domingo, 30 de septiembre de 2012

Buscando a Eric



En el año 2009 Ken Loach sorprendió con una película que iba poco en la línea de lo que había realizado hasta el momento. Buscando a Eric, es la historia de Eric Bishop, un cartero de Manchester cuya vida cumple a la perfección la famosa máxima de Murphy de que “si algo puede salir mal, saldrá mal” o “nada es tan malo que no pueda empeorar”. Eric se enamoró muy joven de Lilly, su primera mujer, cuando la conoció en un concurso de baile. Se casaron, tuvieron una hija y Eric las abandonó por un miedo y agobio tan incomprensibles como humanos. Luego se volvió a casar pero esta vez le abandonaron a él y de regalo se quedó con los dos hijos de su segunda esposa, dos adolescentes que le ignoran y sólo le dan problemas. El inicio de la película parte del accidente de tráfico que sufre Eric al ir conduciendo en dirección contraria; un intento de suicidio como única salida posible a todo el drama en el que vive, especialmente por haber abandonado a su primera mujer (de la que nunca ha dejado de estar enamorado) y a su hija.

Dentro de todo este drama existencial que a todas luces puede parecer que justifica sobradamente la depresión en la que vive Eric, encontramos dos aspectos que actuarán como salvavidas. El primero y más importante son los amigos de Eric y el segundo son los momentos (visiones oníricas) que comparte con Éric Cantona. Porque Eric, nuestro cartero, es un fiel seguidor del Manchester United y admira por encima de todo al gran jugador francés, el Rey Éric.

Es extraordinario ver cómo incluso en las peores circunstancias de la vida uno siempre encuentra un positividad si está lo suficientemente abierto a la realidad y si está lo suficientemente acompañado. Los amigos de Eric son una pandilla de hooligans del United (carteros como él la mayoría) que a simple vista no parecen los más capaces para ayudar a nadie. Meatballs, el líder del grupo, ante cualquier duda o problema que la vida le plantee recurre a los libros. Este hecho, aparentemente banal, muestra un anhelo por conocer y buscar un sentido a su vida y a la vez vemos a un hombre que con ese gesto reconoce no tener todas las respuestas pero no por ello se queda parado.


Ante la difícil situación de Eric y con su intento de suicido, Meatballs organiza una sesión de “autoayuda” con todo el grupo, lo cual muestra de forma nada menospreciable una entrañable y verdadera amistad entre ellos. No son amigos para pasar el rato, sino para que la vida sea feliz. De ahí que adopten soluciones tan ingénuas como ir explicándole chistes a Eric para verle sonreir. Parece claro que uno no puede ayudarse a sí mismo, ya que el libro de “autoayuda” lo leen juntos.

Hasta este momento, la película se ha mantenido en un tono totalmente realista. Tras la terapia conjunta de la tropa de hooligans, Eric a solas en su habitación, ante una imagen de Cantona a tamaño real le lanza unas preguntas decisivas: “¿cuándo fue la última vez que fuiste feliz” y “¿quién cuida de ti?”. Y el Rey responde. De la misma forma que James Stewart encontró la respuesta a sus preguntas en la compañía de Clarence, un ángel que debía ganarse sus alas en “Qué bello es vivir”, Cantonà se aparece a Eric para acompañarle. La película destila connotaciones claras del cine de Capra, como se verá especialmente al final.

Los muchos encuentros que se suceden entre los dos Eric son la forma a través de la cual el cartero empieza a hacer cuentas consigo mismo y a enfrentarse a los errores de su pasado junto con los males que inundan su presente. Es muy interesante que estos encuentros con Cantona nunca suponen una evasión de la realidad –aunque suceden siempre entre calada y calada de porros– o un alejamiento de sus amigos y familia, sino todo lo contrario. Eric aprende a confiar más en sus amigos, y a querer mejor a su familia. No deja de sorprender el recurso utilizado por el director –recuérdese que es agnóstico- para introducir el elemento diferencial, el “milagro” o imprevisto que requiere la propia vida para volver a recomenzar partiendo de la miseria.




Loach utiliza, creemos que irónicamente, el doble juego de lo misterioso por un lado, que se plantea a través de lo que a todas luces podrían ser alucinaciones de Eric; y lo excepcional por el otro, que sería la divinización de Cantona; erigido cómo ángel de ese dios moderno llamado fútbol que algunos desdeñan como opio del pueblo y otros lo adoran hasta el punto de crear religiones. Bastaría apuntar como relaciones directas las de autores como Karl Marx afirmando que “la religión es el opio del pueblo” o fenómenos tan contemporáneos como la religión dirigida a Diego Armando Maradona por varios de sus fanáticos.

