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jueves, 27 de junio de 2013

El show de Truman


En 1998 Peter Weir (El club de los poetas muertos, Master and Commander) nos presentó su particular visión de un Gran Hermano. La película consiguió tres Globos de Oro a mejor actor de drama para Jim Carrey, mejor actor secundario para Ed Harris y mejor música. También tuvo tres nominaciones a los Oscar a mejor director, actor secundario y guión, aunque finalmente no se llevó ninguno de estos tres premios. La triunfadora de ese año fue Shakespeare in love frente a Salvar al soldado Ryan o la más que interesante La delgada línea roja del maestro Malick. También fue el año de Roberto Benigni y su extraordinaria fábula de La vida es bella.

Si algo se nos deja claro desde el principio de El show de Truman es que Peter Weir no quiere hacer trampas, es claro desde el inicio, no busca un final del tipo “vaya, era todo un sueño”. Los títulos de crédito del inicio de la película son los del programa  televisivo en el que Truman Burbank (Jim Carrey) es la estrella principal sin que él lo sepa. Su propio nombre es un juego de palabras que en inglés significa hombre verdadero (True Man). En medio de un mundo ficticio él es lo único real. El director del show es Christof (Ed Harris) –probablemente otro juego con la semejanza de la palabra a Cristo– que comienza la película explicando que nos aburren los actores que fingen emociones, en cambio Truman es real, no actúa, es él mismo y eso es lo que atrae, o como él mismo dice “no es siempre Shakespeare, pero es genuino, es una vida”. Siendo un bebé, Truman fue seleccionado entre varios candidatos para ser el protagonista de un novedoso programa televisivo, nadie le consultó (siendo tan pequeño no tenía conocimiento), pero decidieron lo que su vida debía ser: un entretenimiento para el mundo.


Evidentemente, esta decisión de decidir lo que la vida de otro debe ser, se nos presenta de una forma muy positiva. El propio Christof se siente un padre para Truman, le mira con aparente ternura y habla de cómo cuida de él. De hecho llega incluso a identificarse como el hacedor de ese mundo y su destino, un auténtico semidios. Truman vive en un enorme decorado construido únicamente para él, sus dimensiones son tan grandes que puede ser reconocido desde el espacio, igual que la Gran Muralla China. Sin necesidad de saber lo que Truman siente, esta breve introducción ya nos puede plantear algunas cuestiones realmente importantes. ¿Debe alguien decidir sobre la vida de otro? ¿Y si es para darle una vida en la que no le falte nada material? Una vez más el paraíso en la tierra sólo nos pide una cosa a cambio, nuestra libertad. Los argumentos de Christof para justificar el tener a Truman como una rata de laboratorio no resisten una pregunta: ¿es eso lo que Truman quiere?


Aparentemente la vida en Seahaven es perfecta, o como dice el “mejor” amigo de Truman, Marlon (Noah Emmerich) “nada es falso, sólo está controlado”. El problema es que el hecho de que esté todo controlado lo convierte todo de facto en falso. Toda la gente con la que Truman se cruza a diario desde su mujer hasta el vendedor de periódicos del quiosco son actores, están ahí para interpretar un papel y se relacionan con Truman actuando, fingiendo ser otras personas, no dan a conocer al otro su verdadero yo, lo cual imposibilita que una relación pueda ser tal. En palabras de Shakespeare sería como llevar a su último término su célebre frase donde tildaba al mundo de teatro y a los hombres de actores. En un caso así, todo será perfecto mientras nada se salga de lo establecido, o siendo más cinematográficos, mientras nada se salga del guión. Y veremos de nuevo con esta película que finalmente un imprevisto será lo que posibilitará el cambio en Truman.


