empresa familiar no deba cerrar, pudiendo ayudar así a los desesperados habitantes del pueblo, que eran presa fácil para la avaricia de Potter. Mientras, su hermano va a la universidad, se casa con la hija de un importante hombre de negocios que le da un trabajo, se hace piloto de las fuerzas aéreas durante la Segunda Guerra Mundial, salva a cientos de soldados de morir y regresa como un héroe nacional al que el propio presidente de los Estados Unidos condecora. Seguramente el mundo diría que fue el hermano de George quién triunfó, pero nosotros decimos que ambos lo hicieron si amaron lo que en cada momento se les puso delante.

La vida de George ha sido un constante plegarse a la realidad que se le imponía y que aparentemente pisoteaba sus sueños, sus deseos de otra vida y por ello su expectativa de felicidad. Pero, como dijo Luigi Giussani, en la sencillez de su corazón lo ha dado todo con alegría; y una sencillez así es la que puede transformar las vidas que le rodean tal y como sucede con los habitantes de Bedford Falls. George es un hombre que da su vida a lo que acontece, que está abierto, según su deseo de bien a no imponer su criterio, sino a reconocer lo que le viene dado. Así, es capaz de descubrir, de la forma menos pensada, cómo la realidad, en tanto que contiene ya el significado de la propia vida, es adecuada y por tanto a la altura del deseo de felicidad.


Uno puede pensar que George ya es bueno por naturaleza y que por ello puede soportar todo lo que la vida le pone delante, pero en realidad lo que le hace bueno es precisamente acoger todo aquello que la realidad le plantea, no con un buenismo ni una ascética puritana o con una resignación estoica, sino entendiendo que su vida se cumple en la respuesta a aquello que le está sucediendo. Cuando George va a saltar de un puente para acabar con su vida, aparece Clarence (su ángel de la guarda) y después de que el primero le diga que vale más muerto que vivo y que su vida ha sido un fracaso, éste decide ofrecerle una visión de lo que habría sido el mundo sin George Bailey. Así, vemos como Bedford Falls en realidad se llama Pottersville, la mirada de sus habitantes ha cambiado, ya no acoge sino que desvincula, ya no comprende sino que cuestiona, ya no perdona sino que juzga. Lo que antes era una comunidad cuyos lazos se asentaban bajo la callada obra de un amor sincero y gratuito, una preocupación verdadera por la vida y el futuro de cada individuo; ha mutado por obra del selfmade man: el individualismo exacerbado y el consumismo han destruido Bedford Falls hasta el punto que ya no conserva ni su nombre. Sus habitantes son los mismos, pero no son ellos.

La película tiene algunas de las escenas mejor conseguidas de la historia del cine, como el baile de James Stewart y Dona Reed sobre la pista que se va abriendo para descubrir la piscina sin que ellos se den cuenta; o su paseo posterior vestidos con ropa prestada porque la suya está empapada tras caer a la piscina; o la grandísima escena en la que ambos hablan por teléfono a la vez con un amigo, el momento en el que sus silencios y sus miradas confirman lo que ya sabíamos y son el prólogo a su afirmación ante el mundo. Sencillamente, una escena perfecta.


Además, la película contiene cierta simbología interesante de resaltar. Clarence lleva consigo un libro, “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain, de lo que podemos entender dos cosas: por un lado George es Tom Sawyer, un niño que quiere dejar su hogar en busca de aventuras, así, leer a Tom Sawyer ayuda a Clarence a conocer mejor a George. Por otro lado, Tom Sawyer es un niño, y mira el mundo como sólo un niño lo puede hacer, esa es la característica fundamental de Clarence, que tiene la fe y sencillez de un niño y por eso es el apropiado para el trabajo. Existe otro guiño a Twain en la película, cuando el inspector de Hacienda dice que quiere terminar pronto para irse a pasar la Navidad con su familia a Elmira, lugar en el que está enterrado el famoso escritor americano.

Toda la película presenta una amalgama de significación y humanidad que la hacen una obra maestra, de ahí que cuando uno la acaba de ver, auqnue ya la haya visto decenas de veces, es mejor persona; sale con ánimos renovados. El director consigue de la forma más sutil y por eso mismo, magistral, engarzar una historia y unos personajes completamente humanos en su acción y el bien que buscan. Son impagables las escenas de familia, las miradas de George y su amada Mary Hatch (Dona Reed), cómo se acompañan frente a las vicisitudes de la vida, etc.


Como muestra de la mentada cantidad de signos cabría citar aunque sea sólo un ejemplo: cuando George se encuentra a su amiga Violeta (Gloria Grahame) en presencia de sus amigos el taxista y el policía. Violeta es una de las chicas más guapas del pueblo, por lo cual los tres amigos se quedarán mirándola embelesados en su partir que está casi a punto de provocar un cómico accidente de tráfico. Acto seguido el policía proclama: “Me voy a casa a ver a mi mujer”. Conmovedoramente, la belleza de la mujer, fácilmente reducible y autosugestionable, es signo aquí de una belleza mucho mayor, de un amor mucho más verdadero, que es el de la propia mujer y no cualquier imaginación propia que uno pudiese ofrecer. Creemos que podemos decir sin miedo al error que Capra ofrece aquí una de las más bellas y singulares contribuciones a la positividad y el valor incalculable de la vida de cada persona. Una película imprescindible y que no en vano se ha convertido en uno de los mejores clásicos de todos los tiempos.