Entre las muchas cosas que Cantona le dice a Eric hay una que nos parece crucial: “mírate a través de la mirada de alguien que te quiera incondicionalmente”. Es en la mirada de otro que nos quiere de esta forma, como uno puede mirarse a sí mismo sin sentir rencor ni odio consigo por los errores que haya cometido; sino que puede tener una mirada tierna y amable para sí mismo y eso le permite mirar de una forma nueva a los demás. Porque sin una mirada así, que no es una mirada narcisista, uno no puede querer a los demás.

No es narcisista porque el afecto nace de la conciencia de que el propio error y la miseria no son determinantes ni estigmatizantes, sino que más bien, son la condición para uno tomarse más en serio su vida, para volverse más valiente para afrontar sus miedos y su felicidad, para buscar ayuda allá donde su capacidad no llega. Si uno no puede perdonarse a él mismo sus errores, no podrá perdonar tampoco a los demás los suyos. El final de la película es un acompañamiento de un pueblo (los hooligans del Manchester United) a un pobre hombre en apuros unidos por un mismo signo, esto es: la pasión a la que dan sus vidas –el fútbol–, vehiculada a través del símbolo de su estrella, Éric Cantona –todos llevan su máscara como elemento de unidad–.




Se resuelve así un nudo realmente difícil de una forma bellísima, viendo que la consistencia de uno está en sus relaciones, en los vínculos amorosos ya sea de amistad, de mujer o de familia que aún rotos siempre se pueden recuperar desde un punto de verdad. Loach deja así constancia de una inusitada positividad de lo real como promesa y de una oportunidad constantemente renovada para el hombre que necesita rencontrar el sentido de su vida y el lugar de su felicidad.

                                                                                                                                    Alberto Ribes

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El apartamento

Billy Wilder consigue con esta obra algo muy difícil, que es poner casi por unanimidad, a todos los críticos de acuerdo: es una obra maestra. Ganadora de 5 Oscars incluyendo el de Mejor película, sobradas críticas y opiniones se han hecho ya desde su estreno en 1960, por lo que poco hay que decir ya que no se haya dicho. Ofreceremos, de este modo, nuestra particular visión. Es una película paradigmática de lo que debe ser el cine, no sólo por su maravillosa fotografía, el buen uso de la cámara, la música, los tiempos, las actuaciones, sino por el fin al que sirven todos estos elementos que ensamblan la estructura del séptimo arte, esto es: adentrar al espectador en la historia, transmitir el mensaje, las emociones, los contrastes, en definitiva, hacer partícipe al espectador de la escena.

Prueba de ello fueron las carcajadas, las complacencias, los “¡Oh!, ¡Uh!, Ah!” que se oían entre nuestros amigos mientras la visionábamos. Es una película que trata del dolor, la soledad, la deshumanización en el trabajo, el individualismo, las relaciones de poder o el amor. La historia que se cuenta es de hecho triste, podría encasillarse en el drama; pero con maestría de genio, Wilder introduce lo cómico, gestando una tragicomedia que lejos de banalizar la historia –como sucede a menudo–, hace la carga suficientemente liviana para acercarla al espectador de una forma enternecedora.

C.C. Baxter, conocido como Buddy (Jack Lemmon), es un trabajador de una compañía de seguros, buena persona y amigo de todos, que tiene el peculiar “negocio” de dejar su apartamento a sus jefes para que lleven ahí a sus conquistas. Ello de alguna forma le permite ganarse sus favores y ascender rápidamente en la empresa donde de otra forma, es uno más –geniales aquí son los planos generales donde se visiona la oficina llena de trabajadores donde uno se disuelve en el todo–. Buddy se enamorará de Fran Kubelik, interpretada por una joven y espléndida Shirley MacLaine, que resultará ser la amante de su jefe (Frank MacMurray). La historia transcurre sumergida en unos diálogos apasionantes, llenos de ironía y de finura, de la mano del propio Wilder y el reconocido I. A. L. Diamond.

