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domingo, 26 de mayo de 2013

El indomable Will Hunting


En 1997 dos amigos de la infancia, Matt Damon y Ben Affleck, se llevaron el Oscar al mejor guión original por esta película. Fue el año en que una película de cuyo nombre no quiero acordarme recibió más premios que “Mejor Imposible”, “L.A. Confidential”, “Full Monty” o la que nos ocupa en esta crítica. Como suele suceder, el criterio de la Academia no siempre es el más acertado. La buena noticia es que al menos se reconoció el excelente guión del dúo Damon-Affleck y la brillante interpretación de Robin Williams.

Will Hunting (Matt Damon) es un joven con un talento muy especial, tiene una asombrosa capacidad de aprendizaje y memorización, así como una brillante intuición para entender y resolver problemas matemáticos realmente complejos, pero el estudio es para él un pasatiempo, no una forma de conocer mejor la realidad y entender qué tiene que ver todo con su vida. Will se dedica a ir de bar en bar con su grupo de amigos, meterse en problemas con la ley y trabaja limpiando el M.I.T (Massachussets Institute of Technology), una de las facultades más prestigiosas del mundo. Un día el profesor Gerard Lambeau (Stellan Skarsgard), ilustre matemático ganador de la medalla Fields, plantea a sus alumnos un problema, Will escribe la solución en la pizarra del pasillo de la facultad pero sin mostrarse. Este hecho crea una expectación tal que lleva a Lambeau a plantear otro problema más complicado si cabe, que él y sus ayudante tardaron años en solucionar; de nuevo Will lo resuelve pero esta vez es cazado in fraganti mientras escribe la solución. Después de una pelea callejera, el joven Hunting es condenado a prisión, pero Lambeau le ofrece un trato para poder eludirla, que estudie matemáticas con él y que visite a un terapeuta. Will acepta lo primero pero lo segundo no va con él así que sistemáticamente se dedica a ridiculizar a todos los psicólogos que le ponen delante. Uno tras otro van rechazando seguir tratándole, por ello Lambeau debe recurrir a un amigo, Sean Maguire (Robin Williams), antiguo compañero de universidad con el que hace años que no tiene trato alguno. Maguire no quiere saber nada del tema, pero ante la insistencia de Lambeau decide aceptar ver al chico.


Podemos decir que la película se estructura en relaciones de dos personas, entre los dos viejos amigos Lambeau y Maguire; entre estos y Hunting; entre Will y Skylar (Minnie Driver); y entre Will y Chuckie Sullivan (Ben Affleck). El punto común a todas ellas es el mismo, Will, incluso en la relación entre Lambeau y Maguire, ya que será Will el punto que les permitirá recuperar plenamente su amistad.

La primera sesión entre Will y Maguire no es muy diferente a las que ha tenido anteriormente con otros psicólogos, va poniendo a prueba a Sean, lanzando preguntas de las que ya tiene una respuesta y planteando juicios sobre su vida como si ya supiese exactamente a quién tiene delante. En un momento determinado Will empieza a teorizar sobre la vida de Maguire mientras observa un cuadro que éste ha pintado, hasta que llega demasiado lejos y se encuentra empotrado literalmente contra una pared, algo del todo inesperado para él. Pero lo que realmente es diferente a todas las anteriores sesiones es que Maguire pudiendo dejarlo estar y no volver a ver a Will, le cita para otro día. Este punto es crucial: por primera vez alguien se interesa por la vida de Will, no por su extraordinario talento ni por su hoja delictiva, sino por él.

