Mostrando entradas con la etiqueta Redención. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Redención. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de enero de 2013

Sin Perdón


En los años 70 David Webb Peoples (también guionista de Blade Runner) escribió el guión de Sin Perdón, Francis Ford Coppola tuvo una opción de compra sobre los derechos del guión que tras no ejercer expiró, momento en el cual Clint Eastwood se hizo con ellos. Sin embargo, no rodó la película hasta casi diez años después, ya que quería tener la edad del protagonista de la historia. En 1992 Sin Perdón se hizo con los Oscar a mejor película, director, actor secundario y montaje.

Estamos ante la película que para algunas personas termina con el western, algo que se puede entender en una doble vertiente. Por un lado, se puede pensar que la película está tan bien hecha que ya no se podría hacer nada mejor; y por otro lado, se puede pensar que termina con el western porque lo desmitifica. Aceptamos las dos interpretaciones.

Ciertamente “Sin Perdón” es una gran película, lo es por su guión, también por su fotografía, por su banda sonora y cómo no, por unas interpretaciones a la altura de la historia. Por ello, realmente será difícil hacer un western al menos de esta calidad. Sin duda, Eastwood está a la altura de los grandes directores de western como Howard Hawks o el inigualable John Ford. De hecho, enlaza muy bien con una cierta desmitificación que ya se pudo ver en las obras de este último, como es el caso de la que para Spielberg es la mejor película de la historia: “Centauros del desierto”.

Lo que sabemos del pasado de William Munny (Clint Eastwood) no es mucho y se nos dice nada más empezar la película, que fue un hombre de mala vida, un pistolero, borracho y mujeriego. Justo en esta primera presentación se nos habla también de un personaje al que no veremos en toda película, pero cuya presencia se nos hará patente en varias ocasiones: la mujer de Munny. Nadie sabe por qué una chica como ella se casó con un tipo como él, nadie sabe qué vio en un hombre violento y desalmado para dejarlo todo y darle su vida. Puede que Munny fuese un gran pistolero, rápido y sin escrúpulos, pero la primera imagen que se nos da no encaja con esa descripción, ya que le vemos arrastrado por el barro separando a sus cerdos enfermos. Es el ocaso de los tipos como él y la búsqueda de algo que dé sentido a sus vidas.


Big Whisky es un pueblo pequeño gobernado con mano férrea por su sheriff, Little Bill (Gene Hackman). Una noche dos vaqueros maltratan a una prostituta hasta desfigurar su cara. La justicia del sheriff no es suficiente para el resto de prostitutas, así que deciden juntar todos sus ahorros y ofrecer una recompensa para aquél que mate a los dos vaqueros. Vemos aquí el primer tema de la película: en un mundo donde la justicia terrenal es insuficiente, en donde prevalece la ley del más fuerte; sólo cabe ajusticiar con violencia. Ojo por ojo y diente por diente. De hecho, una de las grandes razones que justifican al entender de los habitantes del lugar la muerte de los vaqueros es el hecho de haber marcado a una dama. Incluso siendo prostituta sigue habiendo un código moral y social por decirlo de alguna forma, que se debe respetar. En palabras de una de las furcias: “Que dejemos que nos monten como a caballos no significa que nos puedan marcar como a caballos”.

Así las cosas, la noticia corre como la pólvora, llegando a oídos de un joven que aspira a ser un gran asesino y que se hace llamar Schofield Kid, el cual va a buscar a Munny para ofrecerle matar juntos a los dos vaqueros y repartirse la recompensa. En un primer momento Munny declina la invitación, según dice es un hombre reformado gracias a su mujer. Pero contemplar sus cerdos enfermos y la miseria en la que vive le hace cambiar de idea, ya que quiere darles algo mejor a sus hijos. Munny sólo exige una condición a Kid, y es que les acompañará su amigo Ned Logan (Morgan Freeman) y el dinero se repartirá entre los tres.


Poco a poco, Eastwood nos va descubriendo quién había sido Munny a través de leyendas que cuenta Kid. Así conocemos de su violencia y de cómo Logan y él recorrieron juntos el oeste robando y matando. A pesar de que Munny habla constantemente de que se ha rehabilitado, es su amigo Ned el que le recuerda que si su mujer siguiese con vida no se habría embarcado en este negocio. Además, Munny en sueños y delirios tiene pavor a la muerte, no por cobardía, sino como aquél que se sabe en deuda moral con la vida, como aquél que no ha expiado sus pecados y sabe que aún ha de cumplir penitencia, es la clara imagen del reo que no ha conocido expiación, que no ha experimentado una misericordia total frente a su maldad. La redención aún no ha llegado.