La película es genial no sólo por lo que se dice, sino porque lo que importa no se explica, en un sentido argumentativo, sino que se hace, acontece, esto es, se vuelve experiencia en el personaje. Prueba de ello es la relación y enamoramiento entre Buddy y Fran, hablan, pero lo esencial está en cómo se tratan, cómo se miran, hagan lo que hagan –el genio interpretativo y de dirección artísitica es para sacarse el sombrero–. En este punto cabe destacar la imagen de portada de ambos jugando a cartas, pocas veces un acto tan simple había cobrado tanto peso.


La historia evoluciona principalmente mediante el desarrollo de las personalidades de Buddy y Fran, pues empiezan siendo sujetos lamentables, los “últimos monos”, a expensas de los poderosos. Ya sea por relación de poder laboral, esto es la jerarquía, el puesto de trabajo, el dinero, o por relación emocional; siendo este el caso de la ingenua Fran que se enamora del jefe pensando que él no miente cuando dice que dejará a su mujer. Personalidades fragmentadas, que se reflejan de forma brillante, en un elemento de suma carga simbólica y referencial de la película: el espejo roto de Fran. Ella misma afirma: “Me gusta mirarme en él porque así es como me veo”.

Los tres personajes principales se miran en ese espejo pero sólo dos recogen, en ese preciso instante, lo que la imagen especular les devuelve. Sólo aquellos que bien sea por su experiencia o por que su deseo está aún vivo, son capaces de encarar la división en sus vidas. El jefe, no es que no lo afronte, es que probablemente ni se da cuenta. Nótese pues aquí lo tantas veces percibido socialmente: la diferencia entre el hombre de edad que ya tiene su vida montada y que con cierto escepticismo y cinismo se encarga de “gestionarla” y la lucha apasionada por construir la propia vida de los jóvenes, que con el deseo y la ilusión a flor de piel, desafían lo real aun tropezando mil veces.

Se presenta aquí el dualismo de la vida, la desproporción abismal entre el deseo y las ilusiones de uno y lo que la realidad devuelve cuando el plan vital concebido en el imaginario particular, se intenta llevar a cabo mediante las propias capacidades. Paradójicamente y de acuerdo con lo que la vida transparenta en la experiencia, cuanto más cerca están Fran y Buddy de sus metas, cuanto más están una con el jefe y el otro en un despacho mayor, más prisioneros son del poder, menos libres, menos ellos mismos, ergo, indefectiblemente más tristes acaban.

Uno piensa, ¿qué valor tiene un personajillo que intenta hacer el trepa –aunque sería desconsiderado decir que lo hace por malicia, mejor encaja la “supervivencia” el intento de autoconstruirse- y una sentimentalista con un problema afectivo (repárese en que ambos se intentan suicidar en algún momento de sus vidas)? Pues que la película, sin que uno lo perciba directamente, muestra de forma clara cómo una vida así es mejor que la de otros personajes, que viven inmersos en un teatro de frivolidad y banalidad. Véanse a este respecto las escenas de las fiestas entre los compañeros de oficina y la escasa relación entre ellos o el encuentro ebrio en el bar.


Nos explicamos mejor. No es cuestión de ser personajes loables, capaces de levantarse en aras de un ideal de amor más verdadero frente a la estulticia reinante. Es cuestión de ver cómo la vida de cada cual se juega en lo concreto, en el origen de las decisiones que toma, en su moralidad (entendida como adecuación de la acción a la realidad). Es mejor ser un pobre perdedor digno, entero, capaz de cambiar cuando la tristeza le muestra su equívoco, capaz de mantener vivo el deseo de verdad, justicia, amor y bien; que no alguien que ya ha renegado de esto y que meramente secunda la nada existencial de la que es connivente compañero de los demás.

Es así, sólo por lo que sucede, no por las palabras meramente, que Fran puede cambiar radicalmente al final, cuando se vuelve adulta, en el sentido completo del término. De forma misteriosa, en cuanto a no concebida/esperada por él, la vida de Buddy cobra un nuevo cariz, más completo, más perfecto. Brillante muestra de cómo el individualismo no es sino una enfermedad, un mal revestido de idolatrante buenismo que pierde de vista lo real por lo imaginativo. Sólo cuando la realidad es la que prevalece, y eso sólo se puede afrontar desde una hipótesis de que ésta es buena, que da esperanza, que alberga la respuesta; puede uno afrontar decisiones como las de Buddy y Fran al final.