Una mañana mientras sale para ir a trabajar, un foco del plató cae desde el techo del mismo para terminar estrellándose junto al sorprendido Truman. Inmediatamente la dirección del programa se pone en marcha para que este hecho no pueda hacer dudar al protagonista del show y nada más encender la radio de su coche escucha en las noticias que un avión que sobrevolaba la ciudad ha perdido una pieza. Problema resuelto, el engaño persiste. En otro momento intentando sintonizar la radio, Truman termina enlazando con las transmisiones que realizan los que controlan el programa y así escucha como alguien va explicando por donde él está pasando y advirtiendo a otros de que se preparen para entrar en escena. Sentado en su coche frente a su casa durante horas, Truman se da cuenta de que constantemente se suceden las mismas cosas, cada cierto tiempo pasan por delante las mismas personas o los mismos vehículos. Todo lo que ve le va diciendo que hay algo que se le escapa, no acaba de entender qué es pero empieza a entrever la posibilidad de que algo no sea real. Sin embargo sólo el intelecto, el raciocinio por sí solo no bastan para mover el ánimo humano. Como hemos dicho otras veces razón y afecto son inseparables.

El deseo de conocimiento está en todos los hombres, la realidad despierta con su constante inabarcabilidad y su belleza el deseo de infinito del hombre, el salir de sí mismo, ese más allá que llevan escritas todas las cosas como nos recuerda el poeta Montale –algo que ya vimos en El bosque–, no se puede hacer nada contra eso. O quizás sí. Conscientes de que la naturaleza humana no está hecha para conformarse con cualquier cosa y sabiendo que a pesar de que el mundo que han creado para Truman es en apariencia perfecto, los productores del programa saben que en algún momento querrá viajar, dado que tal era el sueño de niño de Truman. Así que deciden cortar por lo sano y le generan un trauma haciendo que su “padre” muera ahogado mientras van en barco juntos siendo él aún un niño. Para salir del pueblo debe utilizar el barco o cruzar un puente sobre el mar, así que por muchas ganas que tenga de irse, siempre se encontrará con ese recuerdo que le hará desistir. De nuevo, el poder debe violentar la naturaleza de las cosas para que nada se salga de lo que tiene previsto.


De este modo tenemos un pueblo seguro y limpio, en un entorno idílico, lleno de gente amable que te saluda cordialmente cada mañana, pero nada de esto le basta a Truman. Todo ha sido creado para él, pero aún así no consigue satisfacerle. ¿Por qué? Sencillamente porque nada es real, el hombre está hecho para la verdad y sólo en ella puede reposar y ser plenamente feliz. La única mirada verdadera que Truman ha encontrado es la de Lauren (Natascha McElhone) una chica que conoció estando en el instituto, de la cual se enamoró y le fue arrebatada cuando ella quiso explicarle que el mundo en el que vivía no era real. Desde ese día, Truman intentará reconstruir esa mirada, ese rostro, recortando revistas, y contempla en la soledad de su sótano ese collage que intenta recuperar la vida que esos ojos le prometieron. Es paradójica la alegoría de esos recortes que son incapaces de reconstruir la realidad que es ella respecto a ese mundo hecho también a base de “recortes” que es incapaz de estar a la altura del deseo de Truman.

Basta un instante de vida verdadera, una mirada que nos prometa el infinito que nuestro corazón desea para que el hombre se ponga en movimiento, no importa el tiempo ni los esfuerzos del poder por acallar ese grito de vida auténtica, una vez que ha entrado en nuestra vida todo nuestro obrar se dirigirá a poder recuperar ese momento. Por ello, Truman, estando atento a la realidad como ya hemos dicho, descubre que no es muy real, y teniendo en la retina su encuentro con Lauren, decidirá enfrentarse a los miedos que le han sido impuestos para ir en busca de esa chica. Para huir de Seahaven deberá utilizar un barco, y navegar sin saber a dónde ir, pero sabiendo que el horizonte es la promesa de una tierra nueva por descubrir. Al ver que Truman decide marcharse, Christof pone todo de su parte para evitarlo, llegando incluso a provocar una tormenta en el mar que a punto está de acabar con la vida de Truman, una vida que para él sólo tiene valor mientras esté bajo su control.


Finalmente Truman llega al límite del plató de televisión en el que ha vivido toda su vida, la seguridad que lo ha abrigado a diario durante años, y se abre una puerta a lo desconocido. Christof habla por primera vez a Truman, con una voz llena de falsa ternura le explica cómo le vio nacer o dar sus primeros pasos y recordarle que: “ahí fuera no hay más verdad que la que hay en el mundo que he creado para ti, las mismas mentiras, los mismos engaños, pero en mi mundo tú no tienes nada que temer”. Truman se despedirá con la ironía del hombre libre que ya no teme, saludando al plató como saluda siempre y dando a entender que los artífices del circo no conocen al Truman real, sino sólo al personaje, por ello hace lo que sería esperable: despedirse como parte del show. La última escena no es de menor interés y en absoluto parece estar puesta casualmente.