El tono de la película es de una aparente nostalgia por un tiempo pasado que llega a su fin, la época de los pistoleros, del salvaje oeste por conquistar, de un mundo sin leyes ni autoridad se está acabando, ya sólo quedan recuerdos y vaqueros a los que les cuesta subirse a un caballo. Además, antiguos pistoleros como Little Bill, ahora están aparentemente al servicio de la ley, aunque sea la ley que ellos dictan. El final del tiempo de los pistoleros es patente en toda la película, lo vemos en varios detalles. El más claro es que todos los pistoleros con fama son ya viejos, Munny, Little Bill y Bob el inglés; no hay ningún pistolero joven con un nombre que infunda tanto temor como los de estas viejas glorias, el único joven que desea convertirse en uno de ellos desistirá. Por ello, son los últimos de una especie a punto de extinguirse. Además, Bob el inglés, no llega a caballo al pueblo, como correspondería a un vaquero, sino que utiliza el tren y se hace acompañar de un cronista que se dedica a recoger y narrar todas sus aventuras pasadas, haciéndolas superlativas para maquillar una realidad a todas luces decadente. Un último apunte, Munny monta una yegua, no un caballo, y monta muy mal.


Sin Perdón” nos habla sobre lo que su título indica, qué sociedad es la que se construye teniendo como cimientos la venganza; y es más, aceptando que los crímenes que uno haya cometido no pueden ser perdonados, y algún día se pagará por ellos. Por eso Munny cree merecer que le maten, y sólo espera a que llegue alguien a hacerlo; de hecho, es lo primero que le pregunta a Kid cuando va a buscarle. Incluso cuando uno intenta enmendar de alguna forma su error, como hace uno de los dos vaqueros que maltrataron a la prostituta (precisamente el que menos culpa tenía) se encuentra con que un atisbo de perdón en los ojos de la víctima es barrido por una ola de violencia y gritos del resto de compañeras.

Nos parece muy interesante el personaje del joven Schofield Kid, que ha crecido escuchando las historias de Munny y otros pistoleros, y quiere ser uno de ellos. Podemos decir que está empapado de un cierto romanticismo que le hace ver esa vida como un ideal a  alcanzar, encontrando aquí una de las genialidades del guión, y es que este joven romántico es corto de vista, lo cual le impide acertar disparando a más de 50 metros. No ve bien hasta que no tiene las cosas cerca, y no entenderá lo que es quitar una vida hasta que no tenga la muerte frente a frente. Cuando Munny, Logan y Kid deben matar al primer vaquero, apreciamos la torpeza de unos pistoleros desentrenados y el absurdo de un asesinato. En primer lugar, Logan no puede disparar, ha dejado atrás esa vida, y se ve incapaz de quitar otra vida más, él es uno que sí ha alcanzado una auténtica redención. Munny no se lo echa en cara, decide hacerlo él mismo, necesitando varios intentos para acertar, hasta que al final el joven muere desangrándose mientras pide agua para beber. Después de este suceso, Logan abandona el grupo para volver a casa junto a su esposa.


Será entonces cuando los hombres del sheriff capturen a Logan, que muere por los golpes recibidos bajo tortura. Al conocer la noticia Munny vuelve a beber por primera vez en muchos años lo que significa que recupera plenamente su pasado para vengar a su amigo; es decir, vuelve a su época de pistolero, a juzgar y valorar la realidad con sus criterios de antes, sin que la vida junto a su mujer pueda aportar ninguna luz para enfrentarse de una forma distinta a este suceso. Durante toda la película, Munny no se ha presentado a la gente del pueblo ni al sheriff con su verdadero nombre, lo hará cuando en la escena final entra para acabar con todos; una escena inolvidable, y que todos esperábamos ansiosos, porque en buena parte y erróneamente, creemos que la justicia es eso y que esa venganza podría calmar nuestro dolor. Mientras, Kid, tras haber matado al otro vaquero (el primer hombre al que mata) se da cuenta del horror de la muerte y decide abandonar, no quiere seguir con esa vida. Quitar una vida es algo muy duro, algo que Munny hacía sin miramientos porque siempre iba bebido. Vemos cómo la conciencia (el corazón del hombre) debe ser adormecido de alguna forma para que las cosas no le afecten entendiendo que el mal es antinatural y por tanto antihumano. El propio Munny reconoce la dureza de quitar una vida cuando le dice a Kid que “cuando matas a alguien no sólo quitas lo que es, sino también lo que podría llegar a ser”.