El ser humano está hecho para la alteridad, sólo en la relación con otro, somos nosotros mismos, pues nuestro origen está inextricablemente unido a una unidad previa y nuestro ser sólo descansa y está completo en una unidad posterior, siempre con un vínculo amoroso. Sin embargo esto acontece sólo a través de la libertad, siendo lo real la antesala de la respuesta. Por ello Buddy no corre tras su nuevo ideal de amor que es Fran, sino que deja espacio de forma increíble a su libertad para que sea ella quien decida libremente; siempre confiando que la realidad se cumplirá, como testimonia el final de la película. Lemmon y MacLaine con su vocación de actores al servicio de Wilder, dejaron un impagable testimonio de esta tierna verdad humana.



martes, 22 de mayo de 2012

La delgada línea roja

Con esta película rompió un largo silencio de 20 años el esquivo y particular director estadounidense Terrence Malick. Los que hayan seguido la escasa, pero intensa  trayectoria de Malick ya se habrán percatado de que la naturaleza es un permanente y omnipresente actor en todos sus relatos. Con tintes panteístas y con una fotografía y cámara excepcional, Malick logra dibujar escenas bellísimas en constante contraposición con la acción humana, su repercusión y relación con el mundo natural.

El film narra las vivencias de un grupo de soldados americanos durante la batalla de Guadalcanal en pos del control de un aeropuerto estratégico, desde el cual el ejército japonés pretende tomar el control del pacífico teniendo ventaja de ataque sobre Australia. El objetivo de la película no es simplemente narrar el acontecimiento bélico, sino que profundiza en lo real marcando la contradicción existente entre la belleza de lo natural en todas sus formas y cómo la propia naturaleza se devora a sí misma por la acción humana, que viene sobretodo ejercida por la guerra.

Resulta impresionante cómo Malick consigue introducir elementos de belleza incluso ante la destrucción. Son remarcables escenas donde la luz se tamiza a través de hojas agujereadas por la metralla, conformando un mosaico bello en medio del calvario que resulta del ataque militar a la colina. Es así cómo todo en la película se va hilando y entrelazando, todo lo que sucede remite a otra cosa. La constante voz en off del personaje principal, Robert Witt -James Caviezel-, acusa constantemente el golpe de lo real y se interroga acerca de sus exigencias y sus sentimientos, del sentido de la guerra en un lugar tan hermoso.

De hecho es el único personaje que consigue introducir un punto de paz, un punto de referencia, de tranquilidad, frente a la adversidad en medio del caos y los temores en los que se sumen todos sus compañeros. No deja de sorprender su postura paterna y su mirada conmovida frente al terror que asedia a los demás. Se ve en cómo trata la muerte de uno de sus compañeros cuando éste, de forma estúpida, explosiona su propia granada por error y queda fatalmente herido. Frente a la queja del moribundo pensando que su falta es de novato y su muerte inútil, Witt le acoge haciéndole ver cómo ha podido salvaguardar a toda su compañía y que su vida al igual que su muerte guarda un misterioso sentido, nada es en vano.


Lo dice de forma explícita en uno de los últimos enfrentamientos de la película, donde voluntariamente decide acompañar a dos compañeros suyos en avanzadilla cuando se ve que van a una muerte casi segura: “Quiero estar ahí, por si pasa algo”. Ante situaciones extremas como lo es la guerra, la necesidad humana de significado, belleza y afecto es sometida a una durísima prueba. Ello se hace explícito en diferentes binomios de personajes que sin ser antagónicos, presentan distintas formas de vivir lo que sucede.

Ante el horror de la guerra es necesario reconocer que una mirada como la que mantiene Witt es imposible si no hay una experiencia que lo sustente. Por ello, la película empieza con las vivencias de paz y harmonía de las que goza el protagonista tras una escapada a una de las islas donde convive con los nativos durante un tiempo, antes de que los marines le encuentren y le hagan volver para entrar en combate. Ello junto con el dolor por la muerte materna a temprana edad, que según él mismo cuenta, le acompaña toda su vida en forma de interrogante permanente, hacen de Caviezel un personaje atípico, pero necesario, como un faro en medio del mar. Witt está constantemente con una pregunta ante lo que ve delante suyo, no se conforma con aceptar las cosas y seguir, tiene claro que él es exigencia de conocimiento, de verdad; él ha visto otra vida y desea constantemente regresar a ella.