                                                                                                                                    Alberto Ribes

lunes, 26 de marzo de 2012

The Fighter

Lowell, ciudad obrera cercana a Boston, es el marco en el que se desarrolla esta historia basada en hechos reales. Dick Eklund y Micky Ward son dos hermanos por parte de madre que han crecido buscando triunfar en el mundo del boxeo. Dick, el mayor, tuvo su momento de gloria cuando derrotó a Sugar Ray Leonard, pero su adicción al crack frustró la que podría haber sido una carrera de éxitos. El hermano menor, Micky, busca su oportunidad en el boxeo profesional y para ello confía en su hermano mayor, al que siempre ha admirado, para que le entrene. La película busca un gran realismo, como prueba la magistral caracterización y actuación de Christian Bale –que le valió el Oscar- o que los combates estén rodados utilizando el estilo de la HBO.

Pero en The Fighter, el boxeo no es más que el complemento para la verdadera historia, que no es otra que la relación entre los dos hermanos y la posibilidad de redención que está siempre presente cuando uno es amado sin reservas. Por un lado, Micky es un chico bueno, que intenta hacer las cosas bien, pero con una gran inseguridad y dependencia de su familia, que le impide en muchos momentos decidir por él mismo. Esto le está a punto de costar su carrera, por fiarse de las malas gestiones de su madre, que es su representante y por la dejadez de su hermano a la hora de entrenarle. De hecho, sólo es capaz de empezar a mirarse a sí mismo bien -no dependiendo de lo que pueda pensar su familia- cuando su novia entra en escena y le mira por lo que es, no por lo que debe ser como boxeador, como hijo o como hermano; que son los diversos roles en los que el personaje muchas veces se ahoga.

A su vez, su novia es redimida de su pasado fracaso en la universidad y de la vida que pudo llevar y no lleva. El encontrarse con Micky que la mira no sólo por sus atributos, sino por su persona y que la quiere de verdad, le permite salir adelante. Por otro lado, Dick ama a su hermano pequeño y trata de conseguir lo mejor para él. Sin embargo, se equivoca constantemente, y queriendo hacer algo bueno como es conseguir dinero para que Micky pueda entrenar, utiliza un método equivocado y sólo consigue acabar en la cárcel y que a su hermano le rompan la mano. Será en este punto, cuando las relaciones entre los diferentes personajes sean llevadas al extremo y puesta a prueba su consistencia.

Con Dick en prisión, Micky acepta una oferta para seguir entrenando y sustituye a su madre, que hasta entonces se había encargado de representarlo, por otra persona. El cambio le va bien, y empieza a conseguir bastantes éxitos, pero aquí debemos destacar un punto crucial; Micky no consigue los éxitos porque haya renunciado a todo su pasado con su hermano y su madre, sino que acoge y custodia como un tesoro todo aquello de bueno y verdadero que haya existido. De hecho, gana su primer combate importante con su nuevo entrenador y representante, no siguiendo las indicaciones de éstos, sino utilizando lo que su hermano Dick le ha enseñado.

Es interesante ver cómo el realismo frente a lo que sucede no quita las relaciones y los lazos que hay entre los personajes. Es evidente que al principio el vínculo familiar no le hace bien a Micky pero la solución no pasa por eliminarles de la ecuación, sino precisamente por afirmar a cada uno de ellos, pero desde la distancia adecuada. Es precisamente al entrar este realismo en escena, cuando Dick será también redimido.

Dick vuelve a ser él mismo cuando consigue desengancharse del crack durante su estancia en la cárcel –deja de estar alienado de él mismo–, gracias al visionado de un documental sobre su vida que una agencia grabó previo a su arresto para concienciar a los jóvenes sobre las drogas. La realidad se le presenta sin adornos, tal cual es, y se ve a sí mismo hundido al tiempo que percibe, esta vez claramente, el dolor que ha causado a su alrededor. No sólo Dick, sino también su madre, que siempre había mirado hacia otro lado, no tiene más remedio que mirar a la realidad a la cara y aceptar que su hijo es un adicto a la droga. La reacción de Dick es empezar a entrenarse pensando en un futuro regreso al boxeo profesional. Si bien es un paso, se muestra a la postre como otra quimera, porque es evidente que en su estado y con 40 años no puede regresar al boxeo.

Es entonces cuando vuelve y se reencuentra con su hermano, y descubre que su vocación al boxeo pasa por Micky y no por él, es decir, su vida vuelve a quedar ligada a la par que el vínculo familiar es regenerado, pues vuelve a entrenar a su hermano, aceptando la situación (los nuevos representantes, la novia, etc.). Así, se muestra de forma sorprendente que aún con las dificultades que pueda presentar la familia –cualquiera podría defender sin dificultad que las hermanas están todas locas–, los problemas propios de cada uno y demás; lo que acaba perdurando es el afecto inconmensurable por la propia persona. Aun cuando este afecto se presenta muchas veces de forma incorrecta, pues la madre se equivoca aunque lo haga con todo su amor; se ve cómo si éste perdura y pasa por el filtro de lo real, de lo que acontece, es lo que permite que luego la vida siempre acabe rebrotando. De esta forma, The Fighter, es una oda bellísima a las segundas e infinitas oportunidades que una persona merece para empezar de nuevo y redimirse de sus errores, las cuales son tan difíciles de dar y de aceptar como lo es el encajar un golpe en el ring.