Ahí se da a entender también el anhelo de la misericordia, de la misteriosa redención de un hombre; pues ¿quién decide dónde reside el valor de su vida? ¿Acaso el mal cometido es determinante o hay algo más allá? Éste es uno de los conceptos básicos que se puede ver con claridad en otras películas como “Los miserables” en el enfrentamiento entre Jan Valjean –el ladrón- y els inspector Jabert –la justicia humana-.

Sin Perdón” es un homenaje al western, muy claro en la dedicatoria a Don Siegel y Sergio Leone, y presente en planos que recuerdan a John Ford, o en el sobrenombre de Bob el inglés, el Duque, que era el apodo de John Wayne. Sin perdón desmitifica al western porque baja del imaginario colectivo a la realidad humana. Presenta personajes de carne y hueso, pone frente a frente la leyenda y la realidad, lo romántico y lo veraz. Es una obra maestra no sólo por su confección, sino porque revaloriza un género a la altura de lo humano, hace trascender en un asesino, en una leyenda del Far West, ese atisbo de infinito, ese grito humano que busca el bien, la plenitud y el perdón; aún cuando todo conspire para acallarlo. Eastwood, consigue que entendamos lo que se presenta como interrogante en la película: ¿qué vio su mujer en un asesino? Puede decirse que acaba con un género porque ya no se usa para reinventar la historia, para el mero goce con un género más o menos pintoresco; sino que cuenta al fin y al cabo la mejor historia que se pueda contar; la vida de un hombre.


                                                                                                      Alberto Ribes

lunes, 19 de noviembre de 2012

La vida de los otros


La caída del muro de Berlín dejó al descubierto el verdadero rostro de la vida en el socialismo real, un estado omnipresente que buscaba conocerlo todo de sus ciudadanos para salvaguardar la utopía. A pesar de la abundante información y testimonios que han mostrado al mundo lo que significaba el día a día bajo un régimen comunista, es sorprendente que dicha ideología siga siendo admirada y defendida hoy en día.

En el año 2006, el director Florian Henckel von Donnersmarck regaló al mundo una verdadera obra de arte, “La vida de los otros”. Su película recibió el aplauso unánime de crítica y público, y de este modo cosechó multitud de premios alrededor del mundo, llegando a su momento álgido al alzarse con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Como ya hemos comentado, nos resulta gratamente sorprendente que el cine alemán haya sido capaz de aproximarse y mostrar hechos vergonzosos de su pasado sabiendo mantener una distancia adecuada para no caer en partidismo alguno y reflejar la verdad.

“La vida de los otros” nos lleva a la República Democrática Alemana (su nombre ya era un insulto a la verdad) durante el año 1984, fecha que no nos parece fortuita, ya que da título a la obra más conocida de George Orwell; la cual narra la vida en un estado totalitario. El capitán Gerd Wiesler (Ulrich Muhe) es un oficial de la Stasi (policía secreta de la RDA) con una hoja de servicios que refleja fielmente su grado de compromiso con la lucha por la salvaguarda del socialismo real. Es un hombre frío y metódico, que no da espacios al sentimiento ni a la duda cuando de defender la RDA se trata, es alguien que ha entregado su vida por completo a la defensa y preservación del comunismo.

Wiesler es un ser solitario, algo imprescindible para que cualquier sistema totalitario persista, sin amigos ni amores, su vida se construye por y para el Estado que es quien al mismo tiempo le otorga su dignidad. De hecho él es el encargado de formar a los jóvenes aspirantes a agentes de la Stasi, es el arquetipo del siervo del Estado. Vuelve a ser recurrente y claro aquí el cariz teológico de la estructura estatal totalitaria. Bajo una ideología con pretensión totalizante el Estado es el nuevo dios que lo verá, gobernará y dispondrá todo para que los hombres puedan vivir. La ciencia y el progreso serán sus brazos ejecutores mediante sus agentes y funcionarios.