Tanto es así, que esta relación cambia hasta a su superior, Edward Welsh -Sean Penn-, que tras diversas conversaciones con Witt admite que le gustaría poder mirar la realidad con su lente. Welsh es un hombre formado en la guerra, cuya única defensa frente a lo atroz, ha sido la reducción del deseo de bien y belleza hacia un cinismo con reflejos nihilistas, que le hace simplemente actuar y cumplir órdenes; aún sabiendo que éstas no son sino otras falsas sombras de la malicia humana –véase su intervención ante el discurso del capitán Charles Bosche (George Clooney)–. Sin embargo, la forma en que actúa refleja que en el fondo, ese escepticismo no es su verdadera postura, por ejemplo cuando atiende a un soldado herido que no va a sobrevivir -¿para qué ayudarlo arriesgando su vida si no hay salvación?-.

Otro binomio que muestra la farsa que resulta ser la operación y la guerra en sí, es el formado por el teniente coronel Gordon Tall –Nick Nolte– y el general de Brigada Quintart –John Travolta–; donde el primero busca sólo el reconocimiento por sus méritos, que si bien justo, le lleva a ser un personaje cada vez más deshumanizado; mientras que el segundo es un ejemplo del éxito mediante la corrompida jerarquía militar. Su fugaz relación se reduce a un diálogo en el que ni se miran, pero donde todo queda dicho. Otros personajes como Geoffrey Fife –Adrien Brody– viven atenazados por el miedo y son incapaces de percibir adecuadamente lo que sucede, diríase que no entienden, sólo actúan y muchas veces olvidando factores de lo real.

Otro de los personajes principales es el Capitán Staros (soberbio Elias Koteas), el cual protagoniza un durísimo enfrentamiento con el Coronel Tall al desobedecer una orden directa de éste por defender la vida de sus hombres, ya que todo indica que iban a una muerte segura. Vemos claramente que lo que le mueve en primer lugar es un amor sincero por sus soldados y que busca por encima de todo su bien, aunque ello le cueste su carrera militar. Sus hombres, al despedirse de él, le agradecen que se haya preocupado por ellos, que les haya cuidado, en medio del horror de la guerra han descubierto, en la forma de ser tratados y mirados por su capitán, que la vida tiene un valor por sí sola, y que el mayor atractivo y la mayor autoridad a la que seguir es un hombre que vive así.


A destacar está también el soldado John Bell –Ben Chaplin-, cuya confianza en el amor de su mujer y el volver a verla, mantiene en él la llama de la esperanza haciéndole uno de los personajes más humanos del batallón. Si bien, al final ese amor se demuestra insuficiente. Otra forma ésta, quizás, de ahondar en dónde reside la esperanza de uno y qué permite encontrar certezas que sean sólidas y estructuren la propia vida. ¿La esperanza de Bell depende sólo del amor a su mujer, que se ve truncado, o puede reposar en algo más que no excluya, sino que precisamente incluya ese amor?

Es una película larga con infinidad de matices y sería osado intentar observarlos todos en una sola crítica, por lo que destacaremos sólo uno más, de sumo interés. En otra genial muestra de amalgama de elemento y significado, Malick utiliza el agua, sustancia necesaria para la vida, para ejecutar una alegoría de la deshumanización de los personajes. Según los soldados suben la colina y conquistan territorio, se van quedando sin agua. Héroes de combate como John Graff –John Cusack– hacen explícita la necesidad de parar y aprovisionarse de ella, pero la conquista posterga el hecho. Ello hará que tal como van subiendo, los personajes van siendo menos humanos, su radicalidad y animalismo van en aumento y la cúspide llega con el asalto brutal al campamento nipón. Lejos de quedarse en la mera constatación material de que uno necesita hidratarse para proseguir, el director desvela cómo si uno no bebe de una fuente de vida, si no tiene en sí el elemento que le permita vivir, su comportamiento llega a ser incluso peor que el animal, pues utiliza su libertad para destruir todo aquello que le rodea.