Ante tal catarsis y con un final casi épico, el comentario de dos telespectadores mientras cambian de canal es: ¿qué dan ahora? Es un dardo afilado lanzado a esa sociedad de masas que somos nosotros, los espectadores. Esos que no viven su vida, sino que ésta está virtualizada a través de una pantalla y lo que vemos y sentimos son las vidas de otros, más aún, falsas vidas. Espectadores ausentes de empatía que parecen no preguntarse por la justicia o la bondad de la vida a la cual se asoman en la pantalla, alienados hasta el punto de convertirse en habitantes de la ficción. Este es el desafío al que se enfrenta Truman, la seguridad de un mundo que no es real, o un mundo imperfecto y desconocido pero que alberga la posibilidad de cumplimiento de la promesa que una vez contempló en la mirada de una chica y que le ha acompañado desde entonces, una promesa que sólo puede cumplirse en una realidad que realmente sí está hecha para él porque es su propio corazón el que así lo revela.


Quizás sea ésta la mejor forma de concluir el ciclo, reparando en que la realidad siempre es positiva, porque aún cuando se presenta como aparente, como ficción, es ocasión para renovar el grito de verdad, de belleza, de sentido, que llevamos todos inscrito en nosotros. El criterio está en nosotros y ya nadie nos lo puede arrebatar. Ni una enfermedad, ni un montaje pueden sustituir la verdad de las cosas. Acaso el único peligro temible sea el propio, que desertemos en la búsqueda del otro, de aquello que da consistencia y sentido a nuestro estar en el mundo, conformándonos con la superficie de las cosas, que nunca colma, sólo adormece.

                                                                                                                             Alberto Ribes

viernes, 7 de junio de 2013

Origen

Con este auténtico blockbuster, que fue un éxito a escala mundial, Christopher Nolan volvía a cautivar al público en 2010. Tras su impactante Memento y habiendo conseguido amplio reconocimiento con su adaptación de Batman en El Caballero Oscuro, Nolan vuelve a hacer gala de una brillante dirección presentando una original idea que otra vez consigue interpelar al espectador a la vez que le hace partícipe de una magnífica historia. Origen es el nombre con el que se conoce un procedimiento mediante el cual un grupo de especialistas son capaces de incoar (Inception en inglés, del título original) una idea en el subconsciente de una persona para que ésta se desarrolle y acabe cambiando algún aspecto de su pensamiento y personalidad. Dom Cobb (Leonardo di Caprio) es un experto manipulador de sueños que se gana la vida mediante el espionaje industrial para grandes corporaciones descubriendo secretos fundamentales que alberga la gente en su interior. Gracias a una peculiar máquina, consigue administrar un sedante a su víctima llevándole al estado onírico, en el cual él, a su vez durmiéndose, podrá entrar y formar parte del mismo.