Sin embargo, la vida del capitán Gerd Wiesler cambiará drásticamente cuando se le asigne espiar al escritor Georg Dreyman (Sebastien Koch) y a su novia, la popular actriz Christa-Maria Sieland (Martina Gedek). Georg como la mayoría de sus amigos intelectuales no cree en el régimen, pero está bajo el yugo de un poder omnipresente que es capaz de quitarle sus dos pasiones: la escritura de obras de teatro y a su mujer. Análogo miedo está enraizado en Christa-Maria, que se acuesta con el ministro coaccionada por el miedo a perder su carrera artística, su vocación.



Tal y como ha hecho siempre, Wiesler se dedica con ahínco a la misión que le ha sido encomendada. Para ello llena de micrófonos todo el apartamento de Dreyman y se instala en el piso superior para escuchar diariamente la vida de esta pareja en busca de pruebas que demuestren su traición al Estado. He aquí una de las características fundamentales de la ideología: no importa la persona, sino la idea, el poder; de modo que todo debe confeccionarse para el control, y así todo el mundo está bajo sospecha. El ciudadano ya no es persona, ya no es un individuo único e inigualable, es una cosa más, algo objetivado por el poder estatal con el fin de disponer de él, de ordenarlo, de coaccionarlo, para que nada salga del marco del ideal absoluto. La libertad no es la condición para la felicidad y cumplimiento del hombre en tanto que capacidad de adhesión a aquello que cumple su vida, sino que deviene una libertad negativa, de opción dentro del muestrario preconfeccionado por el poder: se puede elegir lo que el poder diga que se puede elegir, lo demás no existe, o no debe existir. Como ya dijo Orwell “todo lo que no es obligatorio está prohibido”.

Con todo, a medida que Wiesler se introduce más en la vida de Dreyman y su novia, su forma de ver y tratar todo lo que le rodea va cambiando. El contacto con la belleza y una vida verdadera despierta en Wiesler la nostalgia por algo que llene su vida, ya que se da cuenta que el comunismo no puede dar respuesta a lo que él es ni a lo que su corazón desea. Vemos un ejemplo claro en un momento de la película en el que tras escuchar cómo Dreyman y su novia mantienen relaciones sexuales, al volver a casa Wiesler solicita los servicios de una prostituta, en un intento torpe de tener un poco de aquella vida que ha visto. De hecho se da cuenta que sólo el sexo no le es suficiente y le pide a la prostituta que se quede un rato más con él. Su respuesta es que otro día reserve más tiempo ya que tiene que atender a otros clientes del estado. Es lo que tienen los sucedáneos, que nunca son como el original.



El contacto con la belleza se hace evidente en escenas como en la que Wiesler escucha ensimismado a Georg tocar una pieza para piano de la que el mismo Lenin dijo que si la seguía escuchando no podría continuar con la revolución. La belleza, como una gotera, va horadando la roca que tiene Weisler a modo de coraza frente a lo real. En la misma línea, uno de los momentos claves de la película es cuando Wiesler rompe su “código de conducta” y en el bar se atreve a acercarse a Christa para decirle que no debe irse con el ministro. Ella le responde que es un “buen hombre”, y son estas, probablemente, las palabras más amorosas, más gratuitas, más humanas, que ha tenido en lustros. Esta conmoción obra el cambio en este personaje, la experiencia le despierta otra vez.

De hecho, siguiendo con un desarrollo también muy actual del poder, el elemento sexual se encuentra presente en las “citas” que mantienen Christa-Maria y el ministro para la satisfacción del apetito sexual de éste. Bajo la coacción del poderoso, se doblega la voluntad personal al servicio de los instintos, diríase que más bajos. No obstante, no dejan de ser llamativos dos aspectos: el primero es que incluso detentando el poder uno no albergue relaciones humanas verdaderas, es decir, que ni perteneciendo a la élite que gobierna el supuesto ideal, uno logre saciar su propia existencia. La inercia del poder cuando no está al servicio de la realidad, esto es, al bien y a la comunidad, se pervierte con fines propios siempre erróneos en tanto que parciales.