Puede decirse que la imagen final, bellísima, invita a la esperanza, pues en otro alarde de captación de lo natural –durante el rodaje no se utilizó luz artificial– se muestra un fruto que empieza a echar raíces, en medio de la misma playa en la que se lleva a cabo el desembarco –el mal–, dando pie a un nuevo inicio bueno. Así el director muestra cómo siendo el hombre misteriosamente algo más que la naturaleza (por su capacidad de ir contra ella, por la libertad, por la pregunta por el sentido), su disociación para con ella es inviable; pues es renunciar a sí mismo y ello lleva a la propia destrucción. Podría decirse que el conocimiento de la naturaleza no puede ser nunca meramente utilitarista, es decir, dominarla para darle uno mismo la finalidad, el significado; sino más bien un reconocimiento de su significado implícito y último, que permita tratar todo lo real correctamente, lo cual lleva a su vez, al justo interrogante por el sentido de cuanto hay, que mantiene al hombre en la adecuada espera y búsqueda de aquello que da consistencia a todo.

La delgada línea roja de alguna forma deconstruye el cine bélico y crea algo totalmente nuevo, su ritmo pausado y su infinidad de detalles hacen de ella una película para ser observada y disfrutada sin prisa. Malick no ha querido contar una historia de buenos y malos, ha venido a hablarnos del hombre y de cómo la búsqueda de significado y plenitud está presente en todo ser humano, pero depende de su libertad el decidir si se mueve para encontrarlo o si decide vivir cínicamente y ahogar el grito que nace constantemente en su corazón.

lunes, 26 de marzo de 2012

The Fighter

Lowell, ciudad obrera cercana a Boston, es el marco en el que se desarrolla esta historia basada en hechos reales. Dick Eklund y Micky Ward son dos hermanos por parte de madre que han crecido buscando triunfar en el mundo del boxeo. Dick, el mayor, tuvo su momento de gloria cuando derrotó a Sugar Ray Leonard, pero su adicción al crack frustró la que podría haber sido una carrera de éxitos. El hermano menor, Micky, busca su oportunidad en el boxeo profesional y para ello confía en su hermano mayor, al que siempre ha admirado, para que le entrene. La película busca un gran realismo, como prueba la magistral caracterización y actuación de Christian Bale –que le valió el Oscar- o que los combates estén rodados utilizando el estilo de la HBO.

Pero en The Fighter, el boxeo no es más que el complemento para la verdadera historia, que no es otra que la relación entre los dos hermanos y la posibilidad de redención que está siempre presente cuando uno es amado sin reservas. Por un lado, Micky es un chico bueno, que intenta hacer las cosas bien, pero con una gran inseguridad y dependencia de su familia, que le impide en muchos momentos decidir por él mismo. Esto le está a punto de costar su carrera, por fiarse de las malas gestiones de su madre, que es su representante y por la dejadez de su hermano a la hora de entrenarle. De hecho, sólo es capaz de empezar a mirarse a sí mismo bien -no dependiendo de lo que pueda pensar su familia- cuando su novia entra en escena y le mira por lo que es, no por lo que debe ser como boxeador, como hijo o como hermano; que son los diversos roles en los que el personaje muchas veces se ahoga.

A su vez, su novia es redimida de su pasado fracaso en la universidad y de la vida que pudo llevar y no lleva. El encontrarse con Micky que la mira no sólo por sus atributos, sino por su persona y que la quiere de verdad, le permite salir adelante. Por otro lado, Dick ama a su hermano pequeño y trata de conseguir lo mejor para él. Sin embargo, se equivoca constantemente, y queriendo hacer algo bueno como es conseguir dinero para que Micky pueda entrenar, utiliza un método equivocado y sólo consigue acabar en la cárcel y que a su hermano le rompan la mano. Será en este punto, cuando las relaciones entre los diferentes personajes sean llevadas al extremo y puesta a prueba su consistencia.

Con Dick en prisión, Micky acepta una oferta para seguir entrenando y sustituye a su madre, que hasta entonces se había encargado de representarlo, por otra persona. El cambio le va bien, y empieza a conseguir bastantes éxitos, pero aquí debemos destacar un punto crucial; Micky no consigue los éxitos porque haya renunciado a todo su pasado con su hermano y su madre, sino que acoge y custodia como un tesoro todo aquello de bueno y verdadero que haya existido. De hecho, gana su primer combate importante con su nuevo entrenador y representante, no siguiendo las indicaciones de éstos, sino utilizando lo que su hermano Dick le ha enseñado.

Es interesante ver cómo el realismo frente a lo que sucede no quita las relaciones y los lazos que hay entre los personajes. Es evidente que al principio el vínculo familiar no le hace bien a Micky pero la solución no pasa por eliminarles de la ecuación, sino precisamente por afirmar a cada uno de ellos, pero desde la distancia adecuada. Es precisamente al entrar este realismo en escena, cuando Dick será también redimido.