Así Dom creará y modificará los sueños de las personas introduciéndose en los mismos llegando a zonas de su subconsciente que albergan la información que él requiere. Ello a su vez permite que mediante ingeniosos engaños a la mente de las personas durante sus sueños Cobb sea capaz no sólo de saber qué piensan sino de conseguir algo que parece imposible: cambiar la mentalidad de uno sin que éste se dé cuenta. Como viene siendo habitual, Nolan introduce al espectador en la trama con un comienzo complejo en el que se empieza por el final, al que se volverá posteriormente para cerrar la película. Ello hace que se centre la atención desde el primer minuto. La línea entre lo real y lo ficticio es casi inapreciable desde el inicio, pues ciertamente, mientras soñamos, el cerebro crea la realidad y la percibe a la vez, como el mismo Cobb explica, de manera que no somos capaces de discernir si lo que ocurre es cierto o no. Ya vemos aquí un primer punto que nacía como pregunta también en A beautiful mind: ¿es realmente valiosa la realidad, tiene un hecho diferencial o depende de nuestra percepción? Es decir, si en esa película al profesor Nash nadie le hubiera logrado explicar su esquizofrenia, ¿su no-realidad tendría el mismo valor que si fuera real en tanto que así sería percibida por él? O tal como lo presenta Origen: ¿vale lo mismo la realidad soñada que la vivida?
Somos introducidos en la trama y la explicación de todo el proceso al estilo de las películas de ladrones, donde a la vez que se va fichando a los especialistas en cada materia se va desvelando el plan y su ejecución, así como la lógica del proceso. De este modo tendremos a una magnífica Ellen Page que ejecuta con solvencia su personaje de Ariadne, la arquitecta de los escenarios soñados, a Arthur (Joseph Gordon-Lewit) que destaca en su papel de compañero de Cobb como ladrón de sueños, Eames (Tom Hardy) que hará las veces de falsificador para engañar al subconsciente de Robert Fischer (Cillian Murphy) que será el heredero de la multinacional al que tendrán que hacer cambiar de parecer, Saito (Ken Watanabe) que será el cliente del trabajo a llevar a cabo y Yusuf (Dileep Rao) cuyo rol es el de alquimista, creador de un sedante que multiplica la actividad cerebral –a fin de ganar tiempo en el sueño, donde la línea temporal se dilata respecto a la real– a la vez que ofrece un estado de sueño profundo que permite alcanzar hasta tres niveles, es decir, un sueño dentro de otro sueño que a la vez forma parte de un sueño más. Ello permite engañar a la mente y completar Origen, pero entraña a su vez un gran peligro: mientras que la muerte en un sueño habitual implicaría despertarse, en ese nivel de sedación llevaría al limbo, es decir, un punto del subconsciente tan profundo que el sujeto perdería la capacidad de raciocinio, pues su mente quedaría atrapada en un espacio no real acabando en la locura.


Empezamos a entrever lo que propone Nolan: por muy verdadero que parezca un sueño, hay una realidad que se impone, aún cuando nosotros no la percibamos. Podríamos vivir del sueño, pero en realidad estaríamos locos. Es lo que le pasa a la mujer de Cobb, Mal (Marion Cotillard). A través de la historia vamos descubriendo que Cobb y Mal pasaron muchos años de su vida soñando y creando su propio mundo en sueños. Prolongaron tanto su estancia en el mundo onírico que Mal acabó apreciando más la realidad soñada que la vivida, en tanto que la primera era confeccionada y domeñada por ellos (como le pasa a los soñadores del subterráneo, su vida es el sueño). En una suerte de semidioses prometeicos, Cobb y Mal se erigen como constructores de su nuevo mundo y su nueva vida. No obstante, Cobb acabará acusando la insuficiencia del mundo soñado, pues en tanto que es confeccionado por uno mismo ha perdido el carácter imprevisible del cual el ser humano es espera. Esperamos que algo nos satisfaga el deseo del corazón, y es en la realidad donde descubrimos aquello que nos cumple sin haberlo previsto antes. Como dicen en su suicidio en el sueño: “Estás esperando un tren, un tren que te llevará lejos. Sabes dónde quieres que ese tren te lleve, pero no dónde te va a llevar”. Uno se enamora de su mujer sorprendiéndola en lo real sin haberla preconfeccionado antes, pero con una inusitada e impensable correspondencia al propio deseo que, bien mirado, no hace sino radicalizar el presentimiento de don del cual ella es signo. Igual que con la belleza ¿cómo es posible que algo que está fuera de mí me corresponda de tal modo?

Así, Cobb tratará de persuadir a su mujer de que deben volver al mundo real, de que no pueden soñar eternamente, pero ella ha caído presa ya de la ilusión. Es por ello que Cobb dará el paso que lo marcará durante toda su vida y que es el leitmotiv de la película: introducirá una idea en el subconsciente de su mujer para cambiar su mente. Usando Origen, Cobb inoculará, como si de un virus se tratase, la duda en la mente de su mujer (esto tiene unas consecuencias filosóficas que no son tratables aquí, pero sólo cabe reparar en la crisis de pensamiento de Occidente donde todo está en duda y cómo los llamados maestros de la sospecha, Marx, Nietszche y Freud han contribuido al relativismo en el que nos encontramos). Querrá que ella ponga en entredicho que la realidad sea en efecto real, pudiendo así entender que está soñando y que desee salir del sueño. Lo que no imagina es que esta idea se desarrollará y acabará marcando el pensamiento de su mujer, de tal modo que cuando despierten seguirá dudando de lo real, creyendo que es un sueño y que la única forma de escapar de él es el suicidio (morir para despertarse). Se suicidará implicando a su marido (para que él se suicide también), de modo que ella estará muerta y él deberá huir de los EEUU porque nadie cree que ella estuviera loca, pues todo parece indicar que es Cobb quien la asesinó.