La segunda es el objeto mismo del deseo, que es precisamente la relación sexuada con otro. Esto lleva a entender que la originalidad del ser humano reside en la apertura al otro, en la relación amorosa con lo otro, lo distinto a sí mismo –entiéndase la realidad entera y por consiguiente, los demás, distintos de mí–. Nótese pues la flagrante paradoja en el modo que tiene ese mismo poder de ordenar la polis: mediante el individualismo y la soledad, sustituyendo lo real por lo preconcebido. Destacamos también que la acción se desarrolla en medio de un entorno uniformado en todos los niveles, siendo el arquitectónico un ejemplo claro: bloques de viviendas iguales unos a otros, construidos no para albergar vida sino para cumplir las mínimas funciones fisiológicas que necesita un ser humano, dormir y comer.



La vida queda reducida así a lo pragmático, a la inmanencia de la acción, cercenando cualquier vínculo más alto, cualquier cosa que indique un “algo más” siguiendo la dinámica del propio deseo humano. El apartamento de Wiesler es un canto a la soledad más absoluta, paredes vacías, pocos muebles y un televisor frente al que nuestro personaje cena –una referencia constante a cómo la reducción del individuo a sí mismo se consigue mediante el poder y la tecnología, es decir, todo lo que evita y sustituye, mal que bien la alteridad, la relación con el otro–. Todo está pensado para que nada despierte en él sentimiento alguno; pero como dijo Dostoievski: “la belleza salvará al mundo”. Así, en medio de este paisaje donde lo humano ha intentado ser desterrado, gracias a su carácter irreductible, es decir infinito, la vida se abrirá camino igual que una planta que crece en un muro de piedra cuando encuentra la mínima posibilidad para existir.

De esta manera Wiesler dejará de reportar las acciones delictivas de Dreyman, siguiendo al inicio una intuición, diríase casi que una curiosidad, como la del niño que descubre algo correspondiente, que sin embargo le han dicho que está prohibido, pero que contempla y a lo que se acerca con cautela. Esa primera intuición evolucionará a certeza mediante la confrontación de su propia experiencia. El espectáculo de vida, de goce, de libertad del que es espectador le relanzará a la pregunta sobre su propia vida, le permitirá entrever la mentira y la reducción de sí mismo que había aceptado de antemano, casi sin concebirlo, bajo el ideal del poder y le hará renacer.


No deja de ser significativo cómo se rebela en primera instancia, arreglándoselas para que Dreyman vea lo que hace su novia, como aquel que se rebela en contra de la mentira, de lo falso, que espera de las cosas una consistencia y una profundidad. Es en este momento donde será testigo de algo más grande que su concepto de justicia, y es el perdón que Dreyman da a su novia tras darse cuenta de su infidelidad. Salvará al artista y a sus amigos, será repudiado y rebajado por ello, pero si bien su vida parece igual de monótona y aburrida, él ya es otro, su mirada es distinta, ya ha visto algo más a lo que no renunciará por cualquier ideal menor. Del mismo modo en que Christa-Maria ha sido perdonada, Wiesler desea poder recibir ese abrazo redentor que le haga recuperar la conciencia de que todo su mal puede ser sanado con un segundo de amor sincero y desinteresado.

No obstante, el trágico desenlace parece augurar lo peor. Dreyman y su novia son apresados, el poder vence, Christa-Maria renuncia al amor por su propio ideal, su carrera profesional, e incapaz de soportar la culpa se suicida –no hace falta pertenecer a un estado totalitario para reducir lo humano, evidentemente–. Wiesler salvará in extremis al dramaturgo, pero éste, incapaz de superar la muerte y traición de su amada permanecerá gris, incapaz de volver a escribir. Entonces acontece lo inesperado. Dreyman descubre que siempre fue espiado, pero que con una misericordia inmerecida –no conoce a Wiesler– y gratuita, no fue delatado. El bucle de lo imposible sigue su recorrido: Dreyman salvó a Wiesler y éste lo salvó a él. Dreyman volverá a escribir, dejando plasmado en el arte, un recuerdo eterno, más allá de lo mensurable: “Sonata para un hombre bueno”.

El final de la película la redondea, viéndose cómo sólo a partir de la gratuidad y la afectividad entre las personas, es posible entablar relaciones justas, vidas cumplidas, sociedades orientadas al bien común, donde cada cual pueda vivir y buscar la felicidad. Fueron renaceres como éstos, corazones que no se redujeron, ideales desenmascarados, los que tiraron abajo el muro. No sólo el que dividía la ciudad, sino ese muro, más peligroso aún por imperceptible, que es el que  separa  a las personas y las aleja de poder gustar la verdadera vida.