Dick vuelve a ser él mismo cuando consigue desengancharse del crack durante su estancia en la cárcel –deja de estar alienado de él mismo–, gracias al visionado de un documental sobre su vida que una agencia grabó previo a su arresto para concienciar a los jóvenes sobre las drogas. La realidad se le presenta sin adornos, tal cual es, y se ve a sí mismo hundido al tiempo que percibe, esta vez claramente, el dolor que ha causado a su alrededor. No sólo Dick, sino también su madre, que siempre había mirado hacia otro lado, no tiene más remedio que mirar a la realidad a la cara y aceptar que su hijo es un adicto a la droga. La reacción de Dick es empezar a entrenarse pensando en un futuro regreso al boxeo profesional. Si bien es un paso, se muestra a la postre como otra quimera, porque es evidente que en su estado y con 40 años no puede regresar al boxeo.

Es entonces cuando vuelve y se reencuentra con su hermano, y descubre que su vocación al boxeo pasa por Micky y no por él, es decir, su vida vuelve a quedar ligada a la par que el vínculo familiar es regenerado, pues vuelve a entrenar a su hermano, aceptando la situación (los nuevos representantes, la novia, etc.). Así, se muestra de forma sorprendente que aún con las dificultades que pueda presentar la familia –cualquiera podría defender sin dificultad que las hermanas están todas locas–, los problemas propios de cada uno y demás; lo que acaba perdurando es el afecto inconmensurable por la propia persona. Aun cuando este afecto se presenta muchas veces de forma incorrecta, pues la madre se equivoca aunque lo haga con todo su amor; se ve cómo si éste perdura y pasa por el filtro de lo real, de lo que acontece, es lo que permite que luego la vida siempre acabe rebrotando. De esta forma, The Fighter, es una oda bellísima a las segundas e infinitas oportunidades que una persona merece para empezar de nuevo y redimirse de sus errores, las cuales son tan difíciles de dar y de aceptar como lo es el encajar un golpe en el ring.


miércoles, 21 de marzo de 2012

La fortuna de vivir

El cine francés vuelve a hacer gala de su exquisitez a la hora de contar historias bellas con esta película sencilla y conmovedora. La película es un largo flashback contado por la hija pequeña de uno de los protagonistas, y se sitúa en el período de entreguerras. Su interés radica en la simplicidad y claridad con la que los personajes viven sus vidas; un auténtico espejo en el que de bien seguro a muchos de nosotros nos gustaría vernos reflejados. Lo interesante del relato es que le hace a uno mejor persona al contemplar la belleza de forma explícita. El quid está en lo que se cuenta, no en lo que se oculta o se deja entrever como tan acostumbrados estamos gracias al arte postmoderno. La narración es sencilla y provocadora.

La película parte con la llegada al pueblo de un soldado –Garris–, que encuentra a su paso por un pantano cercano, una cabaña con un viejo moribundo. Garris es acogido sin que su pasado le determine. Por piedad le ayuda y mantiene con él la que será para el anciano su última charla. En el diálogo el abuelo ya le dice lo que sucederá: “El pantano es un buen sitio para vivir, te dará todo lo que necesites”. Es ahí, tras la muerte del anciano donde Garris conocerá a su inseparable amigo Riton. Efectivamente, el paraje del pantano es lo que une y deriva las vidas de cada uno de sus personajes, adquiriendo con pleno derecho el denominativo de morada, pues será el lugar donde podrán ser ellos mismos y vivir sus vidas.

Se puede afirmar sin temor a error que la película es un canto a la belleza y la alegría no sólo por los diálogos y los paisajes, sino también por cómo se huye siempre de lo oscuro, la guerra, que no se explicita sino como recuerdo del protagonista. Lo primero que sorprende de la historia es la autenticidad de la amistad entre los cuatro amigos: Garris el joven buen hombre responsable pero desafortunado con la vida, Riton el pequeño regordete borracho que es un desastre, Amedée el aristócrata ilustrado que nunca ha trabajado y vive de renta, y Pépé el abuelo “ranita” que fue un hombre pobre del pantano y se hizo millonario con su trabajo. Los cuatro se tratan y aman exactamente por lo que son, sin pretender de los otros nada más que su compañía. Ello se explicita de forma sorprendente al inicio, cuando Garris y Riton van a cantar por la zona burguesa la canción de Mayo. Amedée no les quiere acompañar dado que es su zona de residencia y siente vergüenza por sus amigos, a lo que la respuesta de éstos, lejos de la indignación es: “Tranquilo no hay problema, eres un buen amigo, de verdad”.