La segunda sesión entre Maguire y Hunting es probablemente el punto de inflexión de la película y uno de los mejores discursos de la historia del cine. Después de haber visto cómo es Will y cuál es su forma de juzgar la realidad, Maguire le plantea una serie de interrogantes sobre cuál es la forma adecuada de acercarse a conocer algo y le da directamente en la línea de flotación. Will tiene datos, tiene toda la información del mundo sobre casi cualquier tema, solamente debe pasarse un rato leyendo un libro para convertirse en un experto; pero todo eso no basta, no es suficiente para conocer realmente y poder juzgar adecuadamente. Le falta la experiencia, le falta poner en juego toda su persona implicándola en aquello que quiere conocer, ya sean las matemáticas, una relación con una chica o con un amigo. Tal y como le dice Sean, nadie puede saber quién es Will Hunting, lo dura que ha sido su vida siendo huérfano, solamente leyendo Oliver Twist. Un libro no basta para definirle. Pero lo maravilloso de Maguire no es que sea capaz de noquear a Will, de dejarle sin palabras, lo grandioso es que él no quiere aplastarle para afirmarse más a sí mismo, él quiere realmente conocer a Will y sabe que eso no es posible si la libertad de éste no se mueve, por ello Sean termina su discurso pasando la pelota a Will, invitándole a hacer una camino juntos.

Si algo sabe Maguire es que todo camino educativo requiere unos tiempos y que sin que se mueva la libertad del que tenemos delante es imposible que exista tal camino. Por ello, respeta los tiempos de Will, y de esta forma es capaz de quedarse sentado con él en silencio a la espera de que decida empezar a hablar. Sea más o menos tiempo el que tarde, Maguire sabe que no puede forzar nada, solamente puede estar ahí para cuando Will decida hablar, aunque empiece explicando alguna cosa aparentemente sin importancia, que es lo que sucede. Y aquí tenemos otra genialidad de Sean: Will le explica un chiste y él lo recoge dándole pie a empezar a hablar de otras cosas. De esta forma Will le explica que está quedando con una chica pero que va a dejar de verla porque no quiere descubrir que no es perfecta. Así muestra su miedo a ser rechazado, algo que ha marcado su vida. Sean a su vez se abre a Will y le habla de su mujer, de cómo era, cuándo la conoció o qué echa más en falta; mostrando de esta forma que él no está ahí para salvar a Will, sino que ese chico es un bien para él ya que en su compañía y poniendo todo su yo frente a él, ambos crecen.


El profesor Lambeau no es exactamente la antítesis de Maguire, no creemos que la película quiera caer en maniqueísmos de bueno-malo. Se interesa por Will, ve en él una genialidad fuera de lo normal y ante un hecho tan extraordinario quiere pegarse a él para saber más. Pero su forma de acercarse a Will se queda en eso, en conocer mejor y aprovechar el don que tiene, no va más allá, no se convierte en un interés real por él y su vida. Lambeau es una eminencia, un hombre para el cual las matemáticas son su vida, toda su vida está dirigida a ellas y por ello al encontrarse con uno que es mejor que él le genera una frustración y una angustia que no le dejan dormir, hasta llegar al punto de desear no haber conocido nunca a Will, no haber sabido de su existencia. Pero la película ofrece una salvación para Lambeau, y se le da en la recuperación de una amistad que había desaparecido, o quizás en la transformación de lo que una vez fue una cierta simpatía o un simple estar juntos en algo superior, una auténtica amistad. Y esto se lo da su relación con Sean Maguire, el que fue su compañero de habitación en la universidad, el que le conoció antes de ser el prestigioso profesor que hoy es. La entrada de Will en las vidas de ambos hace que afloren de nuevo las viejas discrepancias y propicia que después de muchos años sean sinceros el uno con el otro y miren juntos lo que de verdad importa.


Chuckie es el mejor amigo de Will, es alguien sencillo, trabaja en la construcción y le  busca trabajos a su amigo. Sin duda es el líder del grupo, no por listo sino porque es el que tiene la actitud más paternalista de todos. A pesar de sus formas, se preocupa de verdad por los que se suben a su coche, él es quien conduce y cuida de ellos. No es el más listo, pero tiene el corazón suficientemente despierto para reconocer la posibilidad de que la felicidad de su mejor amigo pueda estar lejos de él, y no sólo se da cuenta de ello, sino que se lo dice a Will para que éste sea consciente de que puede hacer algo más que picar piedra en la construcción. El hecho de que Chuckie sea capaz de anteponer su felicidad inmediata (el estar con su amigo tomando cervezas y jugando a los dardos) por la felicidad de su amigo, le convierten en pieza clave para que Will aprenda y decida mover su libertad de la forma más adecuada.