                                                                                                                                  Alberto Ribes

domingo, 7 de octubre de 2012

Atrapado por su pasado


Brian de Palma sale con esta película de una serie de fracasos cinematográficos y alcanza, lo que en opinión de muchos es, uno de sus hitos de madurez con una buena obra del género. La historia destila realismo por un lado, pues no en vano está basada en un guión inspirado en la novela del juez puertorriqueño de la corte suprema de los Estados Unidos Edwin Torres; y profundidad de personajes por otro, algo nada despreciable teniendo en cuenta la superficialidad en esta materia de otros films, como por ejemplo El precio del poder (Scarface, 1983) de mismo actor y director. Sin embargo la profundidad del protagonista es mucho mayor aquí que en la primera. Por un lado se ve claramente cómo en ésta, obra con la coherencia de un ideal bueno. Por otro mientras en Scarface el personaje de Michelle Pfeiffer es un mero objeto de deseo, en ésta Gail (Penelope Ann Miller) es la que posibilita que Carlito siga en pie, lo más verdadero que tiene.

Si bien esta vez la traducción es bastante acertada, dado que la cinta narra la historia de un hombre que intenta cambiar de vida pero siempre bajo el peso de su pasado, el título original “Carlito’s way”, creemos que transmite mejor la propuesta fundamental de la película: se nos muestra un hombre que hace las cosas a su manera. Carlito Brigante (Al Pacino) es un conocido narco que sale de la cárcel de forma inesperada debido a un error en el proceso judicial que lo deja en libertad. La estancia en la cárcel le ha permitido valorar su vida, lo conseguido y lo que desea; haciéndole tomar la decisión de escapar de la delincuencia, no sólo por lo peligroso de ese tipo de vida, sino tras la constatación de que nada de lo que ha conseguido le basta. Ha llegado a la cúspide, todo el mundo le respeta, pero eso no llena su ánimo.

La película empieza por el final, conociendo ya la suerte de Carlito, donde se intuye que su sueño se le ha escapado, pero creemos, que con una frase decisiva: “mi corazón no se detendrá”. Ahí ya está todo. Lo relevante de la figura de Carlito es que encarna una posición vital del hombre de nuestra era. En un mundo donde el nihilismo triunfa, donde no hay gratuidad, donde “un favor puede matarte más rápido que una bala” tal como el propio Carlito sentencia, la única salida posible parece ser imponerse, devenir el superhombre nietzscheano que es capaz de dominar una realidad ya de entrada negativa, a la que sólo cabe someter para triunfar.
Carlito es ese hombre, pero con una salvedad: su corazón está intacto. Es capaz de reconocer el vacío que genera el no significado en la vida, la futilidad de la violencia, el fraude que implica no tener verdaderos amigos. Sólo así emprenderá su huida pero siempre bajo el ideal, que es un motivo persistente en toda la película: escapa al Paraíso –homónimo del club que regenta–. Ya como una promesa ahora, el escape a islas Paraíso con su amada es el leit motiv del protagonista. Inteligentemente, esto no es un mero ideal abstracto, sino que toma cuerpo en la figura de Gail, la mujer a la que ama, y un lugar en el mundo, lejos de donde se ha criado. Carlito sabedor de su incapacidad, pero capaz de darse cuenta de la verdad que encierra su amor por Gail, direcciona toda su vida en pos de ese significado.