El espectador puede ver con claridad lo humana que es la duda y el pudor de Amedée y lo correspondiente que resulta la respuesta de sus amigos: te queremos tal y como eres, porque nuestra amistad va más allá de nuestra clase social. Esta lucha de clases ideológica se ve retratada también en la relación con el abuelo “ranita”, pues lejos de adquirir los desmanes que han destruido el siglo XX y siguen haciéndolo, se resuelve en el realismo y la cotidianeidad de sus relaciones. Mientras que la familia del abuelo no quiere que vaya con la gente del pantano y sufre constantemente por las mentiras y falsas apariencias motivadas por la avaricia y la envidia que provoca el dinero; el abuelo recuerda con añoranza sus años en el pantano viendo reflejada la dicha de su vida en sus jóvenes amigos, llegando a afirmar que el hacerse rico ha sido su perdición. Es un concepto muy actual, el típico “el dinero no hace la felicidad” que todo el mundo repite pero que nadie se cree –pues todos seguimos poniendo nuestra esperanza, y más ahora, en la economía-, pero que la película evidencia de una forma cristalina.

Se podría decir que esta capacidad de vivir lo real en los personajes y de disfrutar verdaderamente de todo lo que acontece viene dada por una atención a lo concreto continua. Riton y Garris no tienen trabajo fijo, van ayudando a la gente en sus necesidades, ya sea arreglar un jardín, limpiar un escenario o vender caracoles o plantas cuando es época. Así surgen relaciones espontáneas que aligeran la vida, aunque sea sólo con la conversación, como en el caso de la anciana que se siente sola, amiga de Amedée. La intensidad de sus vidas se evidencia en lo concreto, en el gusto por la buena comida, la buena música o el buen vino. Más aún, se muestra de forma magistral la confluencia de lo intelectual y lo práctico en el diálogo con Amedée cuando van a buscar caracoles. El literato conoce la realidad especialmente a través de sus libros, mientras que los compañeros de fatigas la conocen “con las manos y el sudor”, con su experiencia, y es el viejo quien tras leerles un texto sobre la libertad entiende junto con ellos que efectivamente, su forma de vida es la de hombres libres.

Hay un quinto personaje significativo, Jo Sardi –Eric Cantoná- un famoso boxeador que tras un desafortunado accidente con el pobre Riton, que está ebrio como de costumbre, acaba en la cárcel, perdiendo todo su honor y su prestigio (maravilloso el detalle del pneumático que marca el fin y la resurrección de Sardi). La vida de éste se deriva entonces, aún más si cabe, por el odio, queriendo salir libre con el único fin de matar a Riton. El desenlace es más paradójico aún, pues tras la marcha de Garris que decide seguir la intuición de su corazón e ir a por el amor de su vida, Riton y Sardi devienen amigos. Al temer por su vida, Sardi, por primera vez se da cuenta de que él no la controla y que ésta adquiere mayor significado si es compartida con alguien.

Podría seguirse con innumerables comparaciones, símiles y momentos del film que lo hacen enternecedor, pero sólo a modo de conclusión y un poco de contraste. El camino opuesto, es decir, el entender la realidad como mero útil al propósito propio o la hipótesis de que ésta siempre es negativa e insuficiente se encarna, principalmente, en dos personajes. Por un lado, en el yerno del abuelo ranita, que sólo se preocupa en dejar bien encarada la herencia y la empresa olvidándose de la atención de su hijo y del mismo abuelo; algo de lo que es partícipe también su esposa e hija del abuelo. Por otro lado está la segunda mujer de Riton, que está permanentemente sumida en la nostalgia y el malhumor, todo le asquea y a todo afea, pues no se contenta con nada. Quizás sea por su soledad –como antítesis de la amistad- o porque Riton sigue permanentemente enamorado de su primera esposa que lo abandonó. Sea como sea, es un personaje que nunca afronta lo que sucede como un bien, lo cual aclara lo disonante que resulta para la vida una postura así, dado que llega a importarle más la adquisición de un sombrero que la salud de su hija. En cualquier caso, estos personajes, lejos de oscurecer a los principales los resaltan, más aún, hacen evidente cuál es la postura más interesante ante la vida.