Veamos aquí otros dos puntos de interés. Por un lado el amor romántico que determina la vida. Si tras ver A beautiful mind afirmábamos que sólo en la alteridad uno recupera su propia identidad, que somos hechos para amar y ser amados, Nolan nos presenta aquí, ciencia-ficción mediante, un bucle más del rizo: una realidad ficticia, pero compartida por esa presencia amorosa. Como todo lo bueno se puede corromper, Cobb y Mal corrompen su amor al alejarlo de lo real, al autoconfeccionarlo encerrándolo en sus estrechos seres. Si el ser humano es relación con el infinito –pues tal es el deseo que tiene sobre las cosas–, la relación amorosa debe ser una apertura a ello, no un encerrarse en el propio yo narcisista y el tú que no es sino un reclamo a uno mismo. Por ello, igual que Nash es salvado por un amor que le acoge sacándole de sí mismo, Cobb y su mujer se condenan al hacer lo contrario. De hecho, veremos como Cobb es un personaje sufriente, perturbado, es incapaz de discernir bien qué es real y qué no, por lo que está usando su tótem constantemente (Nota: el tótem es un objeto personal e intransferible que sirve a los creadores de sueños para saber si están o no soñando o bien en el sueño de otro, pues el objeto tiene una característica particular que sólo su portador conoce y que por tanto un ladrón de sueños no podría imaginar e introducir en el sueño, tal como un dado trucado o una peonza que no cae).
Así la película podría decirse que consiste no sólo en la introducción de la idea en la mente de Fischer (ésa es la excusa) sino también en la sanación de Cobb y su reconciliación con su pasado, que le permita volver a casa con sus hijos. Cobb deberá afrontar su sentimiento de culpa y el dolor por la pérdida de su mujer, debe dejarla ir, dejar de proyectarla en sus sueños y dejar de usar sus recuerdos en los mismos a fin de adherirse a una realidad que no lo es. Cobb conseguirá bajar al limbo donde reside el recuerdo de su mujer y entenderá que la proyección que él mismo se hace de ella en su mente es falsa, no es sino una apariencia, un reflejo incapaz de presentar la misma intensidad y verdad que su mujer era. Entiende que por muy bueno que sea lo imaginado nada puede sustituir ese factor misterioso que lo real entraña. Igual que Nash, acaba pudiendo valorar lo real por encima de lo que no lo es. No deja de ser interesante también el hecho de que es Cobb, al saltarse la libertad de su mujer introduciéndole Origen, quien la vuelve loca. Es decir, ese componente misterioso de lo real apenas mentado es aquello inapresable, inenarrable, que percibimos pero que no conseguimos abarcar, que es lo que nos hace ser quienes somos y que hace de lo real algo siempre más valioso que cualquier proyección. Sólo respetando la libertad de su mujer y facilitando que ella misma, usando el criterio de su corazón entendiera por qué la realidad es más veraz que el sueño, Cobb habría podido salvarla. Al saltarse eso, incluso con buena intención la matará.