El último binomio es el de Skylar con Will, el resultado sería muy distinto si faltase cualquiera de ellos, ya que sin estar enamorado de Skylar, sin sentir ese vacío y esa soledad al dejarla, Will no percibiría tan claramente la urgencia de una respuesta y un  significado para todo lo que le están provocando el resto de relaciones. Ella es la que le reclama más fuertemente a un compromiso, consciente de que existe la posibilidad de que las cosas no acaben como ellos esperan pero sabiendo que eso no significa que no acaben bien. La respuesta de Will será en un primer momento dejarla, seguir como siempre ha hecho, alejando a las personas cuando se están acercando demasiado, apartándose antes de que puedan causarle dolor, siendo él el dueño de su destino (valiente estupidez). Pero todo eso ya lo ha hecho antes, ya sabe lo que es, conoce exactamente lo que obtendrá con ello, pero con Skylar ha percibido algo distinto, una promesa de felicidad por la cual merece la pena dar la vida. En el plano final vemos muchas cosas, por primera vez en su vida Will sale de Boston, dirigiendo su coche al horizonte, empezando a vivir. No sabemos si finalmente Will recupera a Skylar, pero eso no importa, su felicidad ya no depende de eso.


                                                                                                                           Alberto Ribes  


lunes, 8 de abril de 2013

El club de los poetas muertos




En 1989 Peter Weir (El Show de Truman, Master and Commander) dirigió esta película que ha sido alabada y denostada dependiendo de la interpretación que se ha hecho de lo que se nos quiere transmitir. Nominada a varios Oscar (Película, Director, Actor…), finalmente sólo consiguió el de mejor guión original, quedándose Robin Williams sin su estatuilla. Junto a él, un grupo de jóvenes actores entre los que destacamos a Robert Sean Leonard (Swing kids, House) y sobretodo a Ethan Hawke (Viven, Training Day), sin duda, el personaje más interesante de la película.

Welton es una escuela privada de Nueva Inglaterra con 100 años de historia y reconocida como la mejor del país. Sus alumnos son en su mayoría los hijos de las familias más adineradas que buscan prepararse para entrar en las mejores universidades y estudiar lo mismo que sus padres. Nada más comenzar la película, se nos muestra en la ceremonia de inicio del curso escolar cuáles son los principios que sustentan esta institución: tradición, honor, disciplina y grandeza. El error vendrá, a nuestro juicio, cuando se confunda grandeza con elitismo, disciplina con autoritarismo o uniformidad, honor con éxito y tradición con inmovilismo. Sus cuatro pilares son buenos en la medida en la que ayuden al joven a introducirse en la realidad y en tanto que sean el vehículo para generar hombres libres, pero si se convierten en una forma de servilismo al poder (en este caso de los padres) y se hace de ellos metas y no medios, se pierde de vista el sentido auténtico de la educación, que no es hacer de los alumnos sujetos disciplinados, sino hombres que entiendan el valor de la disciplina, de la grandeza, del honor o de la tradición.

Si el fin de Welton es que sus alumnos vayan a Harvard, Yale o Princeton está claro que lo consigue, pero debe haber algo más, y eso es lo que irán descubriendo algunos alumnos. John Keating (Robin Williams) es un antiguo alumno de Welton que tras una estancia en Inglaterra vuelve para dar clases de literatura en sustitución del anterior profesor ya jubilado. Su forma de enseñar y de tratar a sus alumnos rompe con el estilo del colegio y se sale de lo establecido. En su primer día, saca a sus alumnos del aula y les lleva a contemplar unas fotografías de antiguos alumnos ya fallecidos. Mientras leen a Horacio, les apremia a aprovechar el momento dado que “la misma flor que hoy admiráis mañana estará muerta”. También les hace romper la introducción de su libro de texto en la que se explica cómo medir la belleza de un poema con unos ejes de coordenadas, patente ejemplo de un racionalismo radical. Keating busca que sus alumnos se conviertan en hombres libres y tiene una confianza absoluta en su corazón, entendiendo que ellos, mejor que nadie serán capaces de descubrir aquello que les cumpla del abanico de posibilidades que la realidad ofrece. Cree que ese es el fin de la educación, el problema es a dónde orientamos esa libertad.