Ello le permite ser un hombre entero, íntegro; no en un sentido moral, pues evidentemente es un delincuente, sino en el sentido de que no renuncia a su deseo, a su humanidad, a aquello que considera como verdadero: ya sea la mirada de su chica o el código de honor entre narcos. Hay un claro contraste entre los nuevos matones que desconocen por completo la legitimidad o el honor, frente a la vieja escuela a la que Carlito pertenece. Cambiando de óptica despunta también la escena del bar de streptease donde Carlito encuentra a su novia. El diálogo es de sumo interés, pues frente a la tristeza patente que Carlito muestra por el hecho de ver a su amada comportarse indecorosamente al bailar desnuda, ella le dice: “Pero tú ¿a cuántos hombres has matado?”. Es decir, ¿cuál es el daño moral mayor, de qué nos escandalizamos?
Creemos que es una muestra inteligente de cómo una relación puede forjarse: si a partir de normas o de recriminaciones frente al propio mal o a partir de la persona, del deseo de su corazón, de su conocimiento profundo. Gail no se da a otros hombres como lo hace con Carlito –véase la escena del apartamento– al igual que Carlito no mata sólo para sí, sino para sí en tanto que para ella, para un bien mayor que es precisa y paradójicamente escapar de eso. Por este motivo la acción de Carlito no es loable en sí misma, pues normalmente usa el mal a su manera, sino por la verdad que hay en su deseo y en lo que hace. En la misma línea, sería irreal pedirle a alguien que se ha formado en la delincuencia y la violencia una acción perfectamente recta, no porque no la pueda hacer, sino porque nadie da lo que no ha recibido.

Así las cosas, la historia de desarrolla según Carlito intenta reunir el suficiente dinero para escapar con su amor, pero todo lo que hace se lo complica cada vez más. Parece como si la losa de su vida anterior hubiera caído sobre él y no consiguiera escapar de ella. Ello destila cierto aire escéptico o cínico. Parece que nuestra acción pasada nos determine, que no se pueda escapar a lo que ya se ha hecho, como si la redención no fuese posible. No obstante, creemos que hay suficiente datos en la película que permiten rebatir esa afirmación.
El primero es la forma en cómo se encara el momento final, con la silueta de la amada, con la mirada fija en el “Paraíso”, como dejando claro que el camino de la vida no significa llegar a la meta que uno se propone, sino tender continuamente al ideal que se anhela y que se justifica siempre a través de lo real (la carnalidad de Gail y el deseo de Carlito). En el mismo sentido, se le hace un favor al espectador al no ofrecer el clásico final feliz para dejar las conciencias tranquilas. Realismo no quiere decir buenismo. Lo normal con la vida de Carlito es que acabe precisamente como acaba. Sin embargo, lo trascendental es la hipótesis de significado que pueda traslucir aún en ese tipo de vida. El mismo Carlito lo afirma: Tumbado en esa camilla sentía la misma sensación de libertad que al salir de la cárcel. La muerte parece ser aquí más que un trágico final, un dramático cumplimiento.

La segunda sería que Carlito llega a engendrar, es decir, tendrá un hijo, va a ser padre, esto es –él mismo lo dice–, su vida no ha acabado, sino que recomienza a través de su hijo; no es el último Carlito Brigante. Su vida la ha dado por amor, por ser fiel al ideal que marca su corazón, y la vida continua y es buena. Continúa con ese mismo amor, con esa misma esperanza de que no acabe, de que el paraíso llegue, de que todo tenga sentido aun cuando toda la vida que ha conocido se lo ha negado, y la hipótesis de esa resurrección, está en la nueva vida que llega. Así pues, con sumo realismo, la historia de Carlito da un último toque a nuestra conciencia, y es que aun siendo el dueño del barrio, el más temerario y el más listo, la propia vida no se puede construir a solas. Allí donde faltan la amistad y el amor, la vida se demuestra incompleta, mientras que el faro guía es el irreductible y siempre presente deseo del corazón.

Marc Massó

lunes, 26 de marzo de 2012

The Fighter

Lowell, ciudad obrera cercana a Boston, es el marco en el que se desarrolla esta historia basada en hechos reales. Dick Eklund y Micky Ward son dos hermanos por parte de madre que han crecido buscando triunfar en el mundo del boxeo. Dick, el mayor, tuvo su momento de gloria cuando derrotó a Sugar Ray Leonard, pero su adicción al crack frustró la que podría haber sido una carrera de éxitos. El hermano menor, Micky, busca su oportunidad en el boxeo profesional y para ello confía en su hermano mayor, al que siempre ha admirado, para que le entrene. La película busca un gran realismo, como prueba la magistral caracterización y actuación de Christian Bale –que le valió el Oscar- o que los combates estén rodados utilizando el estilo de la HBO.