La película es una obra maestra en efectos especiales (se llevó 4 Oscar) además de un prodigio de montaje y entretenimiento sin renunciar a una buena historia que permite cuando menos pensar, algo escaso demasiadas veces en nuestras carteleras. Algunos de sus críticos, objetan la ambigüedad de Nolan por el final y lo que ellos llaman trampas en el montaje para confundir al espectador. Creemos que tal visión es parcial y profundamente injusta, pues Nolan en nuestra opinión, lo que consigue es interpelar al espectador y ofrece sobradas pistas durante toda la película para que un correcto visionado lleve a una sola verdad. Así, el gran debate se generó alrededor de si la peonza cae o no al final, es decir, si Cobb sigue inmerso en un sueño en el que ahora ha asumido a sus hijos o ha vuelto a la realidad. La película no lo soluciona no porque sea ambigua, sino porque es suficientemente clara como para que el espectador no sea sólo un observador, sino que siendo protagonista entienda qué ha sucedido y se pueda posicionar sobre el final.
Nuestro pensamiento coincide con el que expresaba el director en una entrevista: “La cuestión no es si la peonza cae o no cae, sino que la clave está en por qué Cobb no la mira”. Hay ciertos detalles que ayudan a comprender ese final para los escépticos que quieren no sólo lo mostrable sino lo demostrable (Nolan no es tramposo) como que los niños no llevan exactamente la misma ropa o que ciertas circunstancias han cambiado respecto al sueño, como la presencia del mentor y abuelo (Michael Caine) o el anillo de casado, además de que la historia sigue siendo profundamente coherente con las anteriores escenas. Sin embargo la lección magistral de Nolan es que Cobb no necesita mirar el tótem porque ha dado un paso, ha entendido cuál es ese factor que hace que lo verdadero y lo real coincidan, ha aprendido a usar bien el criterio del corazón, entendiendo que lo ficticio nunca podrá ser tan atractivo como lo real, porque sólo el carácter misterioso de la realidad nos mantiene en nuestra verdadera estatura de hombres, es decir, sujetos en busca de significado y plenitud infinita. La realidad siempre es positiva y otra vez si Cobb se mueve es porque hay algo real a lo que se pega y no renuncia, que es el amor y la presencia irreductible de sus hijos. Cobb ya no necesita mirar la peonza para saber que lo que ve es real.
Marc Massó

martes, 28 de mayo de 2013

Memento

Empezamos el ciclo realidad-ficción con esta interesante película de Christopher Nolan estrenada en el año 2000. En este ciclo partiremos del deseo de verdad que alberga todo hombre para explorar en qué forma la realidad se demuestra adecuada como respuesta y de qué modo la aventura de la interpretación que se suscita en cuanto uno la vive, permite llegar o no a un mayor cumplimiento. En tanto que humanos y por tanto limitados, conocemos lo real de forma mediada, es decir, a través de los sentidos y de nuestras percepciones. Asimismo, modificamos lo real y lo hacemos nuestro mediante procesos psicológicos más o menos complejos que nos permiten entender y dar sentido a cuanto acontece. Ello ha sugerido a lo largo de siglos debates acerca de si existe la verdad, qué es, si se puede conocer realmente o todo se reduce a interpretaciones. El debate sigue sin duda vigente, y de hecho occidente aqueja de una crisis humana y moral que se enraíza en lo más profundo de un pensamiento relativista que desnorta todo aquello que antaño se había considerado pilar fundamental de su cultura.

En su segunda película Nolan ya da sobrada muestra de su maestría a la hora de hacer del espectador casi un personaje más de sus películas. Hay quien entiende que sus historias son ambiguas o juegan con la incertidumbre para generar esa reacción en los espectadores. Sin embargo, nosotros coincidimos con el director en que “hay una verdad y un visionado atento de la película conduce a ella”. En este caso, Nolan logra meter al espectador en la piel del protagonista con un peculiar montaje: la película es un constante sucedido de analepsis que van mostrando las causas de lo que se observa, en vez de sus consecuencias. Asimismo intercala escenas en blanco y negro que pertenecen al pasado pero que se suceden en orden correcto, juntándose en un determinado punto con las escenas en color, que representan el presente (aunque hacia atrás). De esta forma, la línea temporal de la película es inversa, empezando por el final (en color) y un punto en el pasado (blanco y negro) que se juntan en el medio (que será el final del film).

Ello provoca en el espectador una sensación parecida a la del protagonista, donde constantemente no entiende lo que está sucediendo porque no recuerda el pasado (en el caso del espectador el pasado es lo que está por venir). La película trata sobre la vida de Leonard (Guy Pierce), un hombre que tras un asalto a su casa sufrió un golpe que lo dejó con amnesia anterógrada. Esta particular discapacidad hace que recuerde todo lo previo al momento del accidente, pero que sea incapaz de fabricar nuevos recuerdos. Por tanto, toda la memoria a corto plazo es constantemente borrada, como si le hicieran un “reset” mental y volviera siempre al mismo punto tras un determinado lapso de tiempo.