Después de realizar un ejercicio con los alumnos para hablarles del peligro de la conformidad y de la importancia de mantener sus convicciones frente al mundo aunque el mundo opine lo contrario, el director de Welton y Keating mantienen este diálogo:
Director: “Nuestro sistema ya está establecido y demostrado, funciona. Si usted lo pone en duda hará que ellos también duden”.
Keating: “Creía que el fin de la educación era enseñar a pensar por uno mismo”
Director: “¿A la edad de esos chicos? Nada de eso, tradición John. Disciplina. Prepáreles para la universidad y lo demás llegará por sí solo”.
Vemos, tal y como apuntábamos al inicio, una reducción del sentido pleno de la tradición o la disciplina, que son puestas al servicio de un sistema que busca simplemente generar universitarios.


Si hay un autor que sobresale de entre los que se citan durante las clases del profesor Keating es Walt Whitman, y no es casual. Whitman además de un gran escritor y poeta era alguien que se afirmaba a sí mismo, de hecho, uno de sus poemas se titula “Canto a mí mismo” y comienza diciendo: “Me celebro y me canto a mí mismo”. La interpretación que puede hacerse de lo que enseña Keating es que busca destruir la tradición y el resto de valores para colocar en su sitio hombres que en su obrar, en la toma de sus decisiones, no recurran a ningún criterio externo a ellos para valorarlos, que ellos sean los que establezcan lo que es bueno o malo, lo que deben o no deben hacer. Ciertamente esta es una forma de actuar que alguno de sus alumnos adopta, como Dalton que decide actuar por su cuenta y publicar un escrito en contra del colegio, pero ante este hecho es Keating quien le recuerda que no todo vale y que lo que ha hecho es una estupidez. Es decir, no necesariamente les está llevando a un vacuo relativismo, aunque de alguna forma queda poco claro en la película.

Vemos en Keating el paradigma de la autoridad bien entendida, en contraposición a la autoridad “poderosa” que viene impuesta. Keating es autoridad para los muchachos porque por un lado les da un método para juzgar cuanto acontece, les enseña a poner en juego el criterio del corazón frente a la realidad; es decir, a medir su deseo de bien, justicia, verdad y felicidad frente a lo que la realidad propone. Por otro lado, éstos pueden hacer la misma experiencia de autenticidad que ven en él. Por ello muchos le seguirán, le preguntarán por qué vive así y decidirán “resucitar” la asociación de la que el señor Keating formaba parte cuando estudiaba, llamada El club de los poetas muertos. La única finalidad de la asociación era vivir intensamente lo real, huir de lo vano para encontrar lo verdadero, leer poesía, discutir sobre los mejores autores y poner en común con los amigos los propios deseos y esperanzas. No obstante, como decíamos, se antoja incompleto, pues en la medida que educar es introducir en lo real, acompañar (viene del latín educere que significa conducir); la asociación está coja pues está formada para y por los chicos, es autoreferencial y no siguen ninguna propuesta concreta que les ayude a madurar ese deseo que están descubriendo.