Pero en The Fighter, el boxeo no es más que el complemento para la verdadera historia, que no es otra que la relación entre los dos hermanos y la posibilidad de redención que está siempre presente cuando uno es amado sin reservas. Por un lado, Micky es un chico bueno, que intenta hacer las cosas bien, pero con una gran inseguridad y dependencia de su familia, que le impide en muchos momentos decidir por él mismo. Esto le está a punto de costar su carrera, por fiarse de las malas gestiones de su madre, que es su representante y por la dejadez de su hermano a la hora de entrenarle. De hecho, sólo es capaz de empezar a mirarse a sí mismo bien -no dependiendo de lo que pueda pensar su familia- cuando su novia entra en escena y le mira por lo que es, no por lo que debe ser como boxeador, como hijo o como hermano; que son los diversos roles en los que el personaje muchas veces se ahoga.

A su vez, su novia es redimida de su pasado fracaso en la universidad y de la vida que pudo llevar y no lleva. El encontrarse con Micky que la mira no sólo por sus atributos, sino por su persona y que la quiere de verdad, le permite salir adelante. Por otro lado, Dick ama a su hermano pequeño y trata de conseguir lo mejor para él. Sin embargo, se equivoca constantemente, y queriendo hacer algo bueno como es conseguir dinero para que Micky pueda entrenar, utiliza un método equivocado y sólo consigue acabar en la cárcel y que a su hermano le rompan la mano. Será en este punto, cuando las relaciones entre los diferentes personajes sean llevadas al extremo y puesta a prueba su consistencia.

Con Dick en prisión, Micky acepta una oferta para seguir entrenando y sustituye a su madre, que hasta entonces se había encargado de representarlo, por otra persona. El cambio le va bien, y empieza a conseguir bastantes éxitos, pero aquí debemos destacar un punto crucial; Micky no consigue los éxitos porque haya renunciado a todo su pasado con su hermano y su madre, sino que acoge y custodia como un tesoro todo aquello de bueno y verdadero que haya existido. De hecho, gana su primer combate importante con su nuevo entrenador y representante, no siguiendo las indicaciones de éstos, sino utilizando lo que su hermano Dick le ha enseñado.

Es interesante ver cómo el realismo frente a lo que sucede no quita las relaciones y los lazos que hay entre los personajes. Es evidente que al principio el vínculo familiar no le hace bien a Micky pero la solución no pasa por eliminarles de la ecuación, sino precisamente por afirmar a cada uno de ellos, pero desde la distancia adecuada. Es precisamente al entrar este realismo en escena, cuando Dick será también redimido.

Dick vuelve a ser él mismo cuando consigue desengancharse del crack durante su estancia en la cárcel –deja de estar alienado de él mismo–, gracias al visionado de un documental sobre su vida que una agencia grabó previo a su arresto para concienciar a los jóvenes sobre las drogas. La realidad se le presenta sin adornos, tal cual es, y se ve a sí mismo hundido al tiempo que percibe, esta vez claramente, el dolor que ha causado a su alrededor. No sólo Dick, sino también su madre, que siempre había mirado hacia otro lado, no tiene más remedio que mirar a la realidad a la cara y aceptar que su hijo es un adicto a la droga. La reacción de Dick es empezar a entrenarse pensando en un futuro regreso al boxeo profesional. Si bien es un paso, se muestra a la postre como otra quimera, porque es evidente que en su estado y con 40 años no puede regresar al boxeo.

Es entonces cuando vuelve y se reencuentra con su hermano, y descubre que su vocación al boxeo pasa por Micky y no por él, es decir, su vida vuelve a quedar ligada a la par que el vínculo familiar es regenerado, pues vuelve a entrenar a su hermano, aceptando la situación (los nuevos representantes, la novia, etc.). Así, se muestra de forma sorprendente que aún con las dificultades que pueda presentar la familia –cualquiera podría defender sin dificultad que las hermanas están todas locas–, los problemas propios de cada uno y demás; lo que acaba perdurando es el afecto inconmensurable por la propia persona. Aun cuando este afecto se presenta muchas veces de forma incorrecta, pues la madre se equivoca aunque lo haga con todo su amor; se ve cómo si éste perdura y pasa por el filtro de lo real, de lo que acontece, es lo que permite que luego la vida siempre acabe rebrotando. De esta forma, The Fighter, es una oda bellísima a las segundas e infinitas oportunidades que una persona merece para empezar de nuevo y redimirse de sus errores, las cuales son tan difíciles de dar y de aceptar como lo es el encajar un golpe en el ring.