Leonard tiene un objetivo en la vida, acabar con uno de los asaltantes a su casa que lo dejó en esta situación y que además violó y asesinó a su mujer. A tal efecto, asumirá un método para poder recordar y establecer una serie de rutinas que le permitan vivir. A base de tatuajes en el cuerpo, fotografías y notas de todo tipo establecerá las bases para suplir las carencias de su memoria. Aflora aquí uno de los primeros factores que asalta la conciencia del público: ¿en qué consiste nuestra identidad, qué nos permite ser quienes somos? En efecto, la memoria nos permite hacer nuestro aquello que vivimos, recordar nos da la capacidad de identificarnos con aquello de lo que hacemos experiencia y valorarlo en nuestro ser. Parece que a Leonard (y al aturdido espectador que no entiende el porqué de la acción que está viendo) se le ha incapacitado para ello. De esta forma, Leonard es absolutamente dependiente de las personas con las que se encuentra, pues son las únicas que le permiten explicarse a sí mismo y lo que sucede.

Sin embargo, todas las relaciones están bajo sospecha, Leonard mismo ha de recurrir a sus notas y fotografías constantemente para cerciorarse de quién es Natalie (Carrie-Anne Moss) o si Teddy (Joe Pantoliano) dice la verdad. Aquí hay una curiosa paradoja: Leonard pretende ser independiente con el método de acción por instinto a través de lo que se va anotando y que ha creado él, pero choca con su incapacidad de hacerlo solo y necesitar constantemente de otros. Casi sería como decir que el otro es más real que él mismo, pues él es incapaz de recordar cómo ha llegado donde está. Se desvela aquí el segundo factor importante: el otro como factor necesario para la identidad del propio yo. Yo sólo soy yo porque hay un tú. Somos seres relacionales, animales sociales que diría Aristóteles, por tanto, nuestra vida (su origen y su fin -en ambos sentidos de la palabra-) sólo tiene cabida en relaciones de amor que nos generan y que generamos, dando sentido a nuestras vidas. Además, siguiendo con Aristóteles, el ser humano no se entiende sin una morada, un lugar al que pertenece. Por eso la soledad de Leonard y su pretendida independencia acaba siendo lo que le incapacita para recuperar, verdaderamente, su identidad; pues está encerrado en su mismidad, máxime en tanto que está aquejado por su particular amnesia. Es él mismo el que decide huir de su casa y quemar los recuerdos de su esposa.


En la película el factor amoroso queda velado por el hecho de que no son relaciones de amistad verdaderas, es decir, su lógica no es el amor, sino más bien la utilitarista como se demuestra en varias ocasiones, a pesar de que, con todo, hayan gestos de gratuidad en ciertos momentos. Es curioso ver cómo Leonard cambia su discurso, es decir, la visión que tiene de sí mismo. Mientras que al inicio explica su vida con frases como “que no recuerde las cosas no quita sentido a mis actos” o “los recuerdos no importan si tienes los hechos”, vemos cómo al final será él mismo quien use los hechos para cambiar sus recuerdos. En cierto sentido es verdad que un hecho, un acontecimiento, es algo objetivo, más allá de lo que sea capaz de recordar o de interpretar uno (como se demuestra con los testigos y las pruebas en los juicios ante la ley); pero no es menos cierto que en la propia vida, la posición vital de uno será la que permitirá o no que esos hechos sean en efecto relevantes o no.

Como se ve al final gracias al diálogo con Teddy, Leonard descubre que ya había matado al hombre que violó a su esposa, que de hecho ella no estaba muerta y que fue él mismo el que la mató, al estilo de la historieta de Sammy Jankis (Stephen Tobolowsky); que él mismo creó para esconder la horrible verdad de que fue su esposa la que se suicidó asistida por él, aunque inconsciente, debido a su enfermedad. Fue el mismo Leonard el que quitó ciertas páginas del informe policial, se tatuó pistas ambiguas o falsas para proseguir la ya ficticia búsqueda y el que decidió no creer al único que conocía la verdad, el policía Teddy. La mentada ambigüedad reside en que cabría la posibilidad de que fuera Teddy el mendaz, dentro de la trama utilitaria y de mentiras que hay entre los personajes. Sin embargo, creemos que son prueba suficiente para desdeñar esta interpretación el monólogo final y ciertas imágenes, como la fugaz transposición de Leonard por Sammy en un fotograma en el psiquiátrico o la visión final de Leonard donde el espacio de su cuerpo reservado a la anotación del cumplimiento de su misión aparece tatuado con “I made it”.