Además del profesor Keating, hay dos personajes que sobresalen y reclaman nuestra atención. Uno es Neil (Robert Sean Leonard), un alumno brillante tanto en lo académico como en actividades extraacadémicas, pero que vive aplastado por la presión a la que le somete su padre, quien constantemente le recuerda que está haciendo un esfuerzo muy grande para que pueda estudiar en Welton; que le está dando oportunidades que él nunca tuvo y que por ello debe hacer lo que él diga. La voluntad de su padre es que estudie medicina en Harvard, algo que evidentemente en sí mismo no es nada malo. No es que el padre quiera algo malo para su hijo, pero no tiene en cuenta dos factores fundamentales: la libertad y el deseo de su hijo. Sin tener en cuenta estos factores, algo tan bueno como el estudiar una carrera en la que probablemente sea la mejor universidad del mundo se convierte de inmediato en un mal. El padre de Neil no está abierto a que la felicidad de su hijo no dependa de lo que él ha previsto, no tiene en cuenta la gratuidad que debe acompañar a cada gesto, y por ello entiende que el esfuerzo que hace para que su hijo tenga buenas oportunidades académicas debe ser recompensado en la forma que él ha previsto. No hay una gratuidad que nace de un amor por la persona concreta de su hijo, sino que hay una economía última basada en la propia imagen de lo que la realidad debería ser y lo que el propio esfuerzo permite. Neil es probablemente el primero en fascinarse con lo que Keating les propone, en sus clases descubre un ámbito de libertad que hasta ahora le era desconocido, un modo de gustar lo real que no habría imaginado bajo el yugo del acatamiento acrítico de las normas, y en su trato con el profesor puede ser más él mismo de lo que lo ha sido con sus padres.


El otro personaje que nos interesa es Todd Anderson (Ethan Hawke), un chico extremadamente tímido que llega nuevo al colegio. Todd vive a la sombra de su hermano mayor que fue uno de los alumnos más brillantes de Welton nada más llegar el director le dice que su hermano le puso el listón muy alto. Los padres de Todd son casi inexistentes, tampoco le tienen en cuenta. De nuevo estamos ante unos padres que han decidido el futuro de su hijo de antemano. Todd es, probablemente, el alumno que hace un auténtico recorrido de crecimiento durante la película, pasa de no tener voz a ser el primero en levantarse para despedir a Keating. Es a través de las clases del profesor y de la exigencia de este para con él, como Todd consigue vencer su miedo a hablar en público, deja de considerar que no tienen nada importante que decirle al mundo. Vivir a la sombra de su hermano mayor y con unos padres que no escuchan lo que él tiene que decir, le ha hecho adoptar una posición de espectador ante la vida, siempre observando pero nunca siendo auténtico protagonista. Son las clases de literatura y su amistad con Neil lo que posibilita un cambio en él. Por primera vez alguien le mira sin exigirle que sea como su hermano mayor, sino que es acompañado para encontrar su voz y darla a conocer al mundo.

No son solamente los alumnos los que descubren una novedad en Keating. El profesor de latín que en un primer momento le critica a su compañero la forma que tiene de dar clase y lo que explica, termina paseando con sus alumnos por el patio para enseñarles, es decir, introduciéndolos en la realidad desde lo concreto. Vemos cómo sus diferencias no impiden que entre ellos nazca una verdadera amistad, ya que ninguno de los dos está ideologizado, sino abierto a confrontar su vida con el otro, única forma de ser amigos de verdad.


Durante la película vemos como Neil descubre una pasión por el teatro, y decide actuar en una obra sin decírselo a su padre, quien al descubrirlo le prohíbe participar en la representación teatral. Ante esta negativa, Neil habla con Keating y éste le dice que debe contarle a su padre lo mismo que le ha dicho a él. Para Neil el teatro se ha convertido en el ideal, en aquello a lo que dirige su vida, y entiende que conseguirlo justifica cualquier medio (mentirle a su padre y a su profesor). Una vez que ese ideal le es vetado, cuando ve que no podrá seguir actuando, decide que su vida ya no tiene sentido porque para él lo que le daba sentido era actuar. Vemos aquí un punto de debate, que probablemente deba quedar abierto, porque es prácticamente imposible adentrarse en las circunstancias concretas y toda la historia previa de cada personaje. Podría decirse no obstante, que la educación de Keating es incompleta, o cuando menos, así queda en la película –bien porque no le dejan, bien por las circunstancias-. Pero resulta claro que despertar el deseo de infinito en los chavales no basta, porque si la circunstancia concreta se muestra contraria a ese deseo, como se ve, la consecuencia sería el suicidio. No decimos que sea mejor dejar a los chavales como estaban, sino que el deseo del corazón debe encontrar resonancia en lo real de forma auténtica (no sólo aquella parte de lo real que coincide con el deseo).