¿Por qué Leonard decide seguir con la mentira? Probablemente para que su vida no pierda el sentido. Además en Leonard, el proceso resulta fácil, no ha de moldear constantemente lo real inventándolo todo, basta que haga los cambios justos y su desmemoria hará el resto. Sería el arquetipo del narciso nihilista, un ser sólo centrado en sí mismo (aún con el propósito vengativo de su esposa) para el que la realidad no alberga una verdad, sino que es él quien da el significado de las cosas. En efecto, parafraseando a Nietzsche, no existen hechos, sólo interpretaciones. Nótese el cambio de posición con respecto a la anterior frase del protagonista. Así pues, a Leonard le basta con que su método funcione, que dé sentido a sus acciones, más allá de que sea real o no, es decir, verdadero. No obstante, quedarse aquí sería cuando menos injusto. Es cierto que estamos hechos para la verdad, que uno se siente como liberado cuando al final de la película todo cobra sentido, pero no es menos cierto el sentimiento de desproporción que se siente ante la condición de Leonard. ¿Es la memoria lo que nos define, qué nos hace humanos, hasta qué punto la vida vale la pena ser vivida?

Son preguntas que no tienen solución fácil, inconmensurables, pero que no por ello hay que dejar pasar, por la inexorable evidencia con que se muestran. El sentimiento recuerda al que describimos tras el visionado de Million Dollar Baby, donde el destino de la protagonista parecía desvanecerse ante su nueva condición. Sería imposible afirmar que Leonard no es humano por el hecho de no poder recordar, por tanto si no es la memoria, si no es el propio método de hacer las cosas, ni tan siquiera nuestra voluntad, ¿qué da la vida? Es una problemática lacerante por cuanto pone sobre la mesa una evidencia aún más profunda, que llevamos muchas veces escondida, que casi nos parece inenarrable: la vida no depende de nosotros, hay una gratuidad última, una especie de don, misterioso, que hace que las cosas sean más allá de nuestra querencia. Pero entonces ¿en qué consiste el vivir y el significado de cuanto acontece? Las decisiones de Leonard y la realidad a la que se enfrenta ponen de relieve lo humano, lo que nos hace ser verdaderamente quienes somos. La posición vital de Leonard está antes de su capacidad de poder recordar, él decide manipular lo real antes de poder o no acordarse, parecería que el yo, está incluso antes que la propia capacidad de “darse cuenta”.

No pretendemos responder, porque probablemente no haya respuesta más que en la experiencia. En palabras de Benedicto XVI: "Nadie puede decir: Tengo la verdad. [...] Es la verdad la que nos posee ¡es una cosa viva!. No la poseemos, sino que es la verdad misma la que nos aferra." La película está basada en una historia del hermano del director, Jonathan, titulada Memento mori (Recuerda que morirás). El propio título ya estremece, pero no deja de resaltar otra vez la verdad que todos conocemos: moriremos y exigimos un sentido que la realidad debe revelar. En este ciclo queremos acusar las preguntas que nacen, ver cómo en el visionado surgen, ser espectadores de cómo estamos hechos, antes de imponer ningún esquema previo o cálculo de lo ya sabido para explicar clínica o filosóficamente a los personajes. Las preguntas nacen con la misma naturalidad que uno entiende un beso como un bien y un puñetazo como un mal, porque antes que decidamos ya hemos sido hechos. ¿Vale la pena aceptar el desafío de lo real y buscar su significado o cada uno puede establecer un método que le funcione? Incluso en una enfermedad donde la memoria o la propia voluntad queda cercenada ¿es posible ese cumplimiento? y en tal caso, ¿qué lo hace posible?

Marc Massó