Falta un punto totalizante, un hilo que una todo en la realidad, pues ¿qué permite seguir afirmando la vida aun cuando la relación con tu padre te impide ser tú mismo? Lo amable es fácil de querer, pero ¿qué permite mirar con ternura lo injusto, lo horrendo? ¿Qué permite el perdón y el amor sin condiciones?


Son estas preguntas fundamentales las que quedan abiertas tras ver la película. Mezcladas con la angustia por la muerte, de la mano de la rabia por la injusticia a la par que con una paradójica sensación de liberación al ver a los chicos comportarse como sujetos libres. Hay verdad en lo que el profesor Keating les muestra a los chavales, pero la verdad es incluso más amplia que el propio deseo. Debe ser total, debe ser capaz de abrazar toda la realidad, incluido un padre inflexible o un joven timorato. Algo que dé sentido a la vida en su totalidad, al momento presente –ese carpe diem-, que no sea una mera huida de lo establecido, sino una relación verdadera con todo. Hay, de alguna forma, la tentación de reducir maniqueamente la película a la disyuntiva entre la férrea norma mala y el pensamiento libre y desligado bueno. Ni un extremo, ni el otro. Pues un deseo, por verdadero que sea, si no permite gustar más lo real, afirmar más la vida como un bien, deviene falaz. Es el paradigma del romántico, que cegado por lo puro y brillante de su idea –lo cual confunde con verdadero e inmutable- se desapega de lo real, hasta el punto que la realidad deja de ser amable por constante contraposición con lo ideado y deja de ser el lugar donde el propio ánimo y lo que lo cumple se encuentran, dando espacio al terreno de batalla donde la idea intenta ahormar cuanto acontece según su preforma.

Ante la muerte de Neil, sus padres reclaman una investigación al colegio y quieren que les presenten un culpable, de modo que no deban cuestionarse si su forma de educar a su hijo, su forma de tratarle y de no contar con su libertad han podido influir en su suicidio. Otra vez no quieren conocer la verdad, del mismo modo que nunca quisieron conocer realmente quién era y qué quería su hijo. La respuesta del colegio es igual a la de los padres: quieren a alguien que cargue con la culpa para que de esta forma no tengan que cuestionarse su tan perfecto sistema. De esta manera, el poder señala a Keating como responsable arguyendo que su forma de enseñar confundió de tal modo a Neil que le llevó a quitarse la vida. Para sostener esta argumentación obligan a los alumnos, que junto con Neil formaban parte de El club de los poetas muertos, a que firmen una declaración en la que sostienen esta mentira.


Es trágico ver cómo los padres de Todd están más interesados en que su hijo no sea expulsado que en conocer la verdad de las cosas, esa es la educación que le dan. A pesar de todo, el corazón del hombre está bien hecho, y uno no puede vivir en la mentira sino haciendo un gran esfuerzo por negarse a sí mismo. Por ello, cuando Keating entra en clase para recoger sus cosas, al mirarle a los ojos, Todd no soporta el haber firmado la declaración que condena a un hombre inocente, su forma de disculparse y mostrar su gratitud a aquel profesor que le ha ayudado a descubrir que tiene voz y que es alguien es subirse a la mesa y gritar “Oh Capitán, mi Capitán!”, tal como el profesor les enseñó en los primeros días. Algunos alumnos le siguen, otros se mantienen sentados sin siquiera levantar la mirada, tratando de negar con su actitud lo que allí está sucediendo: unos jóvenes se han descubierto hombres libres y sienten que unos versos de Tennyson vibran en sus corazones diciéndoles "Venid amigos, No es tarde para buscar un mundo nuevo, pues sueño con navegar más allá del crepúsculo y, aunque ya no tengamos la fuerza que antaño movió cielos y tierra, somos lo que somos: un mismo temple de corazones heroicos debilitados por el tiempo, pero voluntariosos para luchar, buscar y encontrar y no rendirse".

                                                                                                                  Alberto Ribes

martes, 2 de abril de 2013

Million Dollar Baby


En el año 2004 Clint Eastwood volvió a mostrar al mundo su talento y su capacidad para contar historias muy humanas con una sensibilidad única. "Million Dollar Baby" triunfó en los Oscar consiguiendo cuatro de los siete premios a los que optaba: mejor película, director, actriz y actor secundario; sin duda, todos ellos más que merecidos. En esta ocasión, Eastwood plantea un tema espinoso como es la eutanasia, y lo hace de tal forma que aunque no compartamos su desenlace, reconocemos que lo que nos quiere contar y cómo lo hace, es algo que nos interesa. El desarrollo de la historia, lejos de un debate ideológico se centra en la narrativa desde la humanidad de los personajes, algo en lo que cualquiera de nosotros podría verse reflejado y que por tanto, pone en juego el propio juicio y la exigencia de significado.

Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de boxeo que regenta un gimnasio tan viejo como él y que se cae a pedazos, como su vida. De nuevo Eastwood interpreta a un personaje del cual no vemos a su esposa, pero cuya presencia es patente. Dunn tiene una hija con la que no se habla desde hace años y a la que le escribe cartas que continuamente le son devueltas sin siquiera ser leídas. Además de al gimnasio, Frank acude cada día a misa y disfruta poniendo a prueba al joven sacerdote. Su ayuda en el gimnasio es su amigo Scrup (Morgan Freeman) que fue un gran boxeador al cual le faltó un combate. El gimnasio es un protagonista más de la película, tiene luces y sombras como el resto, tiene quizás demasiados años, pero en su interior alberga la esperanza de que la vida puede ser diferente para todos los que pasan por él.


Maggie Fitzgerald (Hillary Swank) tiene un sueño, ser boxeadora profesional, pero como a los demás parece que se le ha pasado su momento, ya que supera los 30 años de edad. Vemos cómo cada mañana madruga para entrenar, luego trabaja como camarera y come lo que otros se dejan en sus platos. Cuando termina su turno va al gimnasio de Frank a seguir entrenando. Su ideal es el boxeo y hará lo que sea necesario para alcanzar lo que se ha propuesto. Ve en Frank al hombre adecuado para entrenarla, pero hay un problema, y es que Frank no quiere entrenar a una mujer, así que la ignora. Pero Scrup se conmueve viéndola entrenar sola una noche en el gimnasio y le empieza a dar consejos. Ella mejora y finalmente Frank da el paso. Se nos muestra visualmente como el momento en que deja de observar a Maggie desde una cierta altura y desciende a su lado para guiarla en un combate; este paso cambiará sus vidas por completo.


Eastwood nos presenta de nuevo unos personajes que arrastran en sus vidas un dolor que les hace vivir entre esas sombras que tiene el gimnasio, caminar en los claroscuros buscando algo que dé luz a sus vidas y les permita dejar de tener miedo o de sentirse culpables. Frankie Dunn vive determinado por la distancia que su hija ha tomado con él, lo cual le genera un sentimiento de culpa y acude a la iglesia buscando una respuesta, a la vez que entrena a sus chicos intentando llenar su vida dándose de alguna forma a otros. Puede parecer un viejo gruñón y cascarrabias, asqueado con la vida, pero su forma de mirar a los demás no nos dice eso. Vemos cómo lo da todo por su primer boxeador, cómo se compromete con Maggie, cómo no cesa de tender una mano a su hija contra toda esperanza o cómo es su amistad con Scrup. Maggie, por su parte, vive con el dolor por la ausencia de un padre que perdió siendo niña y con la antipatía de su familia (unas personas deleznables, incapaces de dar su vida a algo más que la televisión por cable o Disneylandia) hacia lo que ella ha elegido como profesión; a pesar de todo, Maggie siempre busca ayudarles. Scrup vio truncada su prometedora carrera en el boxeo al perder la visión en un ojo durante un combate y desde entonces vive esperando un último asalto, que le llegará en forma de acto de justicia. Hay otra persona en esta historia que no queremos pasar por alto: el joven que se hace llamar “Peligro”, un chico de Texas al que el novio de su madre abandonó en Los Ángeles sin dinero y que busca en el gimnasio un hogar del que ha sido expulsado. Sin ninguna aptitud o habilidad para el boxeo se pasa los días entrenando (o intentándolo), bajo la mirada protectora y paternal de Scrup, el único que le ha acogido sin pedirle nada a cambio.


De esta forma, podemos ver como el gimnasio es el lugar en el que se cruzan vidas rotas y desahuciadas, una especie de purgatorio en la tierra, en el cual uno puede ser rescatado cuando un mirada más verdadera sale a su encuentro. Frank tendrá en Maggie a la hija cuyo afecto busca insistentemente. Y Maggie recuperará en la figura de su entrenador al padre que perdió, el único que será capaz de enjuagar sus lágrimas y transmitirle que no está sola en este mundo. Ya que este es el drama que viven los personajes de “Million dollar baby”, la soledad, y todos buscan una compañía que les rescate, aunque sea a base de derechazos en un ring.

Cuando todo parece ir bien, Maggie ya está en lo más alto, la gente corea su nombre o el apodo que Frankie le ha dado y cuyo significado le revelerá al final, de pronto Eastwood nos golpea con la misma fuerza e imprevisibilidad que la vida, para dejarnos tumbados y lanzarnos a la gran pregunta sobre el sentido de la misma. A partir del momento en que Maggie queda postrada en una cama sin poder mover su cuerpo, deja de entender que su vida sea un bien, que su existencia tenga un sentido y termina pidiendo a Frank, tras una tenaz lucha por quitarse la vida, que le ayude a morir. Desde esta petición las imágenes van perdiendo luz, simbolizando la oscuridad en la que se adentran los personajes. No se trata de juzgarles sino de dar a entender que la decisión que Frankie tome no tendrá vuelta atrás; no solamente para Maggie, sino también para él. Por ello, una vez que Frank hace lo que Maggie le pide, desaparece, nunca más nadie volverá a verle, y termina en una escena casi onírica en la que le vemos sentando en una bar perdido en medio de ninguna parte, un lugar atemporal y sin una ubicación física.


La película muestra con una cuidada crudeza y con un pulcro realismo cómo incluso el alcanzar el propio sueño no basta, cómo el tesón y todos los esfuerzos humanos encuentran un último freno, una última incapacidad para saciar el propio deseo. ¿Quién no siente la desproporción entre lo que anhela y lo que consigue? ¿Quién, como Maggie, no ha visto la fragilidad de la vida y cómo no depende de uno mismo su cumplimiento? ¿Es que acaso podemos dar razón de por qué late nuestro corazón ahora? ¿Es que hay alguien que por sí sólo consiga darse un segundo más de vida? Son preguntas durísimas, posiblemente sea imposible dar una respuesta sin haber hecho experiencia. Por ello, valoramos en Eastwood una exquisita y delicada honradez en reconocer la inconmensurabilidad de dichas preguntas a la vez que la incapacidad del ánimo humano para responderlas, ni tan siquiera para sostenerlas. De esta forma, Scrup habla de Frankie como un hombre bueno, un hombre que no pudo soportar tanto sufrimiento porque amaba. Sin embargo, acallar ese sufrimiento no lo elimina, casi lo multiplica. Acabar con una vida no da sentido a esa vida. Entonces la pregunta queda abierta, sin tregua para el espectador: ¿qué da consistencia a la vida? ¿Qué vence el dolor y la muerte? Una vez más Eastwood pone las cartas sobre la mesa, no desde el debate partidista, sino desde la humanidad que reside en cada uno y que exige una respuesta.


                                                                                                                Alberto